Parte XII: Revelaciones (2)

17/05/2015

La niña exhaló un débil suspiro. Aún con cierta reticencia, alargó la mano hacia su taza y se la acercó a los labios. Olisqueó, sopló, y con enorme lentitud, dio un pequeño sorbo. Sabía a manzanilla.

Poco a poco, y gracias en parte a la infusión que le había puesto el mago, Shana se fue tranquilizando. Con grandes esfuerzos logró apartar de su mente las imágenes de su niñez, y sus mejillas fueron recuperando el color lentamente a medida que los recuerdos se difuminaban. Bebió de nuevo antes de apoyar la taza sobre la mesa.

¿Y todo eso no me lo podías haber dicho ayer?.– Inquirió molesta.

Estabas demasiado alterada.– La reprendió él con voz severa.- ¿O tengo que recordarte que casi prendiste fuego a tu habitación?

Lo tenía todo controlado.– Refunfuñó en voz baja.

El hombre enarcó una ceja, pero no dijo nada. Ella frunció un poco más el ceño y se cruzó de brazos. No necesitaba tener poderes mágicos para saber lo que estaba pensando en aquel momento.

Entonces, ¿Ya está?.– Se revolvió en su silla.- ¿Me puedo marchar?

Ilkin negó con la cabeza. La mata de cabello fino y grisáceo que caía hasta sus hombros ondeó levemente dándole un aspecto algo ridículo. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para esconder la sonrisa rebelde que trataba de abrirse paso en su rostro.

Que no te haya descubierto no quiere decir que haya dejado de buscarte.– Constató el mago.

Lo suponía.– Murmuró resignada. No habría podido olvidar al duque aunque quisiera.

No puedo pedirte que te arriesgues a quedarte aquí. Pero puedo ayudarte a escapar sin llamar demasiado la atención.– Se inclinó sobre el escritorio, clavando sus ojos cansados en la muchacha.- Has aprendido mucho desde que llegaste, y no solo de cocina.- Sonrió ante la evidente incomodidad que mostraba la niña.- No creas que no se las cosas que te cuenta mi aprendiz. Yo le di permiso para hacerlo.

Shana clavó sus ojos almendrados en el mágico, muda de sorpresa. Ayken nunca había mencionado nada al respecto. ¿Por qué le ocultaría algo así? No tenía ningún sentido.

Le pedí que no dijera nada.– Explicó el hombre.- No quería alarmarte. Me preocupaba que te asustaras y huyeras del castillo si te enterabas. Sin embargo era consciente del bien que pueden hacerte esos conocimientos, a pesar de que no puedas leer la lengua arcana. Tú también lo entenderás, tarde o temprano.

Gracias… Supongo.- La niña cada vez estaba más confusa.- Pero no lo entiendo. ¿Por qué me ayudas?

El hombre alzó las cejas, visiblemente desconcertado. La miraba como si la respuesta a su pregunta fuera tan evidente que tendría que haberla adivinado al instante. Carraspeó y se rascó la barba, intentando hacer memoria por si se había dejado algo en el tintero.

¿Qué sabes de tu don, niña?.- Preguntó por fin, sin dejar de acariciarse la barbilla.- ¿Qué sabes de tus ojos?

No mucho.– Suspiró la muchacha.- Sólo que veo otros mundos. Otros que no son el nuestro.

El mago asintió con la cabeza.

Y supongo que eso era lo que había en los libros que intentabas destruir, ¿Me equivoco?

Shana desvió la mirada y se encogió de hombros, incómoda. No le apetecía demasiado volver a sacar el tema.

Si.– Respondió en un murmullo.- Llevan… han estado en mi familia durante generaciones. Todo lo que sabíamos estaba ahí.

Vaya.– Le dirigió una mirada de disculpa.- Debió de costarte mucho tomar esa decisión. Siento haber llegado demasiado tarde.


Continúa leyendo en la Parte XIII: El secreto del mago.

 

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