Parte II: Dejando la ciudad

22/06/2015

La comitiva se puso en marcha a paso lento, de forma que el sirviente pudiera seguirles con la mula de carga sin hacer grandes esfuerzos. Aun así, la muchacha descubrió muy pronto que cabalgar a lomos de un burro era aún más incómodo de lo que recordaba.

Se giró de nuevo hacia el castillo justo antes de cruzar las puertas, con la esperanza de ver a Ayken para despedirse de él. No le costó demasiado encontrarle con cara triste, atrapado por el abrazo de su madre mientras se agitaba tratando de saludarla antes de que desapareciera por las calles de la ciudad. Miró alrededor, pero tal y como suponía, del mago no quedaba ni rastro.

Shana esbozó una sonrisa melancólica y le devolvió el gesto, tambaleándose sobre su montura con cada paso que daban. Habían empezado a bajar ya el rastrillo a sus espaldas cuando entornó la vista por última vez en busca de algún otro rostro conocido, consciente de que no volvería a tener la oportunidad de ver a ninguno de ellos.

Cruzaron la atareada ciudad en apenas unos minutos, desfilando por las embarradas avenidas repletas de campesinos, agricultores y chiquillos correteando de una puerta a otra. Daba la sensación de que todo el mundo estaba pendiente de lo que ocurría, y sentirse el centro de atención no era algo a lo que estuviera acostumbrada.

Trató una y otra vez de distraerse entablando conversación con el otro sirviente, pero por más que lo intentaba el hombre solo respondía con un obcecado y testarudo mutismo que sólo incrementaba aún más lo incómodo de la situación. Insistió un par de veces, procurando ser amable con él, pero se rindió cuando se dio cuenta de que no iba a conseguir nada.

Las horas de viaje se le antojaron eternas, en completo silencio y con nada para distraerse a excepción del continuo temor a que le sobreviniese una nueva visión. Incluso cuando pararon para comer en uno de los márgenes del camino no recibió más que órdenes secas y pobres indicaciones para que se ocupara de los caballos y de la leña mientras el paje se sentaba sobre una roca a preparar el almuerzo de los señores.

La muchacha se esforzó cuanto pudo en asegurar las bridas, pero no pasó demasiado tiempo antes de que los soldados se dieran cuenta de su torpeza y, entre risas, uno de ellos se acercó a ayudarla. La enseñó a anudar las riendas con un simple movimiento, y con una expresión mucho más afable que el resto, le mostró los mejores sitios donde encontrar ramas secas con las que encender la hoguera.

No dejes que Bruno te agobie.– Comentó el hombre con  una sonrisa, mientras caminaban de nuevo hacia el campamento.- Me llamo Abner, por cierto.

Shana.– Respondió ella agradecida. Era la primera persona en hablar con ella desde que salieron del castillo.

Aquella breve conversación logró apaciguar sus recelos lo suficiente para hacer el resto del viaje más llevadero, a pesar de que no hubo más como esa hasta que llegaron a su destino. Nadie le dirigía la palabra sí no era para ordenarle algo, y el criado que viajaba con ellos demostraba su desprecio cargándola con las labores más arduas mientras él se ocupaba de tareas menores que apenas requerían de esfuerzo.

En un par de ocasiones apretaron el paso para llegar a una de las ventas que ocupaban las encrucijadas, y donde los nobles podían disfrutar de un baño caliente y un techo bajo el que dormir. A ella la permitían quedarse junto a la chimenea del comedor, y se acostaba siempre tan cansada que apenas tardaba unos minutos en quedarse dormida al calor de la lumbre.


Continúa leyendo en la Parte III: La aldea en la linde del bosque.

 

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