Parte IV: Delincuentes.

26/10/2015

Durante unos minutos que les parecieron horas, los dos muchachos se sumieron en un incómodo y pesado silencio solo roto por el sonido rítmico de los grillos que cantaban ocultos entre los arbustos más cercanos. Era un ambiente casi opresivo, como sí la pregunta que acababa de formular la chiquilla hubiese abierto la puerta a las pesadillas que poblaban las noches del retraído muchacho.

Les debo la vida.– Murmuró él por fin, encogiéndose de hombros en un gesto apagado. No parecía querer hablar del tema.- No estaría aquí sí no fuera por ellos.

Aquello era algo que ambos tenían en común, pensó Shana con amargura, pero se mordió la lengua a tiempo para no empeorar más las cosas diciendo lo primero que se le venía a la cabeza. Aquél chico era el único de todo el grupo de bandidos al que le preocupaba aunque sólo fuera lo más mínimo que no se muriera de frío después de ponerse el sol. Sí fuera por los demás ni siquiera tendría aquellos bastos rectángulos de tela con los que cubrirse.

¿Qué te pasó?.– Con un suspiro de resignación, la niña se apoyó de nuevo en el tronco del árbol y le miró inquisitiva. No dejaría de insistir, no cuando estaba defendiendo a las mismas personas que hacía tan solo tres días la habían amenazado con venderla al primer prostíbulo que encontrasen por el camino. O algo peor.- ¿Qué pudiste hacer que fuera tan horrible para que sólo un puñado de delincuentes estuviera dispuesto a ayudarte?

Apenas había terminado de pronunciar la última frase cuando se dio cuenta de lo mezquino que había sonado todo. No había sido su intención meter el dedo en la llaga, después de todo, se estaba portando bien con ella. Sin embargo, la frustración y la impotencia que llevaba acumulando durante los días de cautiverio eran tales que había soltado aquellas últimas palabras sin pararse a pensar, en un arranque de rabia que solo había causado lo que estaba intentando evitar que sucediera.

Y a ti que te importa.– Espetó el muchacho de malas maneras, y su expresión se tornó hosca de repente.- Tampoco es que alguien como tú fuera a entenderlo, de todas formas.

Malhumorado, el joven se levantó de donde estaba sentado y dejó caer las mantas al suelo sin prestar ninguna atención a donde caían. Era bastante evidente por su reacción que la pregunta de Shana había provocado en él algo peor que un simple arrebato.

Deberías dormir.– Lo pronunció más como una orden que como una sugerencia, obligándose a no mirarla directamente a los ojos mientras hablaba.- Mañana madrugamos.

Ni siquiera se molestó en recoger sus cosas antes de darse media vuelta y alejarse en dirección a donde se reunían sus compañeros de viaje. No volvió la cabeza ni una sola vez mientras caminaba, y la chiquilla le observó marcharse sin decir ni hacer nada para evitarlo ofendida por la reacción del muchacho. Después de todo, se había molestado con ella por una tontería cuando era ella la que tendría que estar enfadada con él por tratarla como a una vulgar mercancía.

Y aunque hubiese estado dispuesta a pedir disculpas por lo que le había dicho, que definitivamente no era el caso, resultaba bastante obvio que el chico no tenía la menor intención de olvidar sus palabras tan fácilmente.

Shana se acurrucó bajo las mantas, incómoda. Tenía frío, y encima no se encontraba precisamente en la zona más adecuada para echarse a dormir. El suelo era irregular, y las piedras y las raíces que sobresalían de la tierra se le clavaban constantemente en la espalda y en los riñones impidiéndola encontrar una buena postura para conciliar el sueño.


Continúa leyendo en la Parte V: El peso del silencio.

 

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