Parte III: Banquete

15/03/2015

Tuvieron suerte de alcanzar las puertas justo cuando los guardias estaban a punto de cerrarlas. Llamaron su atención a gritos, a tiempo que echaban a correr en su dirección los más rápido que podían. Si se quedaban fuera por la noche, Ayken podía dormir en casa de algún pariente que viviese en el exterior, pero ella no tenía a nadie. Y no llevaba dinero para pagar una habitación.

Sin embargo, los dioses estaban de su parte aquella tarde. Los soldados parecían haberles reconocido, y esperaron pacientemente a que entraran al patio antes de bajar la gruesa viga que bloqueaba el portón mientras les lanzaban miradas de reproche de tanto en cuando.

Con los músculos doloridos y agotada por el ejercicio, Shana murmuró unas palabras de agradecimiento antes de alejarse junto a su amigo en dirección al castillo. Aún quedaba algo de tiempo antes de que anocheciera del todo, lo que significaría más horas de sueño si no la reclamaban en las cocinas.

Se despidió de Ayken entre sonrisas, con la promesa de devolverle el cesto a primera hora de la mañana siguiente. Luego, agilizando el paso, se dirigió al ala de servicio por el camino más corto para entregar lo que había recogido en el bosque. Además, si tenía suerte, aún quedaría alguna pieza de fruta o alguna verdura que llevarse a la boca. Las bayas que había encontrado no eran suficientes para alimentar a un pajarillo.

Ilora, la cocinera jefa, la recibió entre los fogones con el ceño fruncido y dispuesta a soltarle una buena reprimenda por escaquearse del trabajo de toda la tarde, pero un segundo vistazo a la cesta que llevaba entre los brazos y un posterior examen de lo que había en su interior cambiaron por completo la dura expresión de su rostro.

De mucho mejor humor después de inspeccionar las hierbas que le había llevado, la mujer exhaló un suspiro de resignación y señaló la gastada mesa de madera donde se apilaban las sobras de la cena del señor.

Shana no esperó a que se lo repitiera dos veces. Se acercó con rapidez y alargó la mano por encima de una de las sirvientas hasta llegar a la enorme fuente de plata que estaba colocada en el centro.

Extrañada, dirigió una mirada interrogante a sus compañeras. No acostumbraba a sobrar tanta comida, mucho menos por las noches. Y allí había suficiente para que más de la mitad del servicio de palacio se saciara por completo.

Visita.– Respondió una muchacha de cabellos cortos y morenos, la que solía encargarse de los dulces.- El Señor ha organizado un banquete de bienvenida.

– Pero las doncellas dicen que solo es un mensajero.– Añadió otra con desdén.- Dicen que llegó escoltado por tres caballeros. ¿Podéis creerlo? ¡Tanto rollo por un simple trozo de papel!

Shana esbozó una tenue sonrisa, pero no se unió a la conversación. No le sorprendía en absoluto ver el evidente menosprecio que las chicas demostraban hacia las letras, después de todo, muy pocos aldeanos sabían leer y escribir. Ella era una excepción.

Mordió una patata asada y se inclinó de nuevo sobre la mesa para alcanzar un pedazo de carne, deleitándose en la suerte que suponía poder saborear algo que no fuese sopa de cebolla o estofado de gallina. Los banquetes en el castillo suponían muchísimo trabajo, pero también tenían su recompensa cuando les permitían dar cuenta de las sobras de los invitados.

En ello estaba cuando, totalmente de improviso, un mozo irrumpió en las cocinas buscando a la encargada para apremiarles a subir los postres. Los platos y bandejas ya estaban listos para ser servidos, esperando a las camareras que tenían que llevarlos al gran salón. Sin embargo el criado debió de decirle algo a Ilora, pues tras unas breves palabras, la enorme mujer indicó con un gesto a las muchachas que se encargaran de hacer el trabajo.


Sigue leyendo en la Parte IV: El mensajero.

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