Parte IV: El mensajero

22/03/2015

La conciencia de Shana se debatió momentáneamente entre ayudar a sus compañeras a subir los platos o salir a escondidas de la cocina para ir a descansar.

Cuanto antes se echara a la cama más fresca estaría al día siguiente, y necesitaba todo el descanso posible para soportar con buena cara las mañanas en el asfixiante calor de los hornos de piedra. Pero por otra parte, aquella era la única oportunidad que tenía de subir al gran salón y enterarse de lo que estaba ocurriendo en el castillo.

Debió de tardar demasiado en decidirse, pues de pronto se encontró andando hacia la puerta con una bandeja de buñuelos de nata entre las manos, mientras la cocinera jefe la daba pequeños empujoncitos para que se diera prisa en seguir al resto del servicio.

Dejó escapar un suspiro de resignación antes de obedecer, bostezó con descaro y cruzó la puerta de las cocinas detrás de sus compañeras. Protestar era inútil, y de todas formas, sentía curiosidad por el mensajero del que no paraban de hablar las chicas. Tenía que ser alguien importante para provocar tanto alboroto.

Subió las escaleras y recorrió los largos pasillos de piedra, manteniéndose en silencio mientras escuchaba distraída los comentarios que se intercambiaban los demás criados. Era la única oportunidad que tenía para averiguar lo que estaba ocurriendo antes de llegar al gran salón y ver a los invitados por sí misma.

En el fondo sabía que nadie iba a extrañarse si lo preguntaba directamente, los rumores y los cotilleos eran la mayor fuente de diversión que tenían los que trabajaban allí y la mayoría consideraba normal interesarse por los líos de los señores. Pero no quería meterse, no antes de saber si valía la pena arriesgarse.

A pesar de que llevaba trabajando allí cuatro inviernos, nunca estaba de más permanecer alerta. Tenía que estar preparada para lo peor, tenía que poder escapar si era necesario. Y a pesar de que hasta el momento nunca había tenido que preocuparse de verdad, las visitas siempre la ponían nerviosa.

Subió los últimos escalones con cuidado de no balancear la bandeja, haciendo equilibrios para mantener los pastelitos en su sitio. La falta de costumbre dificultaba enormemente la tarea, y se volvió aún más complicada una vez dentro del gran salón donde, además de su propia torpeza, tenía que sortear las largas mesas llenas de comensales y a un sinfín de coperos y camareras que parecían estar por todas partes.

Con pasos cortos y la mirada fija en el suelo, Shana siguió a sus compañeras hasta la mesa central, donde fueron ofreciendo los dulces uno por uno, primero al anfitrión y luego a su corte y a los invitados que se sentaban con ellos en la mesa principal. Por último, un gesto del chambelán les indicó que podían servir al resto de asistentes.

Se dió la vuelta, ya aliviada de la mayor parte del peso de su bandeja, y estaba a punto de comenzar a andar en dirección a las otras mesas cuando una potente voz la ordenó parar. Se puso tensa al instante, con un nudo en la garganta que la obligó a tragar saliva un par de veces antes de girarse con una sonrisa temblorosa.

Acércate muchacha.– Ordenó el hombre que se sentaba al lado del Señor.- Trae la bandeja.

Haz lo que te dice, niña.– Insistió el noble al ver que vacilaba.- Sírvenos más buñuelos.

Si, señor.– Murmuró Shana depositando la bandeja de nuevo sobre la mesa principal.

Fue en aquel momento, al mirar al invitado a los ojos, cuando los nervios que atenazaban su garganta desde que había entrado en la sala se transformaron en verdadero pánico. A pesar del tiempo que había pasado desde que su familia escapó del ducado donde había nacido, los recuerdos aún se mantenían vívidos en su memoria.


Sigue leyendo en la Parte V: Recuerdos.

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