Parte I: Empezar de cero

01/03/2015

El canto del gallo la despertó con el alba, los rayos del sol demasiado débiles aún para iluminar completamente el patio.

Adormilada, se despegó las ásperas sábanas y se incorporó en el catre, desperezándose mientras enumeraba mentalmente las tareas que tendría que realizar aquel día.

Bostezó desganada. Se pasó los dedos por el cabello, negro como la noche. Se lo había teñido hacía más de cuatro años, y aún le resultaba sorprendente descubrir la extraña imagen que le devolvían los espejos.

Dejó escapar un suspiro resignado antes de levantarse. Sus pies descalzos rozaron el suelo de tierra batida, devolviéndola a la realidad. Caminó hasta el viejo diván donde había colocado sus ropas la noche anterior, a pocos pasos del jergón, y comenzó a vestirse con la agilidad propia de quien acostumbra a andar con prisa.

Se restregó los ojos con los puños cerrados, y se recogió los bucles en una cola de caballo antes de meter la cara de lleno en el agua helada de la palangana de latón que tenía sobre la cómoda. Así se despejaría un poco.

Cuando se dio cuenta, había pasado demasiado tiempo. Salió de la habitación corriendo, con las zapatillas a medio poner y los lazos del delantal aún medio sueltos. Sin embargo, para cuando llegó a la cocina la encargada de servicio ya la estaba esperando en la puerta, con los brazos en jarras y cara de pocos amigos.

¡Llegas tarde!.– La reprendió con el ceño fruncido al verla llegar por los pasillos.

Lo siento.– La joven se disculpó entre jadeos y encogió los hombros con timidez.- Me he dormido.

Siempre te quedas dormida.– La rechoncha mujer se limpió las manos sucias de hollín en el ya mugriento mandil.- No te pagan para hacer el holgazán, niña.

Shana se disculpó de nuevo en un murmullo y pasó a los fogones con la cabeza gacha. A pesar de los reproches y regañinas de la cocinera, en el fondo era una persona amable. Podía parecer arisca y malhumorada si las cosas no iba como ella quería, pero eso era sólo porque su trabajo dependía de que todo funcionara como debería. Y eso la incluía a ella.

Las horas entre los hornos de pan y bollos pasaban con una lentitud exasperante. La masa y la harina parecían estar por todas partes, preo nunca donde se necesitaban. Las órdenes dadas a gritos y los constantes silbidos de las ollas que cocinaban al fuego los guisos que servirían para la comida siempre acababan dándole dolor de cabeza, y no pasaba un minuto sin que deseara no haberse levantado.

Aquel trabajo era horrible. Las cocinas estaban abiertas todo el día, y tanto la cocinera como todos sus ayudantes debían estar disponibles en todo momento. Sólo por la tarde podía tomarse un respiro, y era sólo porque tenía que llevar a la lavandera los trapos y delantales sucios de sus compañeras. Pero era mejor que las cuadras y la huerta, de eso estaba convencida. Y aquel pensamiento la ayudaba a seguir allí.

Además, estaba cansada de huir.

Cuando por fin sonaron las campanadas de mediodía y las sirvientas llegaron para llevarse las bandejas, la muchacha tenía la impresión de haber pasado allí una semana entera. Alargó la mano para coger un pedazo de pan moreno, vació la miga y lo rellenó con un cazo de guiso de conejo que humeaba en un caldero cercano. Comió rápido, en parte porque tenía que darse prisa, pero sobre todo porque sus tripas llevaban acuciando la falta de alimento desde que se había levantado ocho horas antes.

Después del pequeño descanso y un par de vasos de agua, la joven se acercó a la puerta para recoger la tinaja donde se habían acumulado trapos sucios desde primera hora de la mañana. Añadió los suyos propios, echó un vistazo a las cocinas para asegurarse de que no tendría que hacer dos viajes, y salió arrastrando la enorme cubeta hacia los pilones de las lavanderas.


Sigue leyendo en la Parte II: Aprendices

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