Parte VI: Todos tenemos algo

09/11/2015

La muchacha avanzaba penosamente con la vista fija en el suelo, tratando de concentrarse sólo y únicamente en el movimiento de sus pies. Uno delante del otro, y otra vez. Así le resultaba mucho más sencillo ignorar los calambres que le recorrían las pantorrillas con cada paso que daba.

Completamente agotada, intentó detenerse en un par de ocasiones, pero de una forma u otra siempre había alguien cerca que la arrastraba tras la comitiva sin el más mínimo reparo. Tal vez si hubiese dicho algo habría conseguido que el muchacho intercediera, como ya había hecho la última vez, pero se negaba a ser ella la que iniciara la conversación.

Su cabezonería fue solo una de las muchas razones por las que apenas tardó unos segundos en desplomarse cuando los bandidos se detuvieron a almorzar. Se quedó en el sitio, frotándose con rabia las doloridas plantas de los pies a pocos metros de donde se había asentado el grupo de ladrones.

No habría sido capaz de levantarse aunque hubiese querido, por lo que atarla para evitar que huyera como solían hacer siempre que paraban era una total pérdida de tiempo. Quizá por eso no se esperaba que nadie se acercara a ella, sobre todo no después de que Iohan le hubiera retirado la palabra.

Y el joven la cogió completamente de improviso cuando, de pronto, apareció frente a ella con la mirada huidiza y una expresión de nerviosismo grabada en el rostro. Shana frunció el ceño con desconfianza, sin saber muy bien a qué podía atenerse. Desde luego no iba a dar su brazo a torcer y pedir perdón por lo que le había dicho la noche anterior.

Sin embargo, lejos de adoptar una actitud agresiva como esperaba en un principio, el chiquillo sacó de su zurrón un pedazo de pan y una bota de agua que le mostró con gentileza como ofrenda de paz. Mucho más tranquila la niña relajó los músculos, y el muchacho debió de notarlo, porque él también pareció dejar un poco de lado sus nervios.

Perdona por lo de ayer.– Se disculpó en voz baja, tendiendole media hogaza y el odre que llevaba consigo.- Es sólo que… No lo entenderías. Nadie lo entiende.

Se sentó a su lado con gesto alicaído, jugueteando con su parte de la comida como si hablar de aquello le hiciera perder el apetito. Le costaba encontrar las palabras correctas, o quizá el valor para pronunciarlas, turbado por algo que resultaba obvio que aún no había sido capaz de superar.

Shana esperó pacientemente sin decir nada, consciente de lo difícil que le estaría resultando abordar el tema. Al fin y al cabo si algo tenían de sobra era tiempo, pues calculaba que para llegar a la capital aún tendrían que caminar al menos una decena de días más. Y el tiempo aumentaba si tardaban mucho en salir de aquel condenado bosque.

Ni siquiera recuerdo a mis padres.– Susurró por fin, dejándose caer de espaldas al suelo y mirando al infinito, buscando algo que a ella le resultaba invisible.- Era muy pequeño. Recuerdo una casa de madera, y a otros niños que supongo que serían mis hermanos. Pero no logro acordarme de sus caras.

La niña desmenuzó su pedazo de pan y se llevó algo de miga a la boca para aplacar el hambre. Masticó muy despacio, como hacía cuando quería engañar al estómago, pero sobre todo alargó el momento permitiéndole algo de tiempo para pensar. Sin embargo, al darse cuenta de que tenía la mirada perdida en algún lugar del cielo cubierto por las ramas de los árboles, carraspeó con suavidad para llamar su atención.


Continúa leyendo en la Parte VII: El secreto de Iohan.

 

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