Colores vivos se mezclaban a su alrededor, como si flotaran en el aire. Estaba en el interior de la posada, frente a su habitación, pero nada de lo que podía ver a su alrededor se asemejaba lo más mínimo a cómo debería ser. Sus sentidos se enredaban unos con otros, confundiendo los sabores, los olores y los sonidos que la envolvían.

Un familiar nudo en la garganta comenzó a formarse a medida que la sensación de ingravidez aumentaba. Las siluetas de lo que suponía que serían personas se habían transformado en borrones de colores oscuros, demasiado sutiles para diferenciarlos con claridad. Notó cómo algo la arrastraba hacia el vacío, pero luchar contra ello ya no era una opción. Estaba perdida.

Cuando recuperó la conciencia de sí misma, tenía los ojos vendados y un áspero trozo de tela la impedía hablar con normalidad. Gruñó. Sus manos y pies parecían atadas, y un dolor punzante le recorría las muñecas y los tobillos donde los grilletes de metal frío y estriado hacían contacto con su piel. Tardó aún algún tiempo en recuperar el control total de los otros sentidos, demasiado aturdida para reaccionar.

Ciega e inmovilizada como estaba, Shana respiró hondo tratando de concentrarse. Su respiración se volvió tranquila, y su mente se despejó de toda duda e inseguridad. Sus sentidos se agudizaron. Nunca había hecho nada similar, pero Aletheia aseguraba que era posible. No perdía nada por intentarlo.

Cuando volvió a abrir los ojos estaba en una pequeña habitación de madera, cuyas ventanas tapiadas con tablas secas apenas dejaban entrar la luz del sol. Sin embargo, sabía que era de día.

Varias velas a medio quemar descansaban sobre una alacena vieja y medio comida por las termitas, y grandes rastros de cera cubrían el suelo cerca de las dos figuras que yacían inertes en el centro del cuarto. En un rincón alejado de las fuentes de luz, tres hombres ataviados con las túnicas ceremoniales de la Orden de Siekiant observaban en silencio a sus prisioneras.

—No tardarán mucho en despertar— susurró una de las voces, aguda y suave—. No hemos utilizado demasiado.

—¿Estás segura de que son las que buscamos?— preguntó otra, más grave que la anterior—. No parecían demasiado peligrosas.

—La pelirroja es bruja— aseveró una tercera con firmeza.

—¿Y la otra?— intervino la primera.

—Es… indeterminado.

—¿Qué quieres decir con indeterminado?

—Quiero decir que no es bruja, pero tampoco es normal.

—Eso es absurdo.

No pudo seguir escuchando.

La puerta destartalada se abrió de repente, y en su dirección rodó un artefacto esférico del tamaño de una pelota de trapo. Explotó. No hizo apenas ruido, pero una luz blanca y cegadora inundó la estancia con fuerza, sorprendiendo a los cel y devolviéndola a su cuerpo con brusquedad.

Anuncios

Fuera quien fuese, su acechador no parecía estar dispuesto a abandonar. Aquella sensación de quemazón no le había abandonado desde que salió de la Gran Biblioteca, y la acompañó a través de las calles de Blayne hasta la posada en la que se alojaba con Zoe.

El sol se ocultaba ya tras el horizonte cuando cruzó el umbral de la taberna. Saludó a la posadera con un breve gesto de la cabeza antes de dirigirse a las escaleras y subir a su habitación. Su fracaso y el extraño viaje de vuelta le habían dejado sin apetito.

Shana suspiró agotada. Necesitaba echarse un rato, descansar, quizá incluso un buen baño de agua tibia para relajarse antes de dormir. Ni siquiera se dio cuenta de la extraña mirada que le dirigía la mujer desde el otro lado de la barra, o de la delgada figura que atravesó la puerta escasos segundos después de que desapareciera en el piso superior.

La muchacha se detuvo frente al cuarto. Algo no estaba bien. Alzó la mano con lentitud hasta el picaporte.

—¿Zoe?

No hubo respuesta alguna. Cada vez más nerviosa Shana intentó abrir, sin éxito. Estaba cerrada con llave. Y antes de que se diera cuenta, algo suave y denso la tapó la boca y la nariz impidiéndola respirar.

Se revolvió con energía, pero lo que la sujetaba tenía mucha más fuerza que ella. Intentó gritar. Se giró, intentando agarrar lo que fuera que le cubría la cara, arañando con rabia el manto espectral que comenzaba a envolverla por completo. Se asfixiaba.

