Parte VII: El secreto de Iohan

16/11/2015

¿Qué le pasó a tu familia?.- Preguntó entre susurros, inclinándose un poco hacia donde estaba tumbado el muchacho.

Iohan volvió a la realidad algo azorado, con las mejillas sonrosadas por la vergüenza de haberse abstraído con tanta facilidad. Se giró en su dirección muy lentamente, sin dejar de manosear la media hogaza de pan que aún tenía entre las manos, y aspiró profundamente antes de comenzar de nuevo a hablar.

No, nada. Ellos están bien.– Negó con la cabeza.- O eso creo al menos. Me abandonaron en una encrucijada cuando descubrieron que podía hacer magia.

A la mención de aquello, la niña se puso rígida de la sorpresa. Era algo que definitivamente no se esperaba escuchar. No es que fuera algo terriblemente fuera de lo común que una familia de aldeanos se encontrase de repente con un niño mago, pero lo normal era que lo enviasen al Theimos para su educación, no dejarlos a merced de los elementos esperando que no encontrasen el camino de vuelta.

Intentó con todas sus fuerzas que en su rostro no se refleja ni un poco de la incredulidad que había sentido al oír sus palabras, pero pronto se dio cuenta de que sus esfuerzos estaban cayendo en saco roto. Dado el suspiro de resignación del muchacho, resultaba evidente que ya se esperaba una reacción como la suya.

Shana abrió la boca para decir algo, disculparse quizás, o preguntarle por la magia de la que hablaba. Pero antes de que ningún sonido saliera de su garganta, el chico negó con la cabeza de forma vehemente y la interrumpió para seguir con su historia.

Tomás dice que es magia.– Continuó con un murmullo aletargado.- Lo cierto es que no se sí es verdad o no, pero mis padres también debían de creer lo mismo, porque se deshicieron de mí en cuanto vieron lo que era capaz de hacer.

¿Pero qué es eso que tanto repites que puedes hacer?.– Le cortó finalmente la muchacha, incapaz de soportar más la curiosidad.

¡Nada! Es decir, ni siquiera puedo hacerlo cuando yo quiero.– Gimió encogiéndose de hombros con amargura.- Que más da.

La chiquilla se rodeó las piernas con los brazos y, esbozando media sonrisa repleta de humor, enarcó una ceja en un gesto inquisitivo. Resultaba ser un argumento curiosamente oportuno que, ahora que estaban hablando de ello, no fuese capaz de demostrar absolutamente nada.

Al verla, el chico dejó escapar un suspiro de resignación. Podía haber seguido hablando, pero del grupo de ladrones salieron varias voces que les ordenaban levantarse y, aunque con desgana, Iohan acabó por incorporarse. Titubeante, le tendió la mano a Shana para ayudarla a levantarse.

Ella arrugó la nariz orgullosa, y con un gesto de suficiencia, evitó la mano que le ofrecía y se retorció con esfuerzo para levantarse ella sola a pesar de las cuerdas que le aprisionaban las muñecas. Después de todo, su tozudez no había cambiado en absoluto.

Tomás me contó que me encontraron llorando en un cruce de caminos, cerca del lago Ivyn.– Continuó mientras comenzaban a andar una vez más.- Que sólo tenía en la mano un trapo viejo que abrazaba como sí me fuera la vida en ello. Habría muerto de hambre de no haber sido por ellos.

El joven exhaló un suspiro, lanzando una mirada furtiva a los bandoleros que avanzaban entre risotadas por delante de ellos.

Me han cuidado desde entonces. Se lo debo todo.

Shana le miró de soslayo durante un buen rato. Se había quedado callado mirando al infinito, como sí lo que le pasaba por la cabeza en aquel preciso momento fuese algo demasiado complejo para decirlo en voz alta. Esperó un poco más antes de decir nada, pero al ver que seguía ensimismado, decidió intervenir.


Continúa leyendo en la Parte VIII: El valor de un recuerdo.

 

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