Parte I: Puntual

14/06/2015

Como cada mañana durante los últimos cuatro años, el canto del gallo la despertó con las primeras luces del alba. Sin embargo, aquel día no se le pegaron las sábanas.

Se levantó de un salto y se vistió a todo correr, se puso las zapatillas que guardaba bajo el catre y metió a presión el camisón dentro del macuto que tenía preparado de la noche anterior. Lo había dejado todo listo antes de irse a dormir, así que no le quedaba nada más que recoger aparte de la desgastada capa de tela que había colgada tras la puerta.

Recogió de debajo de la almohada la bolsa de monedas que le había dado el mago, sacó un par de cielos de oro y ató el bulto restante a la cinturilla interior de su vestido. Cuanto menos dinero llevara a la vista, más fácil sería mantener la historia que habían contado.

Cuando por fin lo tuvo todo donde quería, se atusó los rizos y salió por la puerta abrochándose la capa con una mano mientras con la otra sujetaba la abultada mochila repleta de ropa y bártulos.

Por suerte los establos estaban cerca del ala de servicio, de forma que apenas le costó unos minutos recorrer los escasos metros que la separaban de la comitiva del embajador. Cinco vigorosos caballos esperaban a las puertas de las cuadras, ya ensillados y puestas las bridas mientras uno de los mozos del castillo correteaba de un lado a otro a las órdenes de los caballeros.

Ligeramente apartado del resto, mirando en su dirección con cara de pocos amigos, un escuálido siervo ya entrado en la treintena se mantenía de pie junto a la mula de carga. Era evidente que no estaba contento con la situación, a juzgar por la expresión avinagrada que se acentuaba más y más a medida que la niña se acercaba a ellos.

Tú debes ser la chiquilla de la que hablaba el mago.– Comentó el embajador al verla llegar.- La amiga de su aprendiz.

Mi señor,– Hizo una pequeña reverencia frente al hombre.- Me llamo Shana.

Lo que sea.– Señaló al asno con un gesto de la mano.- Puedes montar el burro. A cambio cocinarás y ayudarás a mi criado en lo que necesite.

Sí, señor.- Bajó la vista con humildad y encaminó sus pasos hacia el sobrecargado animal.

Se paró a pocos centímetros del paje sin soltar sus pertenencias, sosteniendo con cierto recelo la poco sutil mirada de odio que tenía clavada en ella. Ni siquiera se molestaba en tratar de esconder su desagrado ante las órdenes de su señor.

Tras un saludo sin respuesta al que siguieron varios minutos de silencio incómodo, uno de los escoltas del embajador dio la orden de salida, y la muchacha no tuvo otra opción que trepar a lomos de la mula sin más ayuda que las cuerdas que sujetaban los fardos. Por suerte la bestia no era tan grande como un caballo, y con algo de esfuerzo pudo montarse sola.

Tuvo que agarrarse con fuerza a las crines del animal para no caerse cuando el siervo se puso en marcha sin una sola palabra de advertencia, pero una vez más las alforjas jugaron a su favor, y pudo utilizarlas para equilibrarse en la pintoresca montura.

Se acomodó en la grupa como buenamente pudo, tratando de colocar las piernas entre los fardos para no hacerse daño mientras cabalgaba. Al analizar la cantidad de bultos que llevaba encima no podía evitar preguntarse cuánto peso soportaría antes de caer muerta en el suelo. Sin embargo, a nadie más parecía importarle en absoluto.


Continúa leyendo en la Parte II: Dejando la ciudad.

 

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