Parte III: La aldea en la linde del bosque

29/06/2015

Por fin, a la madrugada del cuarto día, llegaron al bosque de Jeyde y a la aldea que se asentaba en sus lindes. Era demasiado tarde para cualquier cosa, pero aún así el embajador les envió a amarrar a los animales en el establo mientras uno de los caballeros aporreaba con el puño las puertas de la posada.

Lo más seguro es que a cualquier otra persona le hubieran lanzado un cubo de agua por la ventana y ni siquiera se hubiesen molestado en bajar a abrir. Sin embargo, los gritos del soldado en nombre del Duque de Yvor debieron amedrentar a los taberneros lo suficiente para que les dejaran entrar.

No muy contento con la situación, el matrimonio que se hacía cargo de la venta salió a recibirlos y, con una sonrisa forzada, los acomodaron en el comedor. La mujer subió a la planta superior a preparar las habitaciones, y el hombre sacó de la despensa algo de queso, pan, fruta y vino que sirvió como cena al grupo de viajeros.

Comieron rápido, demasiado cansados para alargar la velada más de lo que ya se había extendido en la madrugada. Los nobles no tardaron en seguir a la mesonera escaleras arriba para instalarse, y Shana se preparó para acostarse frente a la chimenea como había hecho las noches anteriores. El criado sin embargo se quedó rezagado, cómo sí estuviera esperando algo.

Creí que venías a visitar a tu madre enferma.– Espetó en voz baja tras asegurarse de que los demás ya no los oían.

Es muy tarde.– Respondió la niña, pillada de improviso.- No quiero molestar.

Ya.– Murmuró el hombre visiblemente decepcionado.

El paje la miró con suspicacia durante varios segundos, sin terminar de creerse su historia, pero sí tenía más preguntas en mente se las guardó para sí mismo. Con un último movimiento lleno de arrogancia, se giró de nuevo hacia los estrechos escalones  y subió al sobrio cuarto que había tenido que pagar con su propio sueldo sin molestarse en volver la vista atrás ni una sola vez.

Aquel comentario la dejó una sensación incómoda, y por un momento, todas las dudas y los miedos que la atormentaban desde que vio al embajador en el gran salón del castillo volvieron a atormentarla. Se acurrucó junto al fuego, se colocó la mochila llena de ropa como almohada, y antes de darse cuenta, se quedó dormida al calor del hogar.

Se despertó con las primeras luces, con el olor del desayuno que la mujer del posadero preparaba en la cocina flotando por toda la habitación. Recogió lo más rápido que pudo, molesta por no haberse despertado con el ruido de los pasos y las cazuelas, e iba marcharse sin decir nada cuando la rechoncha señora le cortó el paso con una bandeja en las manos y una ancha sonrisa pintada en el rostro.

El plato de gachas recién cocinadas y el rugido de su estómago le recordaron lo hambrienta que estaba. Apenas había podido probar nada la noche anterior, así que aceptó con entusiasmo lo que le ofrecía la anfitriona y se sentó en una de las mesas a disfrutar de la primera comida en condiciones que tomaba desde que salió de la ciudadela.

Se terminó el plato en apenas unos minutos, se bebió el zumo que le habían servido y se levantó dispuesta a devolver la vajilla para salir de allí lo antes posible. Pero los caballeros bajaban ya las escaleras cuando llegó a la barra, y sin otra idea que le permitiese justificar su presencia allí, la muchacha llamó al tabernero. Partiría de nuevo en poco tiempo, y le vendrían bien provisiones para unos días.


Continúa leyendo en la Parte IV: Por fin sola.

 

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