Parte V: El peso del silencio

02/11/2015

Se encogió un poco más, tiritando, y alargó la mano para recoger las desgastadas mantas que Iohan había dejado caer antes de irse. No tendría ese tipo de problemas de no ser por los avariciosos bandoleros, que se habían quedado con todas sus cosas incluyendo el saco y la esterilla que llevaba consigo desde el comienzo de aquel viaje.

Completamente sola y apartada de los demás, en la zona más alejada de la hoguera, Shana comenzó a plantearse la idea de intentar huir una vez más. Nadie la prestaba atención, y sí lograba deshacerse de las cuerdas podría ser capaz de escabullirse sin que se dieran cuenta. Pero desde su árbol no podía ver el caballo, bien sujeto a pocos pasos del grupo de bandidos, y sin la ventaja de su velocidad para salir del aprieto, no tardaría en perderse por el bosque y volverían a capturarla en poco tiempo.

Arriesgarse de nuevo a desatar la ira del líder del grupo definitivamente no estaba entre sus prioridades. Y aunque estuviera dispuesta a intentarlo a pesar de todo, llevaba ya un buen rato estirándose para llegar al nudo y moviendo los pies para aflojar las cuerdas sin ningún resultado. Probablemente tendría más opciones de escapar cuando llegaran a la ciudad, donde podría escabullirse por los callejones sin esperar a que se hiciera de noche. Sí llegaban, claro.

Resignada a su suerte trató de conciliar el sueño durante horas, y parecía que jamás lograría dormirse cuando de repente y sin saber muy bien lo que había ocurrido, despertó con las primeras luces del alba atravesando la fina piel de sus párpados. Adormilada, se llevó las manos a la cara al sentir el cosquilleo de las gotas de rocío al resbalar por su rostro mientras trataba de abrir los ojos por completo.

Frente a ella se dibujaba la silueta de Iohan que, recortada contra la deslumbrante claridad de las primeras horas de la mañana parecía aún más escuálido de lo normal. esperaba de pie a menos de un metro de donde estaba, sin decir absolutamente nada y mirándola fijamente, sin pestañear. Como sí se sorprendiera de encontrarla aún allí.

La niña se incorporó con lentitud y, sin molestarse en darle los buenos días, sacó los pies fuera de las mantas mostrando las marcas rojizas que se habían formado en sus tobillos, donde las gruesas cuerdas aún le rozaban la piel cada vez que se movía.

Cuando el chiquillo se agachó para desatarla y pudo verlo más de cerca, Shana se dio cuenta de los amplios surcos de color oscuro que enmarcaban sus grandes ojos castaños. Parecía que no era la única a la que le había costado dormir aquella noche, aunque el muchacho no tenía aspecto de querer hablar de ello.

Alguien le lanzó un pedazo de pan duro para desayunar, que en comparación con las galletas y los pedazos de queso que Iohan había estado separando para ella, le costó tanto masticarlo que se hubiese dado por vencida sí no estuviera más preocupada por acallar los ruidos que salían de su estómago.

No tardaron demasiado en comenzar a andar, e igual que los días anteriores, el muchacho permaneció a su lado mientras caminaban por los interminables y retorcidos senderos del bosque de Jeyde. Sin embargo, al contrario que había hecho hasta entonces, permaneció mudo y distante durante todo el trayecto.

El viaje, ya de por sí cansado, resultaba aún más tedioso sin nadie que le diera conversación. Y es que aunque odiase admitirlo, los monólogos del pequeño ladronzuelo amenizaban lo suficiente la caminata como para hacerla olvidar de tanto en tanto el lacerante dolor que le recorría las pantorrillas tras inagotables horas de marcha.


Continúa leyendo en la Parte VI: Todos tenemos algo.

 

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