Parte IV: Por fin sola

05/07/2015

¿Tienes fruta fresca?– Preguntó en voz bien alta cuando la dueña se acercó a recoger el cuenco vacío.

Antes de que la mujer contestara, el embajador y su séquito habían llegado ya al salón, y el prepotente criado empezó a enumerar con aspereza los suministros que se llevarían al partir. Shana calló dócilmente, permitiéndole continuar mientras esperaba pacientemente apoyada en el mostrador. Cuanto antes terminaran de comprar lo que necesitaban, antes se irían de allí.

Los dueños de la venta entraron apresuradamente en la trastienda para sacar los víveres que pedía el sirviente, visiblemente aliviados por la marcha del grupo. La niña incluso ayudó al matrimonio a cargar con los sacos para acelerar las cosas, y finalmente salió por la puerta tras los soldados para despedirlos con una reverencia y una sonrisa de agradecimiento.

Exhaló un profundo suspiro al verlos alejarse por el serpenteante camino de tierra, incapaz de contener por más tiempo la respiración. No podría describir con palabras el alivio que sentía por verlos partir, después del miedo y el desasosiego que la habían invadido la noche anterior cuando Bruno había empezado a hacer preguntas. El temor a que transmitiera sus dudas al embajador apenas la había dejado pegar ojo.

Permaneció largo rato en la entrada, completamente quieta hasta que perdió de vista las siluetas cada vez más pequeñas de los caballeros. Las probabilidades de que decidieran darse la vuelta en el último minuto eran casi inexistentes, pero lo cierto era que no perdía nada por asegurarse.

Volvió al interior de la venta con la sensación de haberse quitado un gran peso de encima, buscó al posadero con la mirada y pidió una habitación para pasar la noche que pagó por adelantado con el dinero que llevaba en su monedero. Ahora que el embajador ya no estaba cerca podía aprovechar para descansar en condiciones, darse un baño y dormir en un lecho, en lugar de sobre la chirriante madera del comedor. No tenía la menor idea de cuándo volvería a presentársele la oportunidad.

¿Quién podría venderme un caballo por el pueblo?.- Preguntó al mesonero tratando de no parecer demasiado ansiosa.

¿Un caballo? ¿Aquí?.- Respondió con una risotada.- Como no quieras comprarle ese viejo jamelgo al bueno de Marvin, no sé de dónde vas a sacarte uno, chiquilla.

La muchacha jugueteó con un largo rizo entre los dedos mientras el hombre se alejaba murmurando y negando la cabeza con incredulidad, ligeramente decepcionada con su respuesta. Desde luego no estaba esperando encontrar un pura sangre en aquella aldea diminuta que difícilmente era visible en los mapas, pero entre sus expectativas figuraba algo mejor que un pobre jaco desnutrido que apenas sería capaz de cargar con las provisiones de la próxima semana.

Sin embargo, la falta de montura no era un problema tan grave como podría parecer. Tardaría más yendo a pie, eso seguro, pero sólo la retrasaría un tiempo hasta que encontrase una granja o un pueblo más grande donde conseguir un caballo en condiciones.

Sin poder hacer nada más por el momento, la muchacha subió a su habitación. Repasaría el mapa para organizar el viaje y pasar por otro asentamiento lo antes posible, se aseguraría de esconder mejor el dinero que le había dado el mago al salir del castillo, e incluso era posible que le diese tiempo a darse un baño antes de la hora de comer.

El cuarto era pequeño, con sólo una cómoda de madera, una cama de sábanas descoloridas y un rincón para el aseo personal. No necesitaba mucho más, así que cerró la puerta tras ella, tiró la mochila junto al catre y se dejó caer sobre el colchón con los ojos cerrados.


Continúa leyendo en la Parte V: Las flores azules.

 

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