Parte X: Un susto de muerte

07/12/2015

De no haber sido por aquello, probablemente no habría sido capaz de relacionar los pequeños detalles que llevaban apareciendo por el camino las dos últimas noches. Una rama rota a pocos metros de un campamento, alejada del sendero que habían utilizado para llegar hasta allí. La huella en el barro de un zapato demasiado ostentoso para pertenecer a alguno de los delincuentes. Aquellas cosas podían no significar nada grave por sí solas, salvo quizá que el recorrido del que tan orgullosos estaban los bandidos no era tan secreto como ellos pensaban.

Pero lo que acababa de encontrar lo cambiaba todo, y ese pequeño hallazgo, unido a todo lo anterior, resultaba tan revelador como cierto era que el sol salía cada mañana. Echó un vistazo a su alrededor, buscando quizá algún signo más de que no estaba sola en la espesura pero, al no ver nada que hiciera saltar las alarmas, se acercó a examinar el pedazo de metal tirado en la hierba.

Nerviosa por el descubrimiento, la muchacha se se agachó para recoger el fragmento plateado y poder verlo más de cerca. Sin embargo, apenas le dio tiempo a girarlo entre sus dedos cuando escuchó tras ella el chasquido de la madera al romperse, y antes de que tuviera tiempo de gritar se encontró a dos palmos del suelo, totalmente inmovilizada y con una manaza inmensa tapándole la boca.

Asustada, se retorció con violencia para intentar soltarse, pero quien la tenía sujeta era mucho más fuerte que ella. Lo intentó de nuevo. Por alguna razón, los brazos que la mantenían presa hacían sólo la presión necesaria para que no pudiera escapar, aunque eso cambió cuando logró zafarse lo suficiente para darle una patada a su atacante.

Tranquila niña.– Susurró una voz serena en su oído.- Nadie va a hacerte nada. Voy a soltarte poco a poco, y voy a dejarte otra vez en el suelo, pero tienes que prometerme que no gritarás. ¿Entendido?

La muchacha asintió con la cabeza lentamente, incapaz de hacer otra cosa. Tampoco es que tuviera elección, de todas formas. Apenas podía moverse lo suficiente para que sus pies llegaran al suelo, mucho menos soltarse del abrazo de oso en el que se encontraba atrapada. Estaba totalmente indefensa. Otra vez.

Su captor debió de dar por buena su respuesta, pues no tuvo que esperar demasiado antes de que la mano que cubría sus labios comenzara a descender a una velocidad exasperante. Ella apretaba los dientes, concentrada en evitar cualquier sonido, por ínfimo que fuera, que pudiese enfurecer al desconocido, pero toda su fuerza de voluntad no fue suficiente para contener su asombro cuando la hicieron girar sobre sí misma y pudo ver por fin con quien estaba tratando.

Quiso gritar, pero su voz no le respondía. Se había quedado lívida, la cabeza le daba vueltas intentando asimilar lo que tenía frente a ella. Era como si todos los músculos de su cuerpo estuviesen paralizados, las piernas no le respondían y sus brazos caían a ambos lados, inertes. Notaba como el aire escapaba de sus pulmones, como el estómago se le encogía de puro terror.

Por mucho que lo intentaba, no podía respirar. Se ahogaba.

Te dije que no era buena idea.– Una segunda voz llegó a sus oídos, amortiguada por los ensordecedores latidos de su corazón.- Le está dando un ataque de pánico.

Necesitamos información.– Rebatió el primero.- No tendremos una oportunidad mejor de conseguirla, no sin arriesgarnos a ser descubiertos.– Debió de ocurrir algo de lo que no llegó a ser consciente, porque el siguiente comentario sonó mucho más agresivo.- ¿Acaso sugieres que arriesgar la vida de una niña indefensa hubiese sido una idea mejor?


Continúa leyendo en la Parte XI: La Orden de Siekiant

 

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