Poco a poco, Shana dejó de luchar. Estaba mareada, y la falta de oxígeno amenazaba con hacerla perder el conocimiento. Pero seguía despierta. De alguna forma, seguía despierta. Y lo que veía no tençia ningún sentido.

Comenzó por escoger volúmenes escritos en Maël o Nizzén que hicieran referencia en el título a los elfos o a la Era del Alzamiento. La mayoría eran transcripciones de libros de historia élficos, tan gruesos y antiguos que las páginas amarillentas eran difíciles de separar.

Las lecturas eran pesadas, y en muchas ocasiones encontraba referencias a otros textos o palabras sin traducir que la obligaban a detenerse y consultar diccionarios para poder seguir leyendo. Cuando cayó el sol apenas había logrado terminar tres tomos, y ninguno de ellos contenía una sóla línea que mencionara los templos elementales.

Dejó escapar un largo suspiro de desesperación. Quizá el próximo día podía pedir a Zoe que la acompañase. Después de todo, aunque las calles estaban rebosantes de Cels la biblioteca no parecía contar con seguridad extra cómo había pensado en un inicio. Y seguro que su conocimiento del imperial podía serles de ayuda en algún momento.

Cerró el último libro y se levantó del pupitre, observando con resignación el atardecer de colores rojizos que se dibujaba en el horizonte. Iba a llegar tardísimo a la posada. Zoe estaría harta de esperar.

Recogió su capa y se la echó sobre los hombros antes de salir. Se había levantado algo de viento, y necesitaría todo el abrigo posible para no helarse en el camino de vuelta. Pero no se había alejado ni dos metros del enorme edificio cuando un escalofrío le recorrió la espalda.

La acompañaba una sensación incómoda, como si algo o alguien la observara desde que había salido de la biblioteca. Pero siempre que se daba la vuelta para comprobarlo, lo único que encontraba tras ella era la habitual rutina de los trabajadores al volver al hogar. Nada indicaba que la estuvieran siguiendo.

Nerviosa, Shana se caló la capucha hasta la nariz y cerró la capa para mantener el calor. Se mantuvo en la avenida principal tanto tiempo como pudo, escogiendo siempre las calzadas más amplias e iluminadas en un intento fútil de disuadir a su anónimo perseguidor. Y sin embargo, algo en su interior le decía que nada de aquello iba a servir de algo.

Shana observó el gigantesco edificio casi con miedo, sin saber muy bien lo que iba a encontrarse en su interior. La única biblioteca que había pisado en toda su vida era la que ocupaba el piso inferior del Teh’ram de la aldea en que nació, abierta al pueblo suficientemente afortunado para conocer las letras. Y no tenía punto de comparación.

Completamente construida en roca y mármol negros, la Gran Biblioteca aún conservaba algunos grabados en paredes y columnas exteriores, probablemente herencia de los elfos que construyeron los cimientos de la ciudad. De hecho, si forzaba un poco la vista las enormes puertas de madera reforzada revelaban aún fragmentos de imágenes que casi podrían considerarse heréticas desde el punto de vista de algún sacerdote demasiado severo.

Cruzó el umbral con decisión. Sin embargo no pudo evitar que el aliento se le helara en la garganta de asombro al ver la inmensidad de la habitación. Frente a ella, la sala principal de la biblioteca se extendía durante metros y metros de estanterías, tan grande que hubiese podido dar cobijo a todos los habitantes de Jashn sin mover un solo mueble de sitio. Encontrar allí lo que estaba buscando iba a ser una pesadilla.

Un estrecho pasillo central recorría la estancia de un extremo a otro, flanqueado por docenas de anchas librerías que continuaban en el piso superior. Largos escritorios de madera oscura, en su mayoría ocupados por académicos y estudiosos, ocupaban el poco espacio que quedaba entre ellas. Ni uno sólo levantó la vista al oírla pasar.

Al fondo, tras una mesa algo más ancha que las que había visto hasta entonces, un hombre de cabellos color melaza ordenaba pergaminos sin prestarle demasiada atención. Sobre el puente de su nariz descansaban unas lentes de cristal fino sujetas tan solo por el alambre más fino que había visto jamás.

—Perdón— carraspeó con fuerza—. Yo…

—Un momento— murmuró sin mirarla, más concentrado en los archivos que en los posibles visitantes.

Shana asintió. Estaba acostumbrada a los académicos. Pero el tiempo pasaba, y el hombre parecía haber olvidado que había alguien esperando frente a su mesa.

—Perdone— insistió una vez más—. Sólo quería

—He dicho un momento— espetó malhumorado.

