Parte VIII: El valor de un recuerdo

23/11/2015

¿Dicen? ¿Cómo que dicen?.- Preguntó sin levantar mucho la voz.- ¿Es que tú no te acuerdas de nada?

No mucho.– Respondió él. No parecía que le diera mucha importancia a lo que le había ocurrido de niño.- Tampoco estoy seguro de querer acordarme. Quiero decir, mis padres prefirieron abandonarme lejos de casa antes que enfrentarse a un puñado de idiotas chismosos. ¿Tu querrías recordar eso?

Oh, lo siento.– Murmuró ella avergonzada, y en su rostro se dibujó una mueca de muda decepción que intentó ocultar lo mejor que pudo.- Supongo que no.

Pues eso.– Fue la escueta respuesta del ladronzuelo.

Continuaron andando en silencio durante un buen rato, un silencio  incómodo y tenso que pronto comenzó a resultar opresivo para los dos muchachos. El ambiente que flotaba a su alrededor se había vuelto tan agobiante que a la chiquilla llegó a pasársele por la cabeza la posibilidad de que se hubiese enfadado con ella una vez más.

Contrariada, Shana carraspeó un par de veces para llamar su atención, sin saber muy bien cómo reanudar la conversación y tanteando cuidadosamente el humor del joven delincuente sin terminar de decidirse a ser ella la que diera el primer paso. Pasaron un par de minutos hasta que Iohan, al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, volvió a retomar una conversación ligera y llena de trivialidades.

Fue una verdadera suerte que el muchacho tuviera semejante facilidad a la hora de ponerse a hablar. La tensión que flotaba en el aire desapareció casi al instante mientras que, como venía haciendo los días anteriores, el parloteo incesante del chico actuó como distracción haciéndola olvidar momentáneamente la pesadez del trayecto por el bosque.

La niña dejó escapar un profundo suspiro de alivio, mucho más tranquila una vez que el sofocante silencio que les rodeaba fue sustituído por la inagotable cháchara del chico. Ya no sólo porque le hiciese más fácil el camino por los tortuosos senderos, sino porque, aunque se negase rotundamente a admitirlo, aquél muchacho comenzaba a caerle bien.

Y sin embargo, a pesar del esfuerzo de Iohan, le resultaba totalmente imposible dejar de pensar en la conversación que acababan de tener. No podía evitar sentirse un poco identificada con lo que le había estado contando, aunque no podía decirlo en voz alta. Por supuesto cabía la posibilidad de que se lo hubiera inventado todo, pero no tenía ningún sentido.

¿Qué razón oculta podría tener aquél muchacho para hablarle de magia sí lo que decía no era cierto? No la conocía de nada, y era evidente que ninguno de aquellos truhanes tenía la menor idea de quién era en realidad. Probablemente ni siquiera hubiesen oído hablar de la Mirada Eterna.

Además, la reacción que había visto en los ojos del chico al mencionar a sus padres por primera vez le había parecido muy sincera. No podía ni imaginar lo que habría sido de ella sí nadie en su casa hubiese sabido lo que le ocurría. Sí en lugar de protegerla y explicarla el poder que se escondía detrás de sus visiones la hubiesen repudiado por miedo al Teh’ram o a las habladurías de los vecinos de la aldea, como había hecho la familia de Iohan.

Shana bostezó distraída, asintiendo de tanto en cuando sin terminar de escuchar todo lo que le estaba diciendo el muchacho. Pensaba con tristeza en las últimas horas que había pasado con sus padres, en aquella cabaña diminuta a las afueras del señorío de Izmadür. Pensó en su última conversación, en la última comida que pusieron sobre la mesa, en la última sonrisa de su madre al acostarla y darle las buenas noches.


Continúa leyendo en la Parte IX: Seguir adelante.

 

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