Parte IX: Hacia el noreste

14/03/2016

Caminaron durante dos días, apretando el paso para salir cuanto antes del denso bosque y acampando apenas unas pocas horas por la noche, refugiándose bajo los árboles más grandes y frondosos para poder descansar protegidos de la lluvia y el viento.

Paraban tan poco como les era posible, buscaban comida mientras andaban, y Iohan se mantenía siempre unas zancadas por delante para asegurarse de que estaban tomando la dirección correcta. Tuvieron que retroceder en un par de ocasiones para rectificar el rumbo, pero por suerte no se retrasaron demasiado.

Cuando por fin llegaron a la carretera principal, Shana tuvo que detenerse unos segundos antes de decidir qué dirección tomar. Estaba desorientada, no sabía hacia donde estaba la costa o la ciudad desde la que había iniciado su viaje. Y por un instante sus ojos se llenaron de duda, pero no quería alargar el momento más de lo necesario.

Con un atisbo de temor, miró al chico y carraspeó con fuerza para llamar su atención. Nerviosa, dejó que sus labios se curvaran en media sonrisa titubeante y se aclaró la garganta antes de comenzar a hablar.

Te agradezco mucho la ayuda.– Pronunció con cautela al tiempo que extendía la mano hacia él y se la ofrecía.- Pero creo que a partir de aquí podré arreglármelas sola.

Estás de broma, ¿No?.- Preguntó el muchacho totalmente indignado, girándose hacia ella con brusquedad.- ¿Y a dónde quieres que vaya?

Lo… lo siento.– Respondió la niña de inmediato, alzando las manos en señal de rendición.- Perdona. Pensé que ahora que hemos encontrado el camino no querrías… Bueno, después de lo que ha pasado… – Cogió una gran bocanada de aire y volvió a empezar.- Ibais hacia la capital, ¿Verdad?

Tomás conocía a alguien en la ciudad.– Dijo él algo más tranquilo.- Pero yo no tengo a nadie. Ya no.

Lo siento.– Repitió Shana con voz sincera.- Y… ¿A dónde quieres ir?

Pues… A las montañas, ¿No?.– Se cruzó de brazos frente a ella.- Te acompaño. No es que tenga muchas más opciones y, si la historia esa del mago es cierta, igual me dan una recompensa si consigo que llegues entera hasta allí.

La chiquilla puso los ojos en blanco y profirió un par de juramentos en voz muy baja. No podía creer que aún dudara de que lo que contaba era cierto.

Está bien.– Rezongó finalmente.- Ven conmigo. Y supongo que no conocerás el camino, ¿O sí?

Que va.– Iohan negó con la cabeza y se encogió de hombros, como queriendo darle aún más énfasis a su respuesta.- Ni idea.

Bueno, desde aquí no puede ser muy difícil.– Insistió Shana sin querer darse por vencida.- Recuerdo que en el mapa había un río. ¿Conoces alguno, al menos?

El Kaäreva está al este de aquí.– Corroboró el chico.- Es bastante grande.

Tiene que ser ese, entonces.– Sonrió complacida.- En el dibujo parecía que partía la tierra en dos. Y si es tan grande seguro que hay casas por los alrededores.

Por suerte para los dos, la idea de la muchacha no estaba muy alejada de la realidad. Alcanzaron el río Kaäreva en poco más de un día y medio, justo en un punto en el que el camino se bifurcaba hacia el norte y el sur. En el centro de la carretera empedrada, un desvencijado cartel de madera indicaba con grandes flechas la dirección de la capital.

Los chiquillos se acercaron a los letreros sin esperar un solo instante. Pero Iohan sólo fue capaz de identificar el grabado de la casa real, y Shana, demasiado tarde, se dio cuenta de que no conocía el nombre de la aldea que estaba buscando.

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