Parte I: La bruja de las montañas

11/04/2016

Shana reprimió un escalofrío. La sensación de estar siendo observada, incluso desde tan lejos, le estaba poniendo la piel de gallina. Tendría que ser imposible que la peculiar mujer pudiera reconocerla en la distancia pero, a pesar de todo, estaba segura de que era así. De la misma forma que ella sabía que sus ojos eran azules, aunque no podía verlos desde allí.

Se aproximaron a la plaza con cautela, sorteando a los atareados lugareños que les miraban con desconfianza y curiosidad a medida que se acercaban. La niña se retorció un mechón de pelo con nerviosismo, sin dejar de mirar la inquietante escena que les aguardaba junto a la fuente.

Incómoda, la chiquilla se agarró disimuladamente al brazo de su compañero antes de colocarse por fin frente a la desconocida. Era su serenidad, su expresión tranquila, lo que más le preocupaba. Como si en lugar de en una aldea bulliciosa y en pleno trajín se encontrase en un pacífico jardín sureño.

Shana cogió una amplia bocanada de aire y, armándose de valor, dió un último paso hacia el centro de la plaza y se paró a una distancia prudencial. Pero no fue capaz de decir nada. No podía encontrar las palabras.

La mujer la observó largo rato, recorriéndola con la mirada de arriba a abajo, luego desvió la vista hacia Iohan durante unos segundos, e inmediatamente después, volvió a fijarse en ella esbozando una sonrisa.

Tú eres Ella.

Sus palabras sonaban delicadas y vibrantes, como el melódico sonido de un laúd nuevo en manos de un dotado juglar. Y aún así fue capaz de imbuir suficiente fuerza en aquella frase, con sus profundos ojos azules clavados en los de Shana y sin el menor atisbo de duda en su firme y armoniosa voz.

Pe…¿Perdona?.– Balbuceó la niña abrumada, sin soltar el brazo de su amigo.

Eres la Portadora, la muchacha a la que estaba esperando.– Insistió una vez más.- Te envía Ilkin el mago.– Entrecerró los ojos para verla mejor.- Aunque en mis visiones eras rubia.

¿Qué?.- Murmuró la chiquilla de forma casi inaudible.

Su rostro palideció levemente ante la mención del color de sus cabellos, ahora cenicientos y llenos de barro y hollín. Sabía que no debía tener miedo, que quien tenía delante no era otra que la hechicera a la que el mago la había ordenado buscar, pero aún así no podía evitar sentirse descubierta, y completamente indefensa.

No importa.– Continuó la mujer rompiendo el repentino silencio.- Debemos irnos ya. Acompáñame por favor.– Se alisó el vaporoso vestido y se agachó un momento a recoger algo del suelo.- He de ir a buscar la mula y las provisiones.

Echó a andar en dirección a unos establos cercanos sin esperar respuesta alguna por parte de los dos muchachos. Ellos la siguieron en silencio, sin saber muy bien que decir, demasiado cohibidos para preguntar nada en voz alta.

La niña miró a Iohan de reojo, sólo para descubrir que el chico estaba tan perplejo como ella. Observaba a la hechicera con una intensidad abrumadora, la misma con que la mujer les había estudiado a ellos al llegar a la aldea, y tan concentrado en lo que veía que casi se le olvidaba pestañear.

Y lo cierto era que se trataba de una criatura verdaderamente extraña la que tenían delante. Tan extraña como ninguna otra a la que hubiera visto antes. Claro que ya lo sabía, el maestro Ilkin le había dicho antes de partir que era una elfa a la que debía buscar en aquella aldea.


Continúa leyendo en la Parte II: Inesperado.

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