Parte VI: La tormenta

16/05/2016

La hechicera se dio la vuelta sobresaltada, sujetando las bridas con todas sus fuerzas. Pero no estaba lo suficientemente cerca para llegar hasta la muchacha, y soltar las riendas en aquel momento podría hacer que la mula perdiera el equilibrio condenando a ambas a la muerte.

Una nueva sacudida zarandeó a la aterrorizada chiquilla, que gritó aún más fuerte mientras miraba con pavor como la grava que se desprendía desaparecía colina abajo. Sus pies no encontraban apoyo ninguno, y la lluvia cada vez más intensa hacía dificil sujetarse a nada.

La niña aún trataba de agarrarse a algún saliente lo suficientemente estable sobre el acantilado, cuando una mano ancha y morena apareció frente a ella como salida de la nada. Alzó la vista confundida, aferrándose a la cuerda de tal forma que sus nudillos perdieron todo atisbo de color debido al esfuerzo.

En el angosto sendero, justo en el lugar donde había estado la muchacha segundos antes, Iohan se estiraba lo imposible para alcanzarla y ayudarla a subir. Tirado en el camino, con medio cuerpo colgando fuera de la estrecha calzada, trataba en vano de  cogerla por las muñecas e impulsarla hasta suelo firme.

Shana soltó la soga, alzando la diestra con desesperación en busca de los brazos tendidos de su amigo. Y quiso la suerte que, a pesar de la lluvia cada vez más intensa, lograra sujetarse a él con la suficiente firmeza.

Un rayo iluminó el cielo oscurecido por la tormenta, alumbrando por unos instantes la diminuta aldea que descansaba en el fondo del precipicio. Ansiosa por ponerse a salvo de una vez por todas, la muchacha apoyó los pies sobre la irregular pared de roca y tiró del chico con todas sus fuerzas.

Un repentino vendaval les echó encima una cortina de agua, cegándoles momentáneamente. El muchacho tosió, gruñó y trató de levantarse, cargando con el peso de la chiquilla y con el suyo propio. Pero el suelo estaba lleno de gravilla, y resbaladizo a causa del temporal, y sus gastados zapatos de tela no estaban preparados para aquel terreno.

Resbaló. En el mismo instante en que la niña lograba por fin subir el último tramo del abrupto desfiladero, el muchacho trastabilló y, sin nada a lo que agarrarse, se precipitó de cabeza al vacío. Cayó a toda velocidad, casi llevándose consigo a la sobresaltada Shana mientras, con un aullido desgarrador, trataba de no soltarse de su abrazo.

Y chilló. Chilló hasta que la garganta se le quedó seca. Chilló hasta que se quedó sin voz, y de sus labios tan solo brotó un gemido ronco que pronto se fundió con los ecos de la tempestad. Aún se escuchaban sus gritos resonar a través del rugir del viento cuando su silueta desapareció en las profundidades del abismo.

La muchacha se quedó paralizada. Un escalofrío le recorrió la espalda, y temblaba sin control sin poder apartar la mirada de la oscuridad que envolvía la sima. No reaccionaba tampoco a las alarmadas palabras de la elfa, que de alguna forma había conseguido sortear a la mula y llegar hasta ella para apartarla del borde del precipicio.

Oía la voz melodiosa de la hechicera, pero no escuchaba lo que decía. Con las manos aún extendidas frente a ella, la niña luchaba por coger una nueva bocanada de aire mientras los alaridos aterrorizados del pequeño delincuente retumbaban en sus oídos tan claros como si nunca se hubiese separado de su lado.

Como sonámbula, shana se dejó llevar al otro lado del estrecho desfiladero. Estaba empapada, y el agua de la lluvia le corría por las mejillas formando gruesos regueros que se mezclaban con sus propias lágrimas antes de desaparecer. Pero no parecía darse cuenta de nada.


Continúa leyendo en la Parte VII: No hay vuelta atrás.

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