Parte XIV: Bandidos

13/09/2015

Su expresión cambió de forma radical cuando se dio cuenta de lo que realmente había en el interior de la bolsa. Un puñado de ardites y unas pocas monedas de plata tintinearon al caer al suelo frente a la muchacha, que observaba la situación con incredulidad.

Por primera vez desde que la sorprendieron en mitad de la noche, Shana se fijó en el aspecto de sus atacantes. Con sus ropas sucias y raídas, sus rostros famélicos y su torpe disciplina, no parecían el tipo de gente que el duque de Yvor contrataría para dar con su rastro. Y desde luego tampoco eran enviados del Teh’ram, de eso estaba segura.

¿Quiénes sois?.– Preguntó la niña con un hilo de voz.- ¿Qué queréis de mí?

¡¿Y el resto?!.– Bramó nuevamente el gigantón, ignorando sus palabras.- ¡¿Dónde está el resto?!

Le lanzó la bolsa de cuero a la cara, dejándole apenas tiempo para reaccionar. La joven se echó hacia un lado con rapidez para tratar de evitar su trayectoria, y el improvisado proyectil pasó a pocos centímetros de su hombro derecho. No le había dado de milagro, aunque vacía como estaba tenía serias dudas de que hubiera sido algo grave.

N-No… No hay más.– Tartamudeó asustada.- Lo habéis registrado todo.

Y era cierto. Los había visto vaciar los sacos de comida que el caballo llevaba atados a la silla de montar, y todas sus pertenencias yacían desperdigadas por el recinto del campamento sin ningún tipo de orden ni cuidado. No había nada en aquél lugar que no hubiesen revisado a conciencia.

¡Mientes!.– Rugió el hombre lleno de ira.

¡Basta ya, Beni!.– Intervino el que parecía ser el líder del grupo, mucho más calmado que su compañero.- Chiquilla, llevas una pequeña fortuna en esa bolsa. ¿De donde la has sacado?

Quien hablaba parecía algo mayor que los demás, y también mucho menos violento. La joven miró esperanzada al anciano y, con la voz aún tomada por el miedo, trató de explicar lo mejor que pudo como había llegado a aquella situación.

Trabajaba en el castillo del Conde, en Jashn.– Murmuró entre dientes.- Como sirvienta. Es todo lo que tengo.

Me parece mucho dinero para una simple sirvienta, la verdad.– Insistió él sin perder la calma.- ¿Y qué me dices del caballo?

No es mío.– Respondió la niña agachando la cabeza.- Sólo me lo han prestado para el viaje.

¡Y una mierda!.– El mismo que la había interpelado al principio volvió a la carga, sujetándola del brazo y levantándola hasta que sus pies dejaron de tocar la hierba.- ¡Deja de mentirnos!

La niña dejó escapar un alarido de terror, e ignorando la cuerda que inmovilizaba sus pies, golpeó a su agresor con toda la fuerza que fue capaz de reunir. El hombre la soltó de improviso soltando un exabrupto, y se frotó la pierna dolorida con vehemencia mientras burdas murmuraba burdas maldiciones.

Shana cayó de bruces al suelo, incapaz de detener el impacto. Trató de incorporarse sin mucho éxito, cuando, por el rabillo del ojo, pudo ver a su agresor loco de rabia abalanzándose sobre ella clamando venganza. Y lo hubiera conseguido de no ser por el anciano líder del grupo, que de nuevo se interpuso entre ambos.

¡He dicho que basta, Beni!.– Ordenó con un chorro de voz más potente de lo que cabría esperar en alguien de su edad.

Sin perder la compostura, mantuvo fija la mirada hasta que el otro asintió con la cabeza visiblemente malhumorado y se alejó de la muchacha entre palabrotas y juramentos. Fue entonces cuando se decidió a acercarse él, y con una sonrisa amable, la ayudó a sentarse erguida para poder hablar más cómodamente.


Continúa leyendo en la Parte XV: Cartas sobre la mesa.

 

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