Parte VIII: Rumores

02/08/2015

Despertó tendida en el suelo, junto a la esterilla a medio desenrollar y la manta aún doblada a pocos pasos de su mochila. El cielo ya había oscurecido, y la brisa nocturna que soplaba entre los árboles le recordó con un escalofrío que no le había dado tiempo a encender ningún fuego antes de perder el conocimiento. Era una suerte que todo siguiese en el mismo sitio.

La cabeza le daba vueltas, aunque no estaba segura de sí era producto de las visiones o del golpe que se había dado en la cabeza al caer al suelo. Se frotó la sien dolorida, y tras comprobar que no era más que un pequeño cardenal, gateó hasta el círculo de piedras que había preparado antes de perder el sentido. Lo principal tras salir del trance era entrar en calor, y para eso necesitaba encender la hoguera.

Buscó entre sus cosas el pedazo de yesca que se había guardado antes de partir, y tras un par de intentos, logró que la hojarasca prendiera por fin y una débil llama comenzó a arder junto a ella. Se colocó cerca de la lumbre, utilizando su propio cuerpo para evitar que el viento invernal la apagase mientras aún no tenía fuerza. En pocos minutos, la fogata era lo suficientemente grande para repeler el punzante frío de finales de otoño.

Se frotó los hombros con fuerza, tratando de entrar en calor. Seguía helada  pesar de la cercanía del fuego, y era consciente de que pasaría un buen rato hasta que sus dientes dejasen de castañear. En su mente bullían con total claridad los recuerdos de la visión que acababa de tener, tan atroces que sólo pensar en ellos le ponía la piel de gallina.

Unas semanas atrás habría buscado en sus libros alguna pista que la permitiera descubrir que era lo que había presenciado durante el trance, pero echó por tierra aquella posibilidad el día que decidió prenderle fuego al baúl de su familia. Y ya no tenía nada que la ayudase a distinguir los mundos que le mostraba su don.

Aun sin los volúmenes que había quemado, recordaba con exactitud los símbolos en las corazas de los guerreros, y eran unos que conocía bien. Le habían enseñado a temer y respetar a sus portadores desde que era una niña, y había trabajado en sus templos durante más años de los que podía recordar. Aquellos hombres portaban en su pecho el emblema sagrado de los sacerdotes de Shonagh, el dios supremo de Maelür.

Pero no eran sacerdotes, rumiaba mientras alargaba la mano para alcanzar su mochila y sacaba algo de comer. Los sacerdotes no llevaban armaduras. Aquellos eran soldados, hombres de armas curtidos por más de una batalla. Y aunque sólo eran rumores extendidos por borrachos y ancianos que hacía tiempo habían perdido todo atisbo de cordura, todo el mundo conocía el nombre de la Orden de Siekiant, y a que se dedicaban sus miembros.

Su abuelo le había contado infinidad de historias cuando era niña, de como visitaban las aldeas buscando gente con el don para llevárselos al Teh’ram de Blayne y adoctrinarlos bajo la atenta mirada de los Tvarka. Sin embargo la corona los declaró disidentes tras la alianza con el norte, dejando de lado las prácticas más violentas y adoptando una política mucho más tolerante con las creencias del pueblo nórdico.

Habían pasado años sin que nadie volviese a saber nada de la orden de fanáticos, sí bien las habladurías sobre pequeños grupos actuando desde la sombra no habían dejado de aparecer. E incluso en el caso de que los chismes fuesen ciertos, ni el grupo de clérigos más radical se atrevería a atacar una aldea en tierras de la reina, ataviados con ropajes y símbolos sagrados y a plena luz del día.


Continúa leyendo en la Parte IX: Frío en los huesos.

 

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