Parte V: El paso de los aullidos

08/05/2016

La elfa no parecía advertir la humedad, ni el frío cada vez más penetrante a medida que se acercaban a la cima. Aquella lluvia cada vez más persistente no era más que el preludio de la tempestad que se les venía encima pero, en lugar de buscar cobijo,la hechicera seguía azuzando a la mula para avanzar más rápido.

Y continuaron subiendo. Cuando empezaron a rugirle las tripas la bruja rebuscó en las alforjas y le tendió una pieza de fruta fresca, pero apenas la permitió detenerse unos minutos a descansar. La niña jadeó con esfuerzo una vez más. Tenía las botas de cuero llenas de agua y barro, y empezaban a dolerle las plantas de los pies.

Puedes dejar tus cosas en las alforjas de Da’ahla.- Comentó la hechicera señalando a la mula, al ver la expresión de cansancio en el rostro de la muchacha.- Disculpa si no paramos, pero el temporal está a punto de alcanzarnos y promete ser mucho más intenso de lo que esperaba. Tenemos que cruzar el desfiladero antes de que nos caiga encima o estaremos atrapadas en mitad de la montaña hasta que amaine.

Estoy bien.– Mintió Shana, enderezando la espalda tanto como fue capaz.- Puedo seguir.

La bruja asintió con la cabeza. No insistió, sino que continuó caminando a pesar de que resultaba evidente que no se había creído el engaño de la chiquilla. Sin embargo, tras mirarla de reojo en un par de ocasiones, acabó por bajar el ritmo de la caminata para que se pudiera tomar un respiro.

El trayecto a partir de aquel instante lo hicieron bastante más despacio, a pesar de los constantes esfuerzos de la niña por mantener el paso que habían llevado hasta entonces. Pero por mucho que lo intentaba no le quedaban fuerzas, y tardaron horas en llegar por fin al estrecho paso del que le había hablado la elfa.

Era casi media tarde, y el sol finalizaba ya su descenso hacia el horizonte. Aprovechando el poco tiempo que les quedaba de luz, la hechicera sacó una cuerda de las alforjas y ató un extremo a los aparejos del animal, tendiéndole el otro a la muchacha  para que se la anudara en torno a la cintura.

Shana se asomó temerosa al precipicio. Escarpado y repleto de afiladas rocas que sobresalían aquí y allá, era mucho más alto que cualquier torre en la que hubiera estado antes. A esa distancia del valle, toda precaución era poca.

Con cautela, la fatigada chiquilla comenzó a caminar tras la mula, con la espalda completamente pegada a la helada pared de piedra. El terreno estaba mojado y resbaladizo, y cualquier paso en falso podía hacerla terminar en el fondo del acantilado por mucho cuidado que tuviera.

Pero andar tras el animal la estaba poniendo nerviosa. Iban mucha más lentas de lo que ella hubiese querido, lo que significaba más tiempo en el estrecho paso. Además, la mayor parte del tiempo no se atrevía a dejar de mirar el suelo, como si de esa forma fuese a conseguir que sus botas pisaran el camino con más firmeza. Pero no fue asi.

Demasiado preocupada en sortear las zonas cubiertas de oscuros líquenes húmedos por la continua lluvia, la niña no se dio cuenta de que una de las rocas delante de ella estaba a punto de resquebrajarse. Y tras el golpeteo sordo de los cascos de la mula al pasar por encima, el peso de Shana fue suficiente para que se rompiera del todo.

Un alarido de terror emergió de sus labios al notar como el suelo cedía bajo sus pies. La cuerda que la mantenía suspendida en el aire estaba tensa, y se balanceaba con violencia con cada movimiento del animal, que luchaba desesperadamente por mantenerse firme y no precipitarse al vacío tras ella.


Continúa leyendo en la Parte VI: La tormenta.

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