Era del Descubrimiento

18/07/2014

Fue una expedición perdida, arrastrada por una tormenta la que, en un golpe de suerte, desembarcó por primera vez en el nuevo continente que más tarde recibiría el nombre de Domaryah.

La noticia del descubrimiento se extendió como la pólvora, y la promesa de aquellas nuevas tierras sedujo tanto a aventureros como nobles señores y pobres campesinos. Los dos grandes reinos no tardaron demasiado en preparar la larga travesía, acordando, en un esfuerzo político para evitar nuevas guerras, aunar esfuerzos para llevar a buen puerto la expedición.

Se fletaron seis barcos que partirían rumbo al nuevo mundo,  transportando bienes, víveres y varias decenas de plebeyos lo suficientemente valientes como para embarcarse hacia lo desconocido.  A los aldeanos se unen varios nobles representantes de cada reino, una pequeña escolta y cuatro mágicos para asistirles en lo que fuera necesario.

Sin embargo, lo que vieron una vez la flota atracó cerca de la playa no se parecía en lo más mínimo al paraíso que esperaban encontrar. Las tierras de Domaryah eran áridas y hostiles, su clima mucho más cálido de lo que jamás habían podido experimentar.

La primera colonia se fundó cerca de la costa, a escasos kilómetros de la playa donde descansaban los barcos, y se comenzó la construcción de un puerto y astillero donde reparar los daños sufridos durante el viaje.

Al mismo tiempo, los nobles formaron pequeños grupos de aventureros encargados de explorar los alrededores de la colonia mientras el gobierno se establecía en el lugar. Necesitaban informes detallados sobre los recursos que podía ofrecer el nuevo continente, y por supuesto, mapas de las tierras circundantes para poder expandirse con mayor rapidez.

La ciudad de Radhërn prosperó, aunque las noticias que llegaban de las diferentes expediciones eran desalentadoras. Los guerreros que lograron volver hablaban de desiertos hasta donde alcanzaba la vista, parajes yermos y baldíos sólo rotos por un leve rastro de vegetación, más al sur, que en aquél infierno bien podía considerarse un bosque.

Mientras tanto, en el sur de Nydiryah comienzan a surgir rumores sobre criaturas de orejas afiladas que llegan por mar montados en navíos de una sofisticación imposible. Sólo aquellos que habían logrado dominar el arte de las letras y leído los archivos de la gran biblioteca, reconocieron en aquellas fábulas a los elfos que una vez fueron expulsados de Nydiryah.

Se descubrieron también ruinas en varios puntos del gran continente, que algunos estudiosos atribuyeron a los largamente perdidos templos elementales. Sin embargo no existía apenas ninguna documentación al respecto, y los grabados que aún quedan intactos parecen estar en antiguos dialectos caídos en el desuso. Ante la imposibilidad de dar una respuesta clara y bajo presión de las sacerdotisas sureñas, el hallazgo de estas ruinas se mantiene en secreto.

Durante unos años, las comunicaciones que llegaban desde Domaryah fueron intermitentes y confusas, y los barcos tardaban meses en regresar.

Los mercaderes introducen un nuevo cereal, más resistente al calor que aquellos conocidos en Nydiryah, al que los colonos han bautizado como Fwyde. Como la cebada el trigo o la malta, pronto se convirtió en uno de los cereales más consumidos de los dos continentes, no sólo por la robustez del grano, sino también por el licor de sabor agridulce que se obtenía una vez destilado junto a hojas de tilo primaveral.

En poco tiempo, el Smørk se reveló como una bebida tan popular que rivalizaba con la cerveza y el vino.

En el nuevo continente continuaban las expediciones, tratando de reconocer tanto terreno como fuera posible buscando lugares apropiados para vivir y sembrar. En los límites del enorme desierto que ocupaba el centro de Domaryah, donde aún llegaba la vegetación y el sol no era tan abrasador, los colonos encontraron también un pequeño árbol de tronco retorcido y corteza áspera y arrugada.

El Daervo, como lo llamaban los enanos que vivían entre las dunas, necesitaba muy poca humedad para crecer, y sus ramas se retorcían siguiendo a la luna por las noches. Magos y hechiceros reconocieron en esa madera una propiedad muy peculiar y valiosa, al ser capaz de conducir la magia igual que el agua conduce la electricidad.

Con esta madera se fabricaron bastones, varitas y báculos, pulidos y grabados para el uso de mágicos, que vieron de esa forma aumentado el alcance de su magia.

La colonia prosperó, y se fundaron nuevas ciudades a lo largo de la línea de costa. Pero Domaryah era distinta a su lugar de origen, y pronto se hizo evidente que allí, la magia era escasa y engañosa. El grupo de mágicos que había llegado con los primeros colonos aprovecharon el desconcierto de los aldeanos, y sin el influjo de las sacerdotisas maelürianas, lograron infundir al pueblo la necesidad de imbuir de magia las nuevas tierras.

Se alzó una revuelta, y los nobles y sus allegados fueron expulsados de las ciudades y exiliados al vasto desierto domariano, mientras los mágicos que una vez llegaron como simples sirvientes erigían un imperio alejado de la tiranía religiosa del viejo continente.

Para inmortalizar su victoria se fundó Delvӕn, una pequeña ciudad a los pies de las montañas que marcan el límite este del desierto de Atshai. En ella se edificó el primer palacio de Domaryah, residencia del emperador que gobernaría a partir de entonces el desolado continente.

Se dividieron las tierras en cuatro principados, dejando norte, sur y oeste bajo el mando de los otros tres mágicos que acompañaban la expedición inicial. Éstos recibieron el cargo de príncipes junto con el gobierno de las ciudades y feudos cercanos, rindiendo cuentas sólo al emperador.

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