Parte VII: Huellas

28/02/2016

¿Para qué? ¿Para que se lo contaras todo a esos delincuentes?.– Avanzó despacio hasta colocarse a su lado, y le empujó con suavidad en dirección a donde creía que estaba el viejo campamento.- Podrían haber decidido que la recompensa del Teh’ram bien valía más que lo que pudieran sacar por mi a quien fuera que fuesen a entregarme en la capital.

No habrían hecho eso.– Respondió él, rectificando ligeramente el rumbo.- Además, ¿Por qué iba el Teh’ram a dar una recompensa por tí? Pensaba que no podías hacer magia.

No, no por mí.– Trató de explicarse ella, negando vehementemente con la cabeza.- Por cualquiera que pueda ser sospechoso de pertenecer a la Senda. Yo no valgo nada, pero ese mapa…

¿Y por qué iban a pensar que…?.– Calló de repente.- Oh. Claro. La bruja.– El muchacho alzó las dos manos y se mesó el desordenado cabello, resoplando con pesar.- La verdad es que hay rumores entre los aldeanos. Supongo que un mapa que muestre el camino hasta allí podría meterte en problemas.– Se rascó la coronilla, pensativo.- ¿Y no sabes como es? ¿No la has visto nunca?

Qué va.– Respondió la niña encogiéndose de hombros.- Sólo sé que me está esperando.

Pues siento decirte que vas a llegar tarde.– Manifestó el chiquillo con voz tajante.- Vamos, quizá encontremos algo útil en el campamento.

La indicó con un gesto que siguiera andando, no queriendo alargar mucho más el silencio incómodo que se había apoderado del momento.Tenía la molesta sensación de que había sido un tanto brusco al responder de esa forma, y no estaba seguro de lo importante que realmente era aquél viaje para Shana. Parecía verdaderamente preocupada por llegar a tiempo a su cita.

Continuó avanzando a través de los frondosos arbustos para llegar cuanto antes al claro donde habían dejado a los bandidos el día anterior. Tal vez, si quedaba algún resto por la zona, su atención se centrara en otra cosa y se le levantara un poco el ánimo.

Sin embargo, no esperaba ver lo que finalmente hallaron cuando atravesaron la última muralla de maleza que les separaba del desolado campamento. La hoguera, apagada y fría desde hacía ya muchas horas, estaba rodeada de huellas y marcas de pelea que se extendían en varios metros de distancia.

Aún quedaba alguna manta raída tirada en las cercanías, rota y arrugada, y salpicada de barro y sangre hasta casi ocultar su verdadero color. A pocos pasos, encontraron incluso una espada rota y oxidada que los templarios habían decidido dejar atrás junto con el resto de basura inservible. Pero eso no era lo peor de todo.

En realidad, lo que más impactó al chico fue el cuerpo sin vida que permanecía semioculto entre el follaje, bajo un pequeño arbusto, demasiado cerca de los rastros de la batalla como para pasar desapercibido. En la mano sucia y mugrienta, aún conservaba un cuchillo roñoso que, a juzgar por el fatal desenlace, no había sido de ninguna ayuda.

Iohan se acercó al cadáver con el corazón en un puño. Parecía reticente, como si en realidad no quisiera saber lo que se ocultaba tras las ramas de aquel matorral. Pero no podía evitarlo. La incertidumbre de no saber, el desasosiego que sentía, era mil veces peor que cualquier cosa que pudiera encontrar enterrada en el fango.

Con las manos temblorosas, el chiquillo se arrodilló en un charco teñido de rojo y se inclinó sobre el hombre muerto que yacía frente a él. No hablaba. Casi ni respiraba. Pero finalmente la curiosidad pudo más que el miedo, y alargó el brazo para girar el cuerpo y poder ver el rostro que se escondía bajo aquella máscara de lodo sanguinolento.


Continúa leyendo en la Parte VIII: El líder caído.

 

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