Parte XIII: El secreto del mago

24/05/2015

La joven levantó la vista hacia él sin saber bien qué decir. Había sido difícil, sí, pero la avergonzaba admitir lo poco que tuvo que pensarlo antes de permitir que el fuego devorase un legado de siglos.

De todas formas.– Continuó Ilkin.- Eso hace bastante más sencillo lo que tenía que contarte. Verás, hace muchos años, mientras estudiaba, conocí a una hechicera elfa. Me habló de una niña con un pasado triste y unos poderes muy poco comunes, una niña cuyo camino se cruzaría con el mío y a la que debería ocultar y proteger de sus perseguidores, costara lo que costase.– Se aclaró la garganta antes de seguir hablando.- No sabía tu nombre, pero me dio una descripción sorprendentemente exacta y detallada, como si ya te hubiera visto antes. Aunque eso es imposible porque… ¿Qué edad tienes, niña?.

Se interrumpió de pronto, volviendo a la realidad. Su mente parecía haber viajado años atrás, al momento de donde procedían sus recuerdos.

T… trece.– Musitó Shana.

Como he dicho, imposible.– Aseveró el mago.- Ni siquiera habías nacido.

La muchacha pestañeó repetidas veces, sin saber bien qué contestar. Estaba confusa, y no del todo segura de a dónde quería ir a parar con todo aquello. Tantas cosas que no comprendía daban vueltas en su cabeza como un remolino que incluso se había olvidado de su cautela inicial.

Nunca he visto un elfo.– Farfulló. No se le ocurría nada más qué decir.

Tendrás la oportunidad, si así lo decides.– Respondió el hombre con una sonrisa afable.- Son seres extraños, aislados durante siglos. Conservan conocimientos y tradiciones que para los humanos se perdieron hace milenios.– Hizo una pausa para beber, y Shana le imitó.- Ella podría contarte mucho más sobre tu origen, cosas que yo desconozco por completo.

La niña se mordió el labio inferior, pensativa. Empezaba a ver por donde iba la conversación, y su mente bullía llena de curiosidad.

¿Por qué me busca?.– Demandó tras dejar la taza sobre la mesa.- ¿Qué quiere de mí?

No concretó hasta ese punto.– El mago se rascó de nuevo la barbilla, pensativo.- Insistió en que eras importante, que tu futuro era importante. Pero no me quiso decir nada más. Quizá no podía, no lo se. Pero si quieres saber, tendrás que ir a verla.

A… ¿verla?.– Preguntó desconcertada.

Bueno, claro. ¿Cómo si no vas a poder hablar con ella?.– La miraba perplejo, como si acabara de decir una estupidez.- Oh, pero por supuesto tu no tienes por qué saberlo. Se llama Aletheia, la elfa de la que hablo. Vive al norte de Blayne, cerca de las montañas. Como ves está bastante lejos de aquí, más allá de las tierras del duque.

Y… ¿me ayudarás a llegar?.– La desconfianza que sintiera al inicio había desaparecido ya por completo. Al contrario, sonaba esperanzada y ansiosa por conocer los detalles.

Esa es la razón principal de que te haya hecho venir.– Asintió el hombre.- No puedo ayudarte directamente, pero si facilitarte las cosas. Debemos evitar por todos los medios que el embajador sospeche algo.

La muchacha apretó los dientes, reprimiendo un mohín de disgusto. Si no podía contar con la influencia directa del mago, el viaje no pintaba demasiado bien. Viajar sola por los caminos era arriesgado, y ni siquiera tenía montura o dinero suficiente para comprarse una. Y el caballo también tendría que comer. ¿Cómo alimentaría a una bestia de ese tamaño si apenas tenía para ella misma?

Se dejó caer sobre el respaldo con gesto abatido. Tanto lío y tanta charla, y al final estaba exactamente igual que la noche anterior. Quizá más tranquila ahora que sabía que no corría un peligro inmediato, pero nada verdaderamente útil.


Continúa leyendo en la Parte XIV: Un plan de locos.

 

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