Parte VII: El camino real

26/07/2015

Al principio le costó coger el ritmo, los minutos y las horas pasaban con una lentitud inaudita mientras caminaba completamente sola por un paisaje que apenas cambiaba un ápice. Recorrer los largos senderos empedrados resultaba tedioso y aburrido, y el silencio, solo roto por los ocasionales pajarillos que sobrevolaban la zona, le daba mucho tiempo para pensar. Pensaba en el sueño, en la granja, y en el último día que pasó con su hermana pequeña.

Pero poco a poco la monotonía fue ganando terreno. Aquella zona quedaba lejos de las grandes rutas comerciales, y no era común ver gente que se aventurase tan cerca del bosque a excepción, quizá, de algún granjero de tierras cercanas que llevaba sus productos al mercado de Jhasn.

Fue un golpe de suerte que, al atardecer del tercer día de camino, vislumbrase a lo lejos el humo de varias chimeneas sobre la silueta de una pequeña aldea. No era mucho más grande que la última que había visitado, pero quiso la casualidad que una familia de comerciantes se alojase en la única posada de los alrededores.

Con un gesto amable pintado en el rostro y un buen puñado de Cielos de oro, Shana consiguió convencer al mercader para que le vendiera uno de los caballos que llevaban consigo. Pagó más de lo que realmente valía el animal, pero  en aquel momento necesitaba con más premura la velocidad que aquel montón de monedas.

A la mañana siguiente se confirmó que la compra había sido todo un acierto, a pesar del desembolso que había supuesto para ella. No sólo recorrió mucho más terreno de lo que había calculado la noche anterior, sino que la presencia de la montura disminuyó de forma patente la sensación de soledad que la acompañaba desde que dejó atrás la diminuta aldea en la linde del bosque de Jeyde.

Después de tantas horas  andando, conviviendo con el silencio del camino tan sólo por el ulular del viento y el crujido de las últimas hojas de otoño que tapizaban el suelo, un poco de conversación lograba relajar el ambiente aunque la única respuesta que obtuviera fuesen los enérgicos relinchos del animal.

Y solamente eso hizo que al acampar aquél día estuviese mucho más tranquila que de costumbre. Ató las riendas del caballo a un árbol alejado del camino, dándole suficiente libertad para que pastara cómodamente, y construyó un pequeño círculo de piedras que rellenó con hojas y ramas secas para encender un fuego que le protegiese del frío nocturno.

Estaba a punto de desenrollar su manta y su esterilla cuando la vista empezó a fallarle. La cabeza comenzó a darle vueltas, y todo a su alrededor se volvió borroso. La realidad se difuminaba cada vez más rápido hasta que, de repente, el mundo se volvió negro.

 

Φ Densas columnas de humo negro como el carbón se elevaban hasta ocultar el cielo casi por completo. Las únicas luces visibles en leguas a la redonda eran las llamas que devoraban las precarias casuchas de madera que formaban el poblado, y las titilantes antorchas que portaba el grupo de clérigos ataviados con corazas que ostentaban en su centro el símbolo sagrado de Shonagh.

Marchaban en formación, deteniéndose sistemáticamente en cada puerta destartalada y registrando los hogares uno por uno con minuciosidad, obligando a las familias a salir a las calles por la fuerza sí era necesario. Decenas de hombres, mujeres y niños se amontonaban en los callejones embarrados, encogidos unos sobre otros y con los rostros deformados por el terror.

Una vez que se aseguraron de que todas las casas estaban vacías, los guerreros arrastraron con violencia al gentío hacia el centro del poblado. Formaron un círculo alrededor de la plazoleta, con las armas desenvainadas y en posición de combate para disuadir a cualquier aprendiz de héroe de intentar escapar.

Y cuando parecía que todo había terminado, de la humareda que envolvía la aldea por completo surgió una figura imponente, de porte regio y andar orgulloso. A su alrededor, las cenizas que se desprendían de los edificios en llamas parecían arremolinarse sobre él como las primeras nieves de invierno.

A diferencia de los demás, el hombre que acababa de llegar vestía una túnica en lugar de coraza y su diestra sujetaba un báculo de madera, no una espada. En la otra mano, extendida frente a él con solemnidad, sostenía una gema transparente, grande como el puño de un niño. Φ


Continúa leyendo en la Parte VIII: Rumores.

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