Era del Renacimiento

17/07/2014

En poco tiempo, el recién fundado reino de Maelür era lo suficientemente rica y poderosa para enfrentarse a Tirëne, la capital norteña. Y tras varias escaramuzas con finales inciertos y pobres victorias que no inclinaban la balanza hacia ninguno de los oponentes, la familia real del sur propuso un pacto, logrando por fin la paz entre las dos tierras.

Muchos de los pequeños países que aún quedaban desperdigados por el continente decidieron entonces adherirse a uno o a otro reino, transformando así Maelür e Isaria en las dos naciones más importantes de Nydiryah.

Tras interminables negociaciones entre las familias reales, se delimitaron las fronteras y se construyeron caminos para comunicar las ciudades más importantes de los dos reinos. Se establecieron rutas comerciales entre las capitales, y se estrecharon lazos políticos, mezclando las culturas de ambos reinos hasta quedar casi irreconocibles.

La recién instaurada paz y el nuevo vínculo entre ambas naciones inició un proceso de crecimiento, lento pero constante, que benefició no sólo a las grandes ciudades, sino también a los pueblos y aldeas cercanas a las rutas comerciales.

Se dibujaron los primeros mapas detallados del continente, incluyendo en ellos lugares hasta entonces inexplorados, marcando cuidadosamente las fronteras de los dos reinos según marcaban los tratados firmados con anterioridad.

Para evitar que se repitiese la historia y no volver a iniciar una nueva era de oscuridad por la ignorancia de las generaciones futuras, la familia real de Jeyde construyó en Blayne la primera gran biblioteca, donde a partir de aquel momento se archivarían copias de todos los documentos importantes.

Aparecieron las primeras flotas mercantes, y se adaptaron astilleros y puertos para establecer nuevas rutas marítimas que aumentarían el comercio disminuyendo a la vez la posibilidad de asaltos o emboscadas, esperando así proteger los cargamentos del azote de los bandidos y otras criaturas hostiles que poblaban los bosques de Nydiryah.

Es en las crónicas de las expediciones emprendidas durante la Era del Renacimiento donde se encuentran las primeras menciones a una extraña gema extraída de entre las raíces más profundas de los mangles, unos árboles de tronco retorcido que sólo crecen en pequeños lagos y estanques.

Los orfebres describen esta piedra como un diamante de brillos oscuros e iridiscentes, y sin embargo transparente como el cristal más puro una vez trabajada en su taller. Posee una dureza equiparable a la de una armadura, y es resistente como el metal enano. Por su propiedad de refulgir al contacto de una persona con el don, se la llamó Arcadia.

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