Parte XV: Cartas sobre la mesa

20/09/2015

Seré sincero.– Comenzó el hombre, sentándose junto a ella.- No me creo una sola palabra de lo que nos has contado.

Sus ojos se clavaron en los de Shana, que se debatía en silencio entre el miedo a lo que pudieran hacerle los bandidos y el alivio al saber que no tenían la menor idea de quién era en realidad, o de quién la estaba buscando. Fuera como fuese, tenía la firme intención de que siguiera siendo así.

De forma.– Prosiguió con voz calmada.- Que vamos a dejar las cosas muy claras. O nos das lo que queremos y nos vamos por donde hemos venido, o…– Hizo una breve pausa para señalar al resto de sus hombres, que murmuraban a lo lejos.- O dejo que mis amigos aquí presentes se diviertan un rato contigo antes de venderte al dueño del primer prostíbulo que encontremos de camino a la capital.

Una sonrisa gélida asomó a los labios del viejo, y la joven palideció de golpe. Desvió la mirada con sutileza hacia las expresiones lascivas de los demás forajidos, temerosa de lo que podía descubrir, y un escalofrío le recorrió las vértebras al verlos. Tragó saliva con dificultad antes de volver toda su atención de nuevo hacia el jefe, y permaneció muda mientras intentaba tranquilizarse un poco.

Eran ladrones. No era la primera vez que se topaba con gente de su calaña. Ya habían intentado robarle otras veces, cuando vivía en Jashn, aunque por aquél entonces no estaba completamente sola. Las personas como ellos vivían de asaltar a los viajeros incautos, no tenían nada que perder, pero sí mucho que ganar.

Cogió aire. Sabía que no dudarían un solo segundo en cumplir sus amenazas sí no obedecía, y aunque no tenía garantía alguna de que la fueran a dejar marchar sí hacía lo que le pedían, necesitaba tener esperanza sí quería aguantar. Sólo hacía falta que les diera lo que estaban buscando y, con suerte, la dejarían en paz.

Asintió con la cabeza, admitiendo su derrota. desde luego, prefería quedarse sin nada y tener que pedir limosna en el próximo pueblo por el que pasara que guardarse un puñado de oro que probablemente acabarían encontrando de todas formas. Y entonces estaría perdida, vendida a quién sabe qué criminales y sin ninguna posibilidad de escapar.

Todo lo que os he dicho es cierto.– Susurró apesadumbrada, sin atreverse a sostenerle la mirada por más tiempo.- El caballo no es mío, y todo lo que tengo está en la hierba, donde lo habéis dejado tirado.

Intentó tragar saliva de nuevo, pero tenía la garganta demasiado seca para seguir hablando. Buscó inconscientemente su cantimplora entre los trastos desperdigados por el suelo, suplicando en silencio por un poco de agua ante la fría expresión de su interlocutor que, en un alarde de generosidad que no supo muy bien cómo tomarse, le ofreció su propio pellejo y la animó a beber.

Gracias.– Murmuró con un suspiro.- Trabajaba en las cocinas del Conde de Jashn, en el castillo. Había un mago, trabajaba para el señor. Su aprendiz es mi amigo, así que pensó que yo aceptaría entregar un mensaje. Me buscó montura, me dio un mapa y algo de comida y oro para el viaje.– Pudo ver como los ojos del anciano brillaban ante la mención del dinero, así que prosiguió con su historia.- Lo escondí entre la ropa. Necesito las manos para sacarlo.

¡O podemos cogerlo nosotros!.- Gritó uno de los bandidos entre carcajadas.

Shana miró implorante al cabecilla. El hombre la observó con detenimiento antes de decidirse, pero finalmente accedió, y comenzó a deshacer los nudos que aprisionaban sus muñecas. Sin embargo, antes de soltarla del todo la sujetó de la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.


Continúa leyendo en la Parte XVI: Sin salida.

 

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