—No— Ella frunció el ceño, sorprendida por la reacción, y se cruzó de brazos con indignación—. Llevo esperando media hora. Estoy buscando escritos antiguos. De la época de los elfos.

Por primera vez desde que llegó, el bibliotecario alzó la cabeza del escritorio y clavó la mirada en ella. Parecía que al fin había captado su atención.

—¿La Era del Alzamiento? No tienes pinta de académica. O de sacerdotisa.

—No lo soy— respondió sin darle importancia—. ¿Los archivos?

El hombre la observó con curiosidad durante unos segundos, pero finalmente señaló las escaleras que conducían al piso superior.

—Séptima a la derecha.

—Gracias.

Se alejó sin despedirse, aún molesta por el tiempo perdido. Había prometido volver tan pronto como le fuera posible, y después de ver el tamaño de la biblioteca, estaba segura de que iba a necesitar semanas para encontrar lo que estaba buscando. Aquél lugar era inmenso.

Comieron con ganas. Después de semanas a base de arroz y alubias, el estofado caliente que les sirvieron y los pedazos de pan recién sacados del horno les sentaron de maravilla. Incluso acompañaron el almuerzo con un par de copas de vino aguado, demasiado contentas de haber llegado a su destino para preocuparse por los excesos.

Sin embargo, y a pesar de la tranquila charla de sobremesa, Shana no podía evitar recordar las palabras de su maestra antes de salir del santuario. Debía visitar la biblioteca y encontrar entre los archivos alguna referencia al poder que habitaba en sus ojos. Si de verdad había sobrevivido algo, tenía que estar allí.

—¿Estarás bien si me ausento unas horas?— preguntó en voz baja a la pelirroja mientras subían las escaleras—. Necesito hacer algo.

—¿No contigo?

—No— Sonrió—. Hay demasiada guardia por las calles. A donde voy, probablemente haya aún más.

La mirada de confusión de Zoe se intensificó. Shana la indicó que esperase con un gesto, abrió la puerta de su habitación y se aseguró de que nadie las observaba antes de cerrar la puerta y continuar.

—¿Algo malo?— La muchacha parecía más curiosa que preocupada, y las precauciones de Shana no le habían pasado desapercibidas.

—¡No! No es eso— suspiró—. Es que… verás… algunos soldados… pueden reconocer la magia, ¿entiendes? Y con lo que pasó en aquella aldea… no se lo que pasaría si te descubren.

—Magia no malo. Bueno. Ginn. — Zoe arrugó la nariz, visiblemente molesta.

—No se lo que es gin, pero aquí es distinto—  explicó ella—. Hay personas… sacerdotes, a los que no les gusta la magia. Y nunca había visto tantos. Es mejor que te quedes aquí hasta que averigüemos lo que pasa.

La pelirroja se cruzó de brazos y le dio la espalda, refunfuñando algo en su idioma que no llegó a comprender.

—¿Lo harás entonces?— insistió Shana—. ¿Te quedarás?

—Vuelves pronto, ¿vale?

Derrotada, Zoe se había dejado caer en una de las camas y la miraba desde el colchón. No parecía demasiado contenta con la situación, pero tampoco daba la impresión de ir a aventurarse ella sola por las calles de Blayne y eso la tranquilizaba bastante. Asintió con energía y ensanchó la sonrisa antes de despedirse.

—Gracias. Intentaré volver lo antes posible, te lo prometo.

La capital tenía fácilmente dos o tres veces el tamaño de Jashn. Pero aunque nunca antes había estado en una ciudad tan grande como aquella, Shana no necesitó demasiado tiempo para darse cuenta de que algo no iba bien.

A medida que avanzaban por la calle principal y se adentraban más y más en el corazón de Blayne la presencia de guardias cosmoítas se iba haciendo más frecuente, eclipsando el ajetreado ir y venir de los mercaderes y artesanos que comenzaban a abrir sus tiendas al público.

No pudo evitar recordar las palabras del pequeño granjero cuando, casi sin darse cuenta, detuvo la mirada sobre un joven apresado por pesadas cadenas y escoltado por un grupo de tvarka. El chico tenía los ojos clavados en los adoquines, y ya hacía tiempo que había dejado de intentar escapar.

Un escalofrío recorrió la espalda de la rubia, que se aferró a las riendas con aprensión tratando de no mostrar su inquietud. Cazamagos. Había escuchado historias sobre la Orden de Siekiant desde que era una niña, y no era capaz de recordar ninguna con un final feliz. No para ella, al menos.

