Parte V: Las flores azules

12/07/2015

ΦTenues rayos de sol iluminaban una gran pradera que se extendía en todas direcciones casi hasta donde alcanzaba la vista. La hierba era tan verde que parecía pintada sobre un lienzo dorado, meciéndose con delicadeza en la suave brisa de la tarde. Y el cielo, de un azul pastel rasgado con jirones de nubes blancas como la nieve, era de un color tan puro que aún podían verse algunas estrellas incluso a plena luz del día.

Aquí y allá, la extensa llanura estaba salpicada de pequeñísimas flores rojas y azules de forma estrellada que parecían imitar la disposición de aquellas en la bóveda celeste, aunque su número aumentaba cada vez más a medida que se acercaban a la orilla del apacible estanque que se dibujaba al norte del lugar.

El lago, vasto y de aguas cristalinas, cuya límpida superficie no era perturbada por el más mínimo movimiento, reflejaba con inusitada exactitud la paz y tranquilidad que envolvían aquel santuario como un manto invisible, aislándolo del caos y el bullicio del exterior.

Más allá de las plácidas aguas de la laguna crecía un frondoso bosque de grandes árboles con ramas rígidas y hojas verdes y amplias, y entre los troncos, parcialmente oculta por la maleza, una pequeña cabaña de madera rompía de forma sutil la naturaleza pura y salvaje que dominaba todo el paisaje.

Difuminada por la lejanía, una figura alta y delgada se movía grácilmente a través de la vegetación, deslizándose entre los arbustos con una ligereza tal que pareciese que sus pies no tocaban el suelo.Φ

*     *     *

La imagen se fue debilitando poco a poco, dejando paso a una oscuridad casi total que envolvió todo a su alrededor. Cuando abrió los ojos volvía a estar de nuevo en el estrecho cuarto de la posada, tumbada sobre el duro colchón y con la mochila tirada a su lado. Debía de haberse quedado dormida sin darse cuenta.

Había sido un sueño extraño, carente de cualquier sentido, pero incluso convenciéndose a sí misma de aquello, no podía dejar de pensar en lo que había visto en aquel claro. Los árboles le sonaban, claro, pero después de todo, los bosques se parecían mucho por todo el norte de Maelür, y ella apenas era capaz de reconocer unos cuantos.

Se incorporó confusa, dirigiéndose automáticamente al desgastado mueble donde estaba la jarra y el cuenco para lavarse y, sin pensárselo demasiado, se sujetó los rizos y hundió la cabeza en el agua para despejarse.

Aún mientras se secaba con la diminuta toalla de tocador, la niña seguía dando vueltas al paisaje de su sueño. Todo lo que había en él le recordaba a algo, aunque era una sensación tan sutil que no conseguía relacionarlo con nada en concreto. Era como sí su mente se negara a hacer la conexión.

Miró por la estrecha ventana de la habitación, observando con curiosidad las idas y venidas de las mujeres del pueblo entrando y saliendo de las diferentes casas. El sol estaba en el punto más alto, lo que quería decir que había dormido hasta mediodía. Quizá, sí se daba un poco de prisa, todavía pudiese conseguir un plato de estofado para comer.

Estaba a punto de comenzar a bajar las escaleras hacia el comedor cuando, de repente, se dio cuenta de lo que tanto le había llamado la atención en aquella pradera idílica. Las flores de pétalos azules y corazones escarlata eran las mismas que crecían en los prados cercanos a la granja donde vivían cuando era una niña, antes de huir por primera vez del Duque de Yvor.

Un escalofrío le recorrió la espalda al pensarlo, y se estremeció sin poder evitarlo. Lo que ocurrió entonces le traía muy malos recuerdos, y por lo general procuraba no pensar demasiado en ello. Sin embargo, hiciera lo que hiciera siempre parecía ocurrir algo que sacaba de nuevo todo a relucir.


Continúa leyendo en la Parte VI: Hacia el Este.

 

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