Parte X: El mago en la torre.

03/05/2015

Tardaron un buen rato en llegar al final de la escalera de caracol, y Ayken, que ya estaba acostumbrado a subir y bajar varias veces al día, esperó pacientemente a que recuperara el aliento antes de llamar con firmeza a la puerta de su maestro.

La voz ronca y cascada del hombre no les hizo esperar demasiado. La muchacha se adelantó para cruzar el umbral pero, en el último momento, un atisbo de flaqueza le hizo detenerse para mirar de nuevo a su amigo.

¿Entras?.- Preguntó en voz baja.

El joven negó con la cabeza, esbozando una sonrisa a modo de disculpa.

Mejor te espero fuera.

Shana suspiró. Estaba nerviosa, pero en el fondo sabía que era mejor así. Ayken estaba mejor sin saber nada de aquello. Se enderezó tanto como pudo, cogió aire hasta hinchar por completo los pulmones y entró en la habitación sin volver la vista atrás.

Cierra.– Ordenó el mago nada más verla.- Te estaba esperando.

La niña entornó los ojos en un gesto hostil, pero obedeció de todas formas. Si tanta prisa tenía por verla, podía haber ido a buscarla antes. Sin embargo había dejado que pasara toda la mañana en el calor asfixiante de las cocinas, con los nervios a flor de piel y el constante temor a que aparecieran los soldados del duque, antes de mandar a Ayken a por ella.

Era necesario.– Explicó de repente el mágico, como si pudiese leerle el pensamiento.- Descuidar tus labores en el castillo podría suscitar preguntas que ni tú ni yo queremos responder.

Shana frunció el ceño. Ella había llegado a la misma conclusión esa mañana,pero a pesar de todo, su explicación seguía sin convencerla del todo. Se cruzó de brazos tratando de aparentar más seguridad de la que realmente sentía en aquel momento y clavó una mirada torva en el mago.

Vale.– Aceptó de mala gana.- ¿Y ahora qué?

Siéntate.– Respondió el hombre señalando un pequeño sillón.- Charlemos.

La muchacha contuvo un quejido de desesperación, apretando los puños con fuerza. Parecía tan tranquilo, tan sereno, que la sola situación la estaba poniendo aún más nerviosa de lo que se encontraba en un principio. Aun así, caminó a regañadientes hacia la mullida butaca que le señalaba y se dejó caer sobre ella con notable impaciencia.

Tranquilízate, niña.– Comenzó el mago al ver su reacción.- Ya te dije que no corres ningún peligro. Y creo que la mañana que has pasado sin que nadie te moleste es prueba más que suficiente de que tengo razón.- Añadió al ver el gesto suspicaz de la muchacha.

Está bien.- Rezongó ella. Lo cierto es que no había notado nada diferente en el castillo que le hiciera pensar lo contrario.- ¿Que era tan importante que tenía que escucharlo antes de irme?

El hombre cogió una bocanada de aire y se recostó sobre su asiento, mirándola. Parecía dudar sobre la mejor forma de explicarle lo que sabía, o quizá no tenía muy claro por dónde empezar. Finalmente, apoyó los codos sobre el escritorio de madera y clavó los ojos directamente en los suyos.

No si no me prometes que te quedarás hasta el final de la historia.– Dijo con semblante serio.- Aún aunque en ocasiones no te guste lo que oigas.

Shana arrugó la nariz. Podía ver que aquello no era ninguna broma para invitarla a relajarse, que el mago estaba intentando abordar un tema delicado sin levantar demasiadas ampollas. Eso sólo podía significar que sabía quién era, y tomar conciencia de aquella realidad no la tranquilizaba en absoluto.


 

Continúa la historia en la Parte XI: Revelaciones.

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