Parte II: Resignación

24/01/2016

¡Tomás!.– Gritó de repente el chiquillo, abriendo los ojos de par en par.- ¡Los soldados! ¡Tengo que ayudarles!

De repente, la confusión desapareció por completo de su rostro. Totalmente alerta y sorprendentemente despejado, Iohan se levantó de un salto y se llevó la mano inconscientemente a su cinturón buscando un cuchillo. Un cuchillo que no estaba ahí.

Al bajar la mirada extrañado, se tambaleó. Mareado, pareció perder temporalmente el equilibrio, y Shana se apresuró a ponerse en pie a su lado para sujetarle si caía de nuevo. Era evidente que aún no se había recuperado del todo, y si no andaba con cuidado acabaría dándose un buen golpe.

Ni siquiera sé dónde estamos nosotros.– Rezongó la niña, mirándole con cautela.- Y ya casi está amaneciendo. Hará un tiempo ya que los guerreros del Teh’ram les tengan de camino a las mazmorras del templo. No puedes hacer nada.– Suspiró.- Y deberías volver a sentarte.

Pero…– Iohan intentó discutir, quitarle la razón, pero dejó morir la frase nada más empezar. En el fondo, sabía que estaba en lo cierto.

Para ti hubiera sido peor.– Insistió ella con tristeza.- Después de lo que has hecho… Es mejor que no nos encuentren.

El joven asintió pesadamente con la cabeza. Titubeó unos segundos antes de seguir su consejo y sentarse una vez más en el suelo, decaído. Con la mirada perdida revolvió la tierra con los dedos mientras, en silencio, repasaba en su memoria los pocos recuerdos que aún conservaba de sus últimos momentos antes de caer inconsciente.

Resopló, molesto. Había perdido el control. No era la primera vez que le ocurría, pero eso sólo hacía que se sintiese aún peor. Después de tanto tiempo creía que comenzaba a controlarlo y de pronto, una estúpida discusión lo desencadenaba todo de nuevo. Era peor que una pesadilla.

Había viajado otras veces, sí, pero la última vez había sido hacía más de un invierno y apenas unos metros de distancia. Cuando estaba muy nervioso, o se asustaba tanto que era incapaz de moverse, entonces era peor. Pero nunca se había alejado más de lo que alcanzaba la vista, y nunca había perdido el sentido. A pesar del cansancio, siempre había sido capaz de volver sobre sus pasos y reencontrarse con sus compañeros.

¿Tenemos algo de comer?.– Preguntó al de un rato, notando el estómago vacío.

Sólo le respondió el silencio. El muchacho giró la cabeza buscando a Shana, tan solo para descubrir que, en el corto espacio de tiempo que había necesitado para recomponerse, el sueño se había apoderado de ella por completo. Después de todo, llevaba la noche entera en vela.

El estómago le rugió de nuevo pero, en lugar de despertarla, Iohan se levantó una vez más y, sin hacer ruido, se alejó de la hoguera buscando algo que llevarse a la boca. No sabía hacer muchas cosas, pero podía utilizar un cuchillo y hacer algunas trampas para cazar animales pequeños. Y en un bosque tan grande, seguro que no tardaba mucho en dar con alguno.

Un suave olor a asado arrancó a la niña de los dulces brazos de Astrid. Entre su desafortunado encuentro con los templarios, la batalla en el campamento de los bandidos y el inesperado viaje mágico a quién sabe dónde, ni siquiera se había parado a pensar en el hambre que tenía. Y tenía mucha hambre.

Abrió los ojos lentamente y pestañeó con fuerza hasta habituarse a la luz. A pocos paso, sobre la fogata que ella misma había construido cuando llegaron allí, un pequeño conejo de aspecto desnutrido giraba ensartado en una rama mientras el pequeño delincuente soplaba de vez en cuando para avivar las brasas.


Continúa leyendo en la Parte III: Encontrar la salida.

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