Parte XIII: Atrapada

06/09/2015

Sin embargo saber que no podía hacer nada, que la huida era total y absolutamente imposible, no evitó que reducirla y atarla se convirtiera en un pequeño infierno para sus captores. Incluso logró morder a uno de ellos en el brazo cuando trataba de amordazarla, lo que provocó las iras del hombre que, con un grito de dolor, la propinó un golpe tan fuerte que apenas no la dejó sin sentido.

Desorientada, la joven se encogió sobre sí misma sin oponer más resistencia, y una lágrima de frustración resbaló por su mejilla. Consciente de que había perdido la batalla, dejó que los hombres terminaran de atarla de pies y manos sin inmutarse, y tampoco dijo nada cuando la arrastraron hacia los límites del campamento y la abandonaron apoyada sobre uno de los troncos que crecían en torno al claro.

La esperanza que la embargaba cuando partió del castillo de Jashn se había esfumado por completo aquella noche. Ocho años huyendo para nada, para ser atrapada en mitad del bosque a medio camino de su nuevo destino. Nadie la echaría de menos. Ni siquiera el mago, la única persona que conocía su secreto, llegaría a saber jamás que su aventura había terminado antes incluso de poder empezar.

Sin prestarle más atención los hombres comenzaron a registrar su mochila y la alforja del caballo, aunque lo que hallaron dentro no pareció gustarles demasiado. Shana les observó con curiosidad mientras revolvían entre sus cosas. Parecían buscar algo en concreto, pero igualmente se quedaron con las alubias y el arroz que guardaba en el zurrón de su montura a pesar de que era evidente que esperaban encontrar otra cosa muy distinta.

De pronto, el más corpulento hacia ella con un gesto amenazador grabado en el rostro, y la niña se encogió aún más hasta que se hizo un ovillo. Desvió la mirada con miedo, alejándose del peligro de forma casi inconsciente, pero la rugosa corteza del árbol que la mantenía erguida le arañó la espalda al tratar de moverse.

Shana tragó saliva. Indefensa como estaba ni siquiera gritar le habría servido de ayuda en aquél paraje casi desierto. Aunque lo habría intentado de todas formas de no ser porque el nudo que le atenazaba la garganta era tan grande que apenas era capaz de emitir sonido alguno.

–  ¿Y el oro?.– Espetó el gigante con brusquedad, agachándose hasta quedar a pocos centímetros de su rostro.

La muchacha alzó la vista, asustada y confusa. Tardó unos instantes en comprender la pregunta, y su poco paciente interlocutor la zarandeó con violencia para obligarla a reaccionar. Poco a poco, comenzaba a darse cuenta de que aquello podía no ser lo que tanto había temido.

–  ¿Oro?.– Masculló aún algo confundida.- Que… ¿Qué oro?

Dejándose llevar por la ira el hombre apretó aún con más fuerza, arrancándole un gemido de dolor. Sin embargo, la sola mención del dinero había logrado hacerla volver a la realidad, y la seguridad de haber caído en las garras del duque de Yvor se volvía cada vez menos certera.

–  ¡El oro! ¡Todo el que lleves encima!.- Tronó furioso, y mientras hablaba, sus ojos se detuvieron en la pequeña bolsa de cuero que llevaba colgada de la cadera.- ¡Dámelo!

Con la mirada repleta de codicia, el gigantón la empujó contra el árbol y le arrebató el monedero de un brusco tirón. Lo sostuvo entre las manos durante unos segundos, tratando de calcular su peso. Sin embargo pronto le pudo la curiosidad y, poniéndose en pie, lanzó el ajado cinturón al suelo y con una sonrisa triunfante pintada en el rostro vació el contenido de la cartera.


Continúa leyendo en la Parte XIV: Bandidos.

 

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