Parte II: Aprendices

08/03/2015

Le costó un buen rato trasladar el pesado barreño hasta el patio, pero el esfuerzo mereció la pena. El hijo de una de las lavanderas la estaba esperando junto a su madre, con una enorme cesta de mimbre colgada del brazo y una ancha sonrisa pintada en el rostro.

Ayken era un buen chico, más o menos de su misma edad. Habían hecho buenas migas desde el primer día, y ni siquiera cuando el mago al servicio del señor le seleccionó como su aprendiz y los estudios ocupaban casi todos su tiempo habían perdido el contacto. Incluso había salido corriendo a buscarla cuando le entregaron el nuevo uniforme.

Por supuesto, ella ya se había enterado de todo. Que un mago escogiera aprendiz fuera de su propia familia era algo tan sorprendente que la noticia se había extendido en cuestión de horas. Que el mago en cuestión formase parte de la corte, sólo había contribuido a impulsar las habladurías. Todo el pueblo sabía que el nuevo aprendiz era el hijo de una sirvienta.

Desde aquel día, el muchacho iba a buscarla dos o tres tardes por semana, cargado con uno o dos cestos para que le ayudase a recoger las hierbas que le pedía su maestro. De esa forma, decía, ganaban los dos. Ella conocía los senderos del pequeño bosque a las afueras, y sabía donde encontrar menta y otras especias comestibles que utilizaban frecuentemente en las cocinas. Él, a cambio, le enseñaba cómo reconocer las plantas con propiedades curativas y las que podían resultar venenosas, e incluso en ocasiones le contaba lo que había aprendido durante sus últimas lecciones en la torre del mago.

Shana se reía, pues no le hubiese importado acompañarle aunque se lo hubiese pedido como favor. Siempre era un alivio poder alejarse de las cocinas durante un rato. Sin embargo, aprovechaba todo lo que podía las enseñanzas del muchacho, consciente del privilegio que suponía aprender de un mágico de los reinos incluso aunque lo hiciese de forma indirecta.

Por eso se alegró tanto cuando lo vio ahí de pie, a pocos pasos del pilón, esperándola impaciente para poder comenzar su pequeña excursión. Con una sonrisa, se quitó el delantal y lo dejó sobre el resto de prendas sucias que había llevado desde la cocina antes de despedirse de las tres mujeres que faenaban en la fuente de piedra y salir corriendo hacia el enorme portón de madera con Ayken pisándole los talones.

No pararon de correr hasta que las últimas casas de adobe que salpicaban el pueblo dejaron de verse a través de los frondosos árboles del bosquecillo. Solo entonces se detuvieron jadeantes, tratando de recuperar la respiración entre risas entrecortadas.

Tardaron un buen rato en poder dejar de reírse como dos chiquillos, y otro tanto en ponerse a buscar las plantas que necesitaba el mago para sus hechizos. Aquello más parecía un juego que una tarea más de las que tenían que cumplir a diario. Era una de las razones por las que les gustaba tanto salir del castillo.

Shana dejó el camino en apenas unos minutos, guiando a su amigo entre las zarzas, los arbustos y los árboles repletos de hojas que crecían por todas partes. Recogió para ella algo de menta, romero y hierbabuena, y se mostró especialmente contenta al encontrar un pequeño arbusto del que solo se quedó las raíces. Le enseñó a reconocer cada una, para que se utilizaban y donde podía encontrarlas.

También recogieron varios brotes, frutos y hongos, los suficientes para llenar una de las cestas hasta los bordes antes de empezar a buscar los ingredientes que precisaba Ayken para sus clases. El muchacho le enseñaba dibujos que había copiado de los libros de su maestro, y tras un par de preguntas, Shana le acababa mostrando varios lugares en los que podía crecer.

Acertaba buena parte de las veces, aunque con otras lo tenía más complicado y ya había comenzado a anochecer cuando por fin terminaron de recolectar todo lo que les habían pedido.

Cansados, emprendieron el camino de vuelta al palacio, apretando el paso para evitar que cerrasen los portones antes de que llegaran.


Continúa la historia en la Parte III: Banquete

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