Parte II: Inesperado

24/04/2016

Pero no era lo mismo examinar dibujos en un antiguo libro de historia, que ver en primera persona las orejas puntiagudas de la hechicera sobresaliendo a través de su melena plateada. O su piel blanca y aterciopelada, o sus manos, delgadas y menudas, sujetando con delicadeza unas sandalias de cuerda blancas tan inapropiadas para el frío invierno como el vaporoso vestido que llevaba puesto.

Los niños caminaron entre la muchedumbre sin separarse demasiado de su peculiar guía, que avanzaba a buen ritmo unos pasos por delante de ellos. Curiosos, los lugareños miraban con disimulo por el rabillo del ojo, manteniéndose siempre a una distancia prudencial de la pequeña comitiva.

Por suerte, no tuvieron que andar muy lejos para llegar a las cuadras que habían visto desde la plaza. Entre dos caballos de tiro demasiado viejos para tener ningún valor, una mula de pelaje tostado con bastantes menos años rumiaba tranquilamente mientras daba cuenta de un enorme bocado de alfalfa.

La elfa sacó al animal de su cómodo pesebre y le ató el saco a las bridas con finas cintas de cuero para permitirle seguir comiendo mientras continuaban su viaje. Luego, rodeó el establo y se acercó a una diminuta casa de adobe y piedra construída justo tras él. En la puerta, una muchacha de cabellos castaños sujetaba con firmeza unas alforjas repletas de víveres.

La hechicera susurró unas palabras en un idioma que Shana jamás había escuchado antes y tomó las abultadas talegas de las manos de la aldeana que, con la vista fija en el lejano horizonte, les obsequió con una cálida sonrisa y una leve reverencia.

La niña notó un escalofrío recorrerle la espalda. A pesar del velo pálido y blanquecino que cubría por completo los ojos de la joven, hubiese podido jurar que la estaba mirando. Cómo si notara su presencia. Y eso le ponía la piel de gallina.

No pudo evitar exhalar un suspiro de alivio cuando por fin se alejaron de allí y, ya lejos, tragó saliva con nerviosismo, aún un tanto incómoda por la situación que acababa de vivir. Decidida a no seguir avanzando a ciegas, obligó a Iohan a acelerar el paso y se apresuró a alcanzar a la elfa. 

¡Espera!.- Llamó en voz alta, todavía algo reticente a soltar el brazo de su amigo.- ¿A dónde vamos?

Su extraña guía se detuvo de pronto al escuchar la pregunta, dándose la vuelta hacia ellos con rapidez. En su rostro se podía adivinar un atisbo de sorpresa que no se esforzó en disimular y, con un suave gesto de la mano, la indicó que caminara a su lado.

¿Es que el mago no te explicó nada?.- Se lamentó sacudiendo la cabeza con pesar. Shana se encogió de hombros, sin saber qué contestar.- Mi hogar está en estas montañas. Debemos atravesar la aldea y seguir el sendero hasta el pequeño valle que se oculta en la cima.

Entonces, ¿Es verdad?.- Interrumpió el chico, emocionado.- ¿De verdad hay un valle en la cima de la montaña?

La misteriosa hechicera se giró hacia Iohan y entornó los ojos unos segundos, con una sonrisa triste asomando por la comisura de sus labios. Asintió con lentitud, como si aquello le trajera sombríos recuerdos de antaño pero, de repente, su expresión cambió por completo.

Como si acabara de darse cuenta de algo sumamente importante, la bruja clavó la vista en el muchacho. De pronto parecía más alta, más imponente, a pesar de su silueta grácil y delgada que contrastaba enormemente con la complexión de cualquier humano de los alrededores.

¿Cómo te llamas, niño?.- Preguntó sin levantar la voz, y sus palabras vibraron con el murmullo del viento.


Continúa leyendo en la Parte III: Caminos separados.

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