Parte VIII: Incertidumbre

19/04/2015

La muchacha permaneció largos minutos mirando el corredor vacío sin ser capaz de articular una sola palabra. No tenía muy claro lo que acababa de ocurrir, y su mente confusa rememoraba una y otra vez la estrambótica escena tratando de atisbar algún resquicio de lógica que le permitiera encontrarle sentido.

El miedo que la había dominado hasta el momento comenzó a dejar paso poco a poco a una mezcla de aturdimiento y perplejidad que aumentaba de intensidad a medida que iba asimilando lo sucedido.

No tenía la menor idea de quién era aquel hombre más allá de su cargo en el castillo, o de porqué quería hablar con ella. Era la primera vez que le dirigía la palabra desde que trabajaba allí, y sin embargo, parecía saber mucho de su pasado y de su verdadera identidad. De otro modo no se explicaba su reacción al ver los libros en llamas.

Claro que era cierto que el fuego podía haberse descontrolado. Aunque lo dudaba, teniendo en cuenta el escaso mobiliario que había en la minúscula habitación. Y, ahora que se daba cuenta, el mago había dejado las páginas medio quemadas que había rescatado del arcón encima del catre, a pocos centímetros de donde estaba sentada. No había quedado mucho de ellas, pero aún así retiró las cenizas y las dobló con cuidado antes de meterlas en la bolsa de cuero.

Miró de soslayo a la puerta, y al darse cuenta de que seguía abierta, se levantó y la atrancó de nuevo como pudo. Aún le asustaba la posibilidad de que apareciesen guardias buscándola, pero el mago le había prometido que estaría a salvo y por alguna razón, le creía. Y sabía que tenía razón con lo de las murallas, las había visto cerrarse al ponerse el sol y no las volverían a abrir hasta que amaneciera.

Suspiró agotada mientras dejaba la mochila en el suelo, junto a la mesita. Si no podía salir, lo más conveniente sería dormir un poco. Aún le quedaban unas horas hasta el alba que podía aprovechar, y decidiera lo que decidiese a la mañana siguiente, no sería capaz de hacer nada si pasaba la noche en vela.

Consciente de que no le quedaba otra opción que quedarse donde estaba, la muchacha se metió en la cama e intentó conciliar el sueño. Al principio pensó que sería imposible, inquieta como estaba por lo ocurrido en el gran salón, y luego con el mago en su propio cuarto. No era capaz de dejar de pensar en ello, o en lo que ocurriría al día siguiente si no aceptaba sus condiciones.

Sin embargo, un enorme bostezo fue la primera señal de que el cansancio de todo un día de trabajo, unido al agotamiento y el estrés de las últimas horas, era mucho más fuerte de lo que parecía. Se encogió de frío y estiró de las mantas para cubrirse mejor mientras daba vueltas una y otra vez a su precario plan de huída. Ni siquiera se dio cuenta de en qué momento se quedó dormida.

El canto del gallo la despertó de golpe, acurrucada bajo las sábanas con los músculos agarrotados y un penetrante olor a quemado flotando a su alrededor. Se incorporó tan rápido como pudo, tratando de recuperarse del susto mientras miraba frenética a todas partes.

Tardó unos minutos en darse cuenta de que estaba sola en el cuarto, y  de que los pasos que oía por el pasillo pertenecían a las doncellas de las habitaciones contiguas. Nada de guardias esperando a prenderla al salir. El mago había cumplido su palabra, de momento.


Continúa leyendo en la Parte IX: Una larga espera.

 

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