Parte V: Recuerdos

29/03/2015

Los minutos que tuvo que permanecer frente a la mesa principal se le antojaron eternos. Mantener la calma le resultaba cada vez más complicado, y cada mirada que le lanzaban los comensales le parecía aún más acusadora que la anterior.

El enviado del duque de Yvor no había cambiado su conducta en absoluto, pero eso no quería decir que no la hubiese reconocido. Y ahora que sabía quien era, el miedo a ser descubierta era una constante que solo desaparecería cuando cruzase la puerta de vuelta al ala de servicio.

La muchacha se alejó de la mesa lo más rápido posible, recorrió el resto de la sala para terminar de servir los pastelillos y se apartó con el resto del servicio a esperar la señal que les permitiría marcharse.

Pese a estar rodeada de sus compañeras en la esquina más alejada de las mesas, cada vez estaba más nerviosa. El ambiente del salón le resultaba opresivo, asfixiante; y aunque sabía lo absurda que resultaba la situación, tenía la sensación de que todas las miradas la buscaban a ella. Incluso creyó ver al mago desviar el rostro un par de veces.

Shana, ¿te encuentras mal?.- La vocecilla de una de sus compañeras la sobresaltó de pronto.- Puedo cubrirte si necesitas marcharte.

Trató de disimular el brusco salto que había dado al escuchar a su amiga, aparentar que estaba bien, pero era incapaz de controlar los temblores provocados por el miedo. Sabía que su aspecto debía ser desastroso, peor de lo que había imaginado si las otras sirvientas se habían dado cuenta de que le ocurría algo. Y si ellas se habían dado cuenta, lo más seguro era que el resto de presentes también lo hubiera notado.

Aquello dio al traste con todos sus esfuerzos por mantener una aparente calma, y pálida por el temor que la embargaba, asintió suavemente y se deslizó de forma sutil hasta la puerta del gran salón.

Aceleró el paso en cuanto estuvo lo suficientemente lejos como para no llamar la atención, bajó las escaleras hacia el ala de servicio y cruzó a la carrera los pasillos que la separaban de las habitaciones. Una vez dentro de su cuarto atrancó la puerta y, apoyada contra la madera, se deslizó hasta el suelo sin poder retener ni un minuto más las lágrimas que pugnaban por salir.

Estaba convencida de que la habían descubierto, de que una vez más tendría que salir huyendo dejando atrás todo lo que conocía y la vida que se había construído en aquella fortaleza. Lo que más la aterraba era que en aquella ocasión, a diferencia de la primera, no tenía a quién pedir ayuda para preparar el viaje.

Paralizada por el llanto, no pudo evitar recordar los últimos momentos que pasó con su abuelo en aquel pequeño pueblecito de Yvor, cuando tuvo que huir con las pocas monedas que había ahorrado su familia y el único asno que poseían para evitar la horca. Aquel día se tintó los cabellos por primera vez.

Las pesadillas la habían perseguido durante semanas tras la tragedia, impidiéndole dormir, y sólo después de que la acogiera una pequeña caravana de comerciantes había logrado cierta tranquilidad. Las mujeres la habían adoptado sin pensárselo dos veces, y habían cuidado de ella durante los meses que viajó con ellos.

Le había costado mucho despedirse cuando llegaron a la ciudadela, y jamás podría agradecerles lo mucho que habían hecho por ella durante el viaje. Pero allí tenía un trabajo, y la gente era amable con ella. Era su oportunidad para comenzar de cero y dejar de huir. Y la aprovechó.


Continúa leyendo en la Parte VI: Descubierta.

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