Parte VII: Una propuesta incomprensible

13/04/2015

¡¿Pero se puede saber que has hecho chiquilla estúpida?!– Bramó el hombre nada más cruzar la entrada destrozada de su habitación.

La muchacha dio un respingo al escuchar la atronadora voz del mágico, y sin darse cuenta, retrocedió unos pasos en dirección al único ventanuco que adornaba las paredes de la habitación. Aquella era la primera vez que lo veía tan de cerca, y podía asegurar, sin lugar a dudas, que era mucho más imponente de lo que Ayden repetía sin cesar.

Aterrada, se alejó a trompicones cuando el hombre se adelantó hasta el cofre, incapaz de encontrar la calma necesaria para pensar con claridad. Como si no estuviera presente, observó al anciano gesticular de forma extraña, y de pronto un viento gélido comenzó a soplar en el interior de la estancia extinguiendo las llamas y cubriéndolo todo de una fina capa de escarcha.

Shana se estremeció de miedo y de frío, y sin apartar la vista de la escena siguió caminando de espaldas hasta que tropezó con el catre, perdió el equilibrio y cayó sentada sobre el jergón demasiado asustada para reaccionar.

Aún jadeante por el esfuerzo que le había supuesto bajar hasta la zona de servicio tan rápido, el hombre se inclinó sobre el arcón y comenzó a revolver los restos de papel calcinado tratando de encontrar algo que pudiera haberse salvado de la quema. Sin embargo, por más que removió y buscó apenas pudo sacar unas cuantas hojas medio chamuscadas.

Refunfuñando, el mago se giró hacia ella con el ceño fruncido, y la muchacha no pudo evitar tragar saliva al tiempo que un nudo de dimensiones considerables se formaba en la boca de su estómago. Durante unos breves instantes, dejó de respirar.

– ¿En que pensabas?.- Preguntó con voz ronca sin dejar de andar hacia ella.- Demonio de cría. ¡Podías haber prendido fuego a medio castillo!.- Al llegar hasta el catre, tuvo que agacharse para poder quedar a su altura.- ¿Te encuentras mal? Estás pálida como un muerto.

La niña pestañeó confusa, sin apartar la mirada del rostro del mago. Ahora que había recuperado el aliento y estaba un poco menos rojo, ya no daba tanto miedo. Y por extraño que resultara, parecía preocupado de verdad. Ya no encontraba rastro de ira en sus ojos, y en su lugar creyó ver cierta curiosidad. Aún bastante asustada, Shana negó despacio con la cabeza.

Bien.– Asintió el hombre mucho más tranquilo.- Entonces escúchame con atención.– Pronunció la orden con voz calmada, como si pensar que podría ignorarlo fuese una estupidez. Luego se sentó junto a ella en el jergón de paja, y sin dejar de mirarla, señaló la bolsa de cuero donde había estado guardando sus cosas.- ¿Ibas a alguna parte? Después de cinco años pensé que sabrías que las puertas se cierran por la noche.

Shana dio un respingo. Se había olvidado por completo de que tenía la mochila al lado, y cogida por sorpresa, no sabía que responder. Algo desorientada, asintió con la cabeza, negó y volvió a asentir de nuevo sin saber muy bien a cual de todas las preguntas estaba respondiendo.

El mago exhaló un largo y cansado suspiro y se pasó la mano por el rostro visiblemente crispado.

¿Y qué pensabas hacer, eh? ¿Marcharte corriendo? ¿Robar un caballo? Eso habría sido una idea aún peor.– Suspiró nuevamente.- No. Duerme. Nadie te hará nada, tienes mi palabra. Sólo tienes que prometerme que no escaparás en cuanto abran las puertas y mañana, cuando estés más tranquila y hayas descansado un poco, charlaremos tu y yo. ¿Entendido?

S-si, uhumm.- Tartamudeó la chiquilla cada vez más confusa.

Deberías saber que no puedes mentir a un mago, niña.– La regañó el hombre mientras negaba con la cabeza.- Haz lo que te digo y yo mismo te ayudaré a marchar. Provisiones, montura, incluso un mapa. Pero esperarás hasta mañana.

Y dando por zanjado el asunto, el anciano se levantó del jergón frotándose la espalda y salió por la puerta del cuarto sin siquiera molestarse en mirar atrás.


Continúa leyendo en la Parte VIII: Incertidumbre.

 

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