Parte VI: Descubierta

06/04/2015

Se secó las lágrimas con la manga del vestido. No podía quedarse llorando eternamente, no si quería sobrevivir. Tenía que recoger sus cosas, reunir todo el dinero que había ahorrado durante su estancia en el castillo y coger provisiones de las cocinas. Quizá pudiese robar un caballo de los establos para alejarse más rápido de allí.

Fuera como fuese, tenía que hacerlo rápido. Estaba completamente segura de que no pasaría del amanecer antes de que la gente del embajador bajase a buscarla, y para entonces quería estar ya muy lejos.

Echó un vistazo a su alrededor. Podría intentar llevárselo todo, pero tenía que ser realista y actuar en consecuencia. El baúl lleno de tomos de historia que había recopilado su familia era demasiado grande y pesado, y no contaba con ningún medio de transporte donde cargarlo. Conseguir uno llevaría un tiempo que no tenía, pero dejarlo allí era impensable. La información que contenían no debía caer en malas manos.

Durante unos segundos se quedó paralizada por las dudas, tratando de encontrar alguna forma, por descabellada que fuese, de llevarse consigo aquel tesoro familiar. Los antiguos volúmenes que guardaba desde niña contenían los conocimientos de las generaciones que, antes que ella, habían poseído el don de ver a través de los velos.

Con un poco más de calma quizá habría podido urdir un plan para llevárselos consigo, pero las prisas y el miedo a que tirasen la puerta de su habitación en cualquier momento no la dejaban pensar con claridad. Dio la espalda al cofre y paseó la mirada tristemente por la estrecha estancia esperando, tal vez, que delante de sus ojos apareciera la solución como por arte de magia.

Se mordió el labio inferior con fuerza mientras embutía su única muda en una minúscula mochila de cuero viejo junto con una áspera manta de tela y un pedazo de yesca que guardaba de su primer viaje. Por mucho que le costara admitirlo, la única opción que le quedaba era destruir aquellos libros.

Toda aquella información, todo lo que habían ido descubriendo sus ancestros a lo largo de los siglos se perdería para siempre. Y con ello desaparecería también la única esperanza que le quedaba de controlar las visiones que la perseguían desde que murió su abuela.

Apretó la cuerda del zurrón y lo dejó caer sobre su camastro antes de volverse hacia el arcón lleno de volúmenes antiguos y comenzar a desgarrar las páginas, uno tras otro, a toda velocidad. Con el último puñado de hojas aferrado entre los dedos, se acercó al candil que titilaba sobre la pequeña mesa bajo el tragaluz y pasó el papel lentamente por encima de la minúscula llama.

Sólo tuvo que esperar unos segundos a que el fuego comenzase a devorar su improvisada antorcha, recorriendo con lentitud hipnótica la distancia que lo separaba de sus dedos. Dubitativa y con las manos temblorosas, se acercó al baúl una vez más, debatiéndose entre la necesidad de poner a salvo su legado y la urgencia por evitar que el duque de Yvor se hiciera con el. Pero lo cierto era que no podía permitirse el lujo de vacilar, y lo sabía. Tenía que largarse cuanto antes.

Un fuerte ruido de pasos en el corredor de piedra la sobresaltó de pronto, rompiendo su concentración y distrayéndola de los papeles en llamas que aún sujetaba con la diestra. Absorta en el nuevo peligro que de pronto acechaba tan cerca, no tuvo tiempo de percatarse del avance del fuego y, cuando el calor de la tea se hizo insoportable, no pudo evitar soltarla de golpe para no quemarse.

Su mirada se clavó en el interior del cofre, y mientras miraba con horror como todo se incendiaba en cuestión de segundos, la puerta se abrió con un gran estruendo tirando al suelo la vieja cómoda que la bloqueaba. Sujetándose al marco de madera, jadeante y con la cara roja por el esfuerzo, el mago de la fortaleza la miraba con una intensidad que daba miedo.


Sigue leyendo en la Parte VII: Una propuesta incomprensible.

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