Parte XVI: Sin salida

27/09/2015

Si intentas algo no saldrás de esta con vida.– Pronunció aquellas palabras con tal serenidad que se le erizaron los cabellos de la nuca.

La muchacha asintió de nuevo. No tenía la menor intención de provocarles. Con lentitud, acercó las manos a su cintura y comenzó a rasgar cuidadosamente la doble costura en la que había escondido el monedero del mago.

En un instante los bandidos se arremolinaron en torno a su jefe para contar el botín, y ella quedó allí, olvidada en su árbol, con las manos libres de ataduras y sin nada que le impidiese intentar escapar. Dudando, se fijó en el grupo de ladrones. No tendría otra oportunidad.

Los hombres estaban demasiado ocupados para darse cuenta de lo que hacía, y Shana aprovechó aquel momento para liberarse de las cuerdas que inmovilizaban sus pies. Sí lograba llegar al caballo sin que la vieran, no se detendría hasta encontrar refugio o quedar inconsciente, lo que ocurriera antes.

Sin embargo, apenas pudo alejarse unos metros antes de encontrarse frente a frente con el líder de los forajidos, que la miraba fijamente a los ojos. La niña se paró en seco, y el poco color que aún le quedaba en las mejillas desapareció en cuestión de segundos.

Tragó saliva con dificultad, cohibida ante la expresión del anciano. Su sonrisa no había cambiado ni un ápice desde que les entregó la bolsa del hechicero, y su facilidad para mantener la calma estaba empezando a preocuparla. Sabía que no la iban a dejar marchar tan fácilmente.

¿Adonde crees que vas, niña?

Prometiste que me dejaríais ir.– Susurró ella con voz queda.

He… cambiado de opinión.– Respondió él enseñando los dientes podridos.- Hemos pensado que podríamos sacar algo más por tí. Si te han dado tanto por entregar un mensaje, ¿Que no nos darán a nosotros por recuperarlo?.– Hizo una breve pausa para mirar a sus secuaces, que asentían encantados.- Vamos, no pongas esa cara tan larga.– Reprochó mientras la ataba de nuevo y la arrastraba de vuelta a su sitio, aunque en aquella ocasión se aseguró de anudar la cuerda a las raíces más resistentes.- Pagarán. Nos aseguraremos de ello, ¿Verdad, chicos?

Un coro de carcajadas y gritos de entusiasmo secundó las palabras del viejo criminal. Shana le miró con rabia contenida, furiosa con ellos por haberla engañado tan fácilmente, pero sobre todo, furiosa consigo misma. Si hubiera dudado un poco menos, si hubiese sido un poco más rápida en su intento de alcanzar el caballo, quizá entonces hubiese conseguido escapar. Pero ya no había vuelta atrás.

Sí vuelves a intentarlo no seré tan amable.– Amenazó el hombre, repentinamente cortante.- Así que se razonable y no nos des problemas.

¡Dijisteis que nadie saldría herido!.– Una vocecilla tímida y quejumbrosa se alzó entre los murmullos de los ladrones.- Que le quitaríamos el oro y seguiríamos nuestro camino.

Shana buscó a su alrededor con la mirada, tratando de identificar al dueño de aquellas palabras. Sorprendida, comprobó que quien hablaba no era otro que el escuálido muchacho al que había visto por primera vez intentando calmar a su montura, nada más despertarse por el ruido de los cacharros.

No te metas, chico.– Bramó el viejo.

Pero dijiste que…

¡Está bien!.– Espetó el anciano ante su insistencia.- Sí de verdad te preocupa tanto, encárgate tú de ella.– Se giró hacia él con cara de pocos amigos y le señaló con el dedo.- A partir de ahora es tu responsabilidad.

Con esas palabras y un brusco movimiento de la diestra, el cabecilla dio por zanjada la conversación dejando al muchacho con una mueca de sorpresa y desconcierto completamente imposible de ocultar.


Continúa la historia en el Capítulo Tres, Parte I: Iohan.

 

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