Parte VIII: El santuario de los elfos

29/05/2016

La elfa sonrió al ver el cambio en su rostro.

Vamos.– Susurró con brillo en los ojos, invitándola a seguir la senda tras ella.- Te lo enseñaré todo.

La niña dudó unos instantes, pero no tardó en imitarla. Se quitó las botas, y en aquel instante comprendió la razón de que la hechicera llevara sus sandalias en la mano cuando se encontraron en la plaza del pueblo. La mullida alfombra de hierba le hacía cosquillas en las plantas de los pies, tan suave y espesa que le parecía estar caminando sobre las nubes.

La brisa también era distinta. Mientras que fuera del valle hacía frío, y una llovizna intermitente continuaba cubriéndolo todo con una fina capa de escarcha, en el interior el aire era cálido, y el cielo se teñía con los colores violetas de un atardecer de verano. Era una sensación extraña, pero agradable al mismo tiempo.

La muchacha continuó andando sobre la hierba, siguiendo a su anfitriona hasta la linde de un denso bosque de abetos. Casi imperceptible, una casita de madera crecía a pocos pasos de la arboleda, tan viva como la vegetación que se arremolinaba a su alrededor.

Parecía salido de un sueño. Jamás en toda su vida había visto nada igual. Incluso las nubes eran de un blanco tan puro como ningun otro que hubiera contemplado antes. Pensó en Ayken, y en Iohan, y deseó con todas sus fuerzas que estuvieran allí con ella. Pero no era posible.

Explora cuanto quieras.– Murmuró la elfa con un amplio gesto de la mano.- Ponte cómoda. Date un baño. Eres libre de andar por donde te plazca.

Shana asintió, con la mirada triste deambulando por el terreno abierto. Se dio la vuelta, y dejó que sus pasos la condujeran al lago de aguas cristalinas que brotaba unos metros más allá.  Era hermoso.

Con un profundo suspiro, la niña se sentó en la orilla y sumergió sus pies descalzos en las tranquilas aguas. Y sin poder contenerse por más tiempo, escondió la cara entre las manos y dejó que las lágrimas afloraran a su rostro sin control.

La superficie transparente de la laguna se enturbió ligeramente, formando pequeñas ondas que se expandieron con lentitud. La chiquilla contuvo un sollozo, y observó el estanque a través del llanto que anegaba sus ojos castaños. Si no fuera completamente imposible, hubiese jurado que todo el valle lloraba con ella.

No sabía con exactitud cuánto tiempo llevaba allí. El apacible lago era un remanso de quietud y calma que, a pesar de todo lo que había ocurrido, lograba de alguna forma aliviar el peso que le oprimía el estómago desde el día anterior.

El sol había desaparecido hacía rato tras el horizonte, y las estrellas se reflejaban relucientes en la superficie de la laguna cuando la hechicera se decidió por fin a ir a buscarla. Carraspeó un par de veces para llamar su atención, y cuando estuvo completamente segura de que la había visto llegar, se sentó junto a ella.

¿Te encuentras mejor?.– Preguntó en voz baja.

Shana se encogió de hombros, con la mirada perdida más allá de las montañas.

Supongo.– Tras unos momentos de silencio, se giró hacia la elfa con timidez.- ¿Qué es en realidad este sitio?

Un templo antiguo.– Respondió ella con una sonrisa, quitándole importancia al asunto.- Un santuario construido por mi pueblo hace muchas eras, un lugar donde poder celebrar sus ritos sin contrariar a los humanos.

¿Cómo los Teh’ram?

Algo parecido, sí.– Ladeó la cabeza pensativa, y una cascada de cabello plateado cayó sobre sus hombros entre destellos nacarados.- Aunque hace ya muchas décadas que no vive nadie más aquí. Sólo estamos Da’ahla y yo. Y ahora tú, por supuesto.


Continúa leyendo en la Parte IX: Nuevo hogar.

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