Parte XII: Preparados para atacar

21/12/2015

Aquella palabra la cogió tan de improviso que se atragantó al intentar coger aire. ¿Magia? Por supuesto que buscaban magia. Eran miembros de la Orden de Siekiant, la hermandad de rastreadores de magos que juró lealtad al templo siglos atrás. Cuando no estaban buscando mágicos a petición del Teh’ram perseguían herejes de la Secta del Caos por todo el reino, para entregarlos más tarde a la justicia de los sacerdotes.

La niña negó con la cabeza de forma casi compulsiva, a punto de ceder a un ataque de nervios. Notó una mano posarse sobre su hombro, tranquilizadora, al tiempo que uno de los guerreros trataba de detener sin mucho éxito el temblor incontrolado que se había apoderado de ella.

Intentó respirar, recuperar el aliento. Se llevó las manos al pecho con ansiedad y se dio cuenta, por primera vez desde que se había visto sorprendida por el escuadrón del templo, que alguien le había soltado las cuerdas que le inmovilizaban las muñecas. Podía moverse con libertad.

Cálmate muchacha.– Susurró el más cercano.- Ya no tienes nada que temer.

El hombre giró la cabeza para mirar a sus compañeros y, al moverse, se colocó de forma que bloqueó con su cuerpo la poca línea de visión que Shana podía tener de ellos o de lo que hacían. Sin embargo, aún tenía la mente lo suficientemente despejada, y el bosque estaba lo suficientemente tranquilo para permitirla escuchar con relativa claridad el impasible comentario que siguió a aquel gesto.

No podemos dejarla volver con ellos.– Su frialdad la provocaba escalofríos, pero no se atrevía a intervenir.

No lo haremos.– Contestó sin titubear el que la había interrogado. Por su forma de hablar, era evidente que los otros dos respondían ante él.- Se quedará aquí escondida mientras nosotros tomamos el campamento rebelde.– Se volvió de nuevo hacia ella, esbozando una sonrisa amable.- Así estarás a salvo hasta que volvamos a por ti.

Shana se quedó de piedra. Si no la dejaban volver pronto con los bandidos Iohan saldría a buscarla a la espesura, y se daría de bruces contra el reducido escuadrón de cel antes de darse cuenta. El muchacho no era un caballero andante precisamente, pero no se merecía caer en las garras del templo.

Porque estaba segura que, de una forma u otra, el chico encontraría la forma de buscarse problemas con los guerreros. No tardarían en darse cuenta de que era uno de los ladrones, y sí le relacionaban con los caóticos acabaría encerrado en las mazmorras del Teh’ram. O algo peor.

Por otra parte, Iohan tenía magia. O eso decía él. Los miembros de la Orden tenían formas de reconocer a los magos, era su seña de identidad. Y si el ladronzuelo decía la verdad y los templarios lo descubrían, jamás podría escapar de ellos. Estaría perdido para siempre.

Shana cogió una gran bocanada de aire, tratando de responder de forma coherente antes de que los hombres partieran hacia el claro y fuese demasiado tarde. Pero por mucho que lo intentase, por mucho empeño que pusiera, no parecía ser capaz de obligar a su garganta a reproducir ningún sonido mínimamente reconocible. Mucho menos convencerles de que la dejasen ir.

Preparaos.– Ordenó el que se encontraba al mando.- Atacaremos antes de que se ponga el sol.

¿Estás seguro?.- Preguntó uno de los otros dos, dubitativo.- Quizá resulte algo precipitado. Podríamos esperar a que alguien se de cuenta de su ausencia y salga a buscarla. Atraparlos de uno en uno, ocultos entre los árboles, y atacarlos por sorpresa como hemos hecho con ella.– Terminó señalándola con un leve gesto de la cabeza.


Continúa leyendo en la Parte XIII: Una oportunidad única.

 

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