Parte XI: La Orden de Siekiant

13/12/2015

Sólo digo que puede delatarnos en cualquier momento. Dejar que nos vea ha sido un error.

Si eso es lo único que te preocupa, puedes estar tranquilo. Tu piedra de afilar hubiese sido suficiente para descubrirnos por sí sola.

Tal vez podamos discutir eso más adelante.– Sugirió una tercera voz desde la lejanía.- Ahora mismo tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos, ¿No os parece?.

Y de repente volvía a ser el centro de atención. Tres hombres vestidos con ropajes de cuero reforzado la rodeaban observándola con expresiones que oscilaban entre una leve preocupación y la más absoluta incredulidad. Colgado del cuello, en las hebillas de sus cinturones, e incluso grabados en las placas de metal que les protegían el pecho, resplandecía con un brillo dorado el símbolo sagrado de la Orden de Siekiant.

Respira muchacha.– Apremió con inquietud el último que había hablado.- No vamos a hacerte nada.

Shana abrió la boca para responder, pero de su garganta solo logró escapar un gruñido afónico más propio de un animalillo asustado que de un ser humano. El guerrero, que aún la sujetaba por los hombros, la zarandeó con suavidad intentando obligarla a reaccionar, pero a pesar de su empeño solo consiguió que la niña cojiera una amplia bocanada de aire y comenzara a hipar sin control.

No… no importa, no te pongas nerviosa.– Suspiró el hombre, derrotado.- Tú sólo asiente o niega con la cabeza cuando tengas que contestar. ¿Puedes hacer eso, verdad?

La muchacha asintió despacio, con una expresión aterrada grabada a fuego en el rostro. Apenas era capaz de mantener la calma, las manos le temblaban a pesar de las cuerdas y, cada pocos segundos, un corto silbido escapaba de sus labios sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Bien. Sabemos que son más que nosotros.– Comenzó ya más tranquilo, y ella confirmó sus palabras con los ojos llorosos.- Pero no hemos podido acercarnos tanto como para saber cuántos son exactamente. ¿Cuatro? ¿Cinco?.– Shana asintió de nuevo.- Cinco entonces. ¿Sabes si iban armados?

Ante aquella pregunta, la niña le miró desconcertada. Sus ojos se clavaron automáticamente en las espadas que llevaban colgadas en los cintos, aunque agachó la mirada rápidamente, avergonzada. Ella no había visto nada más allá de unas cuantas navajas oxidadas, pero también era cierto que los bandidos no habían necesitado apenas usar violencia para capturarla. La habían cogido por sorpresa.

Incapaz de decidirse por una respuesta concreta paseó la vista de forma errática, evitando mirar directamente a los ojos a ninguno de los guerreros y encogiéndose de hombros con pesar. Al cabo de un rato, sin embargo, alzó la cabeza arrepentida e hizo un gesto afirmativo. Las navajas eran armas también, aunque no tuvieran ninguna posibilidad contra los mandobles de los Cel.

Vale.– Murmuró el guerrero, soltándola momentáneamente para pasarse las manos por el cabello.- Está bien. Ahora te voy a hacer una pregunta muy importante, y necesito que te lo pienses bien. ¿Me has entendido?

Shana apretó los labios aterrorizada, los nervios paralizándola por completo. Parecían estar interesados sólo por la banda de ladrones y, en cierto modo, era todo un alivio para ella. Pero, ¿Y si metía la pata? ¿Y sí decí algo que no debía, y se descubría ante los guerreros del Teh’ram? Por un instante, casi deseó estar de vuelta con aquellos brutos que la habían secuestrado días atrás.

Tranquila.– Repitió el hombre con voz serena.- Sólo piensa. Durante el tiempo que te han tenido como prisionera, ¿Alguno de ellos ha hecho algo que te pareciera extraño? ¿Algo que no fuese del todo natural? ¿Les has visto utilizar alguna vez algún tipo de magia?


Continúa leyendo en la Parte XII: Preparados para atacar.

 

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