Parte XI: El bosque

23/08/2015

A esas alturas del trayecto ya no quedaba rastro de las despejadas llanuras que rodeaban la frontera entre los dos reinos. En aquella zona concreta, el camino parecía haber entrado a formar parte del extenso bosque de Jeyde, y aunque calculaba que no podía estar muy lejos de la linde oriental, la visibilidad limitada por la espesura no mejoraba en absoluto la situación.

La vegetación se había extendido tanto que resultaba casi imposible distinguir el empedrado que definía los contornos de la calzada, mucho menos avistar a cualquiera que la estuviera acechando oculto entre la maleza. Y sin embargo, estaba completamente segura de que alguien la seguía desde hacía varias horas.

Fuera quien fuese su misterioso acompañante no se molestó en darse a conocer, a pesar de que la muchacha se giró en múltiples ocasiones intentando divisarle sin éxito, de forma que hizo lo único que se le ocurrió que tenía un mínimo de sentido. Espoleó a su montura todo lo fuerte que se atrevió hasta ponerla al trote, aferrándose con uñas y dientes para no caer al suelo.

Era evidente que su perseguidor iba a pie, o el sonido de los cascos al chocar contra el suelo le habría delatado mucho antes de lo que ella había tardado en darse cuenta por sí misma. Y una vez que había llegado a esa conclusión, lo más inteligente era tratar de dejarle atrás cuanto antes, y eso significaba aprovechar la claridad del día para avanzar lo máximo posible.

Sin embargo, a pesar de haber azuzado al caballo más que nunca, e incluso haberse saltado la parada del almuerzo para aumentar la distancia entre ellos, la incómoda sensación de estar siendo observada no desapareció por completo. No tenía sentido, y lo sabía. Ningún  ser humano sería capaz de mantener el ritmo de una montura al trote más de un par de kilómetros.

La calzada estaba desierta y, a excepción de la inquietud que sentía, ningún sonido indicaba que hubiese alguien más en las cercanías. Tal y como había esperado, no encontró ninguna posada durante aquel día, probablemente por la espesura del bosque en aquel punto del camino, y tampoco había tenido suerte a la hora de toparse con caravanas o mercaderes de la región.

No había querido viajar por rutas muy concurridas para no llamar demasiado la atención, y por eso el mago al trazar el itinerario en el mapa había elegido el sendero que se adentraba en la arboleda. Al final, sus decisiones la estaban pasando factura.

Finalmente y aunque a regañadientes, hizo parar a la extenuada bestia cerca de una zona donde la maleza parecía ser menos abundante. El sol apenas asomaba ya por el horizonte, y la luz era tan débil que apenas podía distinguir el camino que se extendía delante de ella lo que convertía en una peligrosa empresa seguir adelante.

Aspiró una gran bocanada de aire y exhaló con lentitud, intentando mantener la calma. Llevaba cabalgando todo el día sin hacer casi ninguna parada, y había recorrido casi el doble de la distancia que avanzó el día anterior. Lo que quería decir que sólo existía una única explicación para aquella horrible sensación que la estaba volviendo loca. Eran todo imaginaciones suyas.

Aun así seguía con los nervios a flor de piel, y un poco más de prevención a la hora de montar el campamento aquella noche no le haría ningún daño. Sí conseguía colocar algún tipo de rudimentario sistema de alarma alrededor de la hoguera dormiría mucho más tranquila.

Dejó al caballo pastar libremente mientras elegía un buen lugar para trasnochar y construía el círculo de piedras en el que encendería el fuego. Cuando tuvo preparada la fogata, sacó la manta de su mochila y buscó con cuidado un par de hilos sueltos, lo suficientemente resistentes para aguantar la tensión sin romperse.


Continúa leyendo en la Parte XII: El peligro en la sombra.

 

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