Parte XII: El final del camino

04/04/2016

No fue hasta mucho más tarde, casi una semana después de partir, cuando a Iohan se le ocurrió una idea mejor para ocupar el tiempo que quedaba de luz antes del anochecer, una vez preparada la hoguera junto a la que habían decidido acampar aquel día. Utilizando un par de ramas más o menos gruesas que había encontrado por el camino, improvisó un par de bastones e instó a Shana a practicar con él.

Con torpeza al principio y luego con algo más de soltura, la niña aprendió a usar aquellos palos para defenderse. Apenas lograba hacer correctamente un par de movimientos y, aunque el chico hacía lo posible por enseñarle lo más básico, no era precisamente un luchador experto. Por otra parte, la chiquilla tenía buenos reflejos, y eso jugaba en su favor.

Avistaron por fin la aldea en el ocaso del décimo día, demasiado lejos aún como para alcanzarla antes de que los últimos resquicios de luz desaparecieran tras el vasto horizonte. Y a pesar de la insistencia de Shana, que quería seguir andando en las tinieblas para llegar cuanto antes al pequeño poblado, el muchacho logró salirse con la suya y esperar hasta el amanecer.

Encendieron una fogata a un lado del estrecho camino y acamparon allí, a la intemperie, sin querer alejarse demasiado. Después de todo no habría nadie despierto a aquellas horas oscuras en las que la luna campaba a sus anchas por el cielo. Demasiado tarde para que los mesoneros mantuvieran abiertas sus cantinas pero no tan temprano como para que los primeros jornaleros hubieran de salir al campo, había muy pocas posibilidades de encontrar a su bruja.

Así que descansaron. Cubriéndose con las mantas y tan cerca del fuego como pudieron estar sin quemarse para burlar al frío, los muchachos se acostaron para tratar de dormir un poco. Incluso hicieron turnos de vigilancia para asegurarse de que la hoguera no se apagase, a pesar de que Shana estaba tan nerviosa que apenas pudo pegar ojo en toda la noche.

Se levantaron con los primeros rayos de sol. El rocío de la mañana había apagado las brasas por completo, y con las cenizas y los restos de leña húmedos, les resultó imposible volver a encender la llama. Por suerte el pueblo no se hallaba a mucha distancia, y con los últimos pedazos de queso que les quedaban para matar el hambre, los chiquillos apretaron el paso y se dirigieron hacia allí.

Cuando alcanzaron la aldea, las angostas callejuelas que serpenteaban entre las casitas de adobe y paja comenzaban ya a llenarse de labriegos que salían a trabajar. Muchas de las chimeneas escupían en grandes bocanadas el humo negro que salía de los hogares, y en la granja más cercana las gallinas protestaban con alboroto ante la ausencia de sus huevos.

Todo allí parecía tan rutinario y vulgar como en cualquier otro lugar del mundo. Los campesinos iban de aquí para allá ocupándose de sus cosas, se escuchaban gritos, saludos y maldiciones, y más de una vez en su recorrido se tuvieron que apartar a todo correr para evitar los cubos de agua sucia que lanzaban sin mirar desde las ventanas. No había nada fuera de lugar. Nada excepto ella.

Al fondo, en el centro mismo de la aldea, una pequeña plaza circular bullía de actividad. Y en el medio, justo frente a una estatua de piedra blanca de cuyas manos brotaba un manantial, una figura alta y esbelta esperaba de pie, completamente inmóvil, con unos grandes ojos azules fijos en los dos muchachos.

Aquella mujer era casi tan alta como cualquier hombre, de talle fino y cabellos largos y plateados. Y a pesar de que no había llegado aún el final del invierno, se cubría el cuerpo con un vestido de gasa blanca que ondeaba al viento dejando ver sus pies descalzos.


Continúa leyendo en el Capítulo Cinco, Parte I: La bruja de las montañas.

 

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