Parte IX: Una larga espera

26/04/2015

Se levantó despacio, algo mareada por la falta de sueño y con la sensación de haber estado allí tumbada menos de cinco minutos. Incluso llevaba puesta la ropa sucia del día anterior que no había tenido tiempo de lavar.

Pero el sol ya había salido, así que era evidente que llevaba dormida varias horas. Con la espalda dolorida, se acercó a la cómoda y la recolocó con esfuerzo para que nadie notase que la habían movido. El dormitorio estaba hecho un desastre.

Buscó el peine entre sus cosas, pero se le hacía tarde y no sabía donde lo había puesto, así que se arregló el pelo con los dedos y salió al pasillo en dirección a las cocinas. Si el mago quería dar con ella, aquel sería el primer sitio donde iría a buscar. Y tenía mucha curiosidad por saber lo que quería contarle.

Por otra parte, no quería que sus compañeras fueran preguntando por ella y vieran el estropicio que había montado en la habitación. Lo último que necesitaba con el embajador de Yvor en el castillo era que se corriese la voz de que había intentado quemar un montón de libros en su dormitorio, así que se sobrepuso a los nervios, se calzó las zapatillas y salió corriendo en dirección a las cocinas como si fuera un día normal.

Pero lo cierto era que no se trataba de un día cualquiera.

La mañana se le hizo eterna. La monotonía habitual del trabajo entre fogones se le hacía más tediosa que de costumbre, y la sensación no hacía más que empeorar a medida que se le agotaba la paciencia y el mago seguía sin aparecer por ninguna parte. Ni siquiera los cotilleos de las demás sirvientas lograban mejorar su humor.

Cuando llegó la hora de comer y los criados comenzaron a llevarse las fuentes al gran salón, su nerviosismo era tal que dejó las cocinas sin probar bocado y recorrió los pasillos como una exhalación hasta salir al patio. Cuando, con gesto decidido, se disponía a cruzar los pocos metros que la separaban de las dependencias del mago, una mano la sujetó con firmeza del brazo obligándola a detenerse.

La niña se giró con el ceño fruncido, y a su lado, con una expresión tan sorprendida como la suya, encontró a Ayken.

Eh, ¡Espera!.– Jadeó el muchacho. Era evidente que había tenido que correr para alcanzarla.- ¡Te estaba buscando!

Acabo de salir de las cocinas.- Se excusó la joven encogiéndose de hombros.- ¿Qué quieres? Tengo un poco de prisa.

¿Yo? Oh, si. Ilkin, digo, mi maestro, me ha mandado a por ti.– Respondió a trompicones.- Dice que quiere hablar contigo.

¿El mago?.- La revelación de su amigo le hizo olvidar la impaciencia de hacía tan sólo unos instantes.

Si, te acompaño.- Sonrió, y comenzó a andar en dirección a las dependencias del mágico.- ¿A dónde ibas?

¿Uhm? A…ningún sitio, no importa.– Se frotó los brazos.- Ese hombre me da escalofríos. Prefiero no hacerle esperar.

Pero qué dices.– Rió el chiquillo. Luego la miró pensativo unos segundos antes de seguir caminando.- Bueno, a mi también me asustaba al principio. Pero no es tan malo, te lo prometo.

Shana asintió con una sonrisa nerviosa. Le sabía mal engañarle, pero era obvio que el mago no le había contado nada sobre ella, y prefería que siguiera sin saber lo que ocurría. Cuanta menos gente estuviera al corriente mejor y, en su opinión, ya eran demasiados.

Al llegar a la entrada del ala oeste, el muchacho le señaló la escalera de piedra que subía como una espiral hasta lo más alto de la torre. No tuvo que decirle nada más y de hecho, el esfuerzo por salvar los interminables escalones que conducían hasta las dependencias del mago les mantuvo en silencio lo que quedaba de trayecto.

 


Continua la historia en la Parte X: El mago en la torre.

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