Con el corazón en un puño, la muchacha dejó que la marabunta de carros y jinetes las arrastraran consigo como la corriente de un río. Confiaba en que la ola de comerciantes que las acompañaba conociese lo suficiente la ciudad para, al menos, acabar llegando a la plaza del mercado en un momento u otro. Si se parecía en lo más mínimo a Jashn, desde allí sería mucho más sencillo encontrar lo que estaban buscando.

Pero con lo que en realidad no contaba era con la sorprendente agresividad de artesanos y vendedores ambulantes, que las arrastraban de un puesto a otro sin pararse a responder sus preguntas. La actividad a aquellas horas de la mañana era frenética, y les costó aún un par de horas y la compra de varias baratijas conseguir las indicaciones para llegar a una posada en la que alojarse.

Cuando por fin pudieron sentarse a descansar, guarecidas en una de las posadas que poblaban las calles más próximas al mercado, era casi mediodía y los aromas de la comida recién hecha flotaban en el ambiente diluidos entre las salazones, vinos y especias que abundaban en los puestos callejeros de la zona.

El gruñido sordo de sus estómagos hambrientos pareció llamar la atención de la tabernera, una elfa de rostro curtido por los años que no tardó mucho en acercarse a ellas ignorando por completo a los parroquianos que la llamaban desde la barra.

Mucho más prudente ahora que cuando bajó de la montaña tras su estancia con Aletheia, Shana estudió con detalle el interior del establecimiento antes de ofrecerle un cielo de oro como pago por una semana de alojamiento y las comidas correspondientes. Y o bien había calculado el valor de la moneda mejor de lo que pensaba o su determinación había disuadido a la mujer de iniciar una discusión pero, en cualquiera de los casos, marchó de vuelta a las cocinas sin perder un segundo la amplia sonrisa.

Parte X: Jeyde

24/09/2018

A la mañana siguiente despertaron con los primeros rayos de sol acariciándoles el rostro. De la hoguera que habían encendido la noche anterior solo quedaban los rescoldos, y la familia de granjeros que había pasado la noche junto a ellas aún parecía dormir plácidamente.

La ciudad estaba cerca y aún era demasiado pronto para que abrieran las puertas, de modo que Shana se entretuvo unos minutos reavivando el fuego para cocinar el desayuno. La poca comida que les quedaba en las alforjas no era suficiente para compartirla con sus vecinos, pero el calor de la lumbre y el olor de las gachas al cocerse fue suficiente para atraer al más pequeño de los hermanos.

—Entonces, ¿venís al mercado?— preguntó la muchacha aprovechando que el chiquillo se había acercado solo.

—Padre íce que los señores de la ciudá gastan— respondió encogiéndose de hombros—. Y queste año si hay suerte me puén aceptar en el templo. Poeso vamos tós. Ai tenseñan a ler, ¿sabes? Padre íce ques importante, casi tanto como los números.

Shana sonrió, apenada. Recuerdos de sus lecciones en el templo, de su abuelo y la granja donde se crió volvieron a su memoria después de años de reprimirlos con todas sus fuerzas.

—¿No hay templo en tu aldea?

—Nah, sun cacho piedra. Ni siqueiria los cazamagos sacercan, ¿sabes?— refunfuñó mirando por el rabillo del ojo para asegurarse de que sus padres no estaban escuchando—. Antes había un mastro, pero se murió cuando padre era chico. Poeso sabemos los números. Padre nos enseña a contar y sumar pa vender en el mercao.

—¿Cazamagos?— inquirió ella rellenándole el cuenco del desayuno, repentinamente interesada en la conversación.

—Si, ya sabes— continuó el niño animado por la comida—. Esos de los vestíos y los palos. Lala íce que se llevan a los niños y no los vuelven a ver más. Padre íce que solo a los magos, pero a mi me dan un poco miedo.

—¡TÚRIN!— El grito resonó desde la carreta, sobresaltándolos a los dos—. ¿Qué tíce madre siempre de meterles tontás en el coco a desconocíos?

La reacción extremadamente teatral del niño y el enfado de su hermana convencieron a Shana de que era el momento de tocar retirada. Con agilidad y procurando no acercarse demasiado a la discusión cada vez más agitada de los granjeros, la joven terminó de recoger el poco equipaje del que disponían y se despidió rápidamente antes de alejarse con Zoe del campamento.

Sin embargo, aunque la ciudad no estaba a más de una hora de viaje, pronto se dieron cuenta de que atravesar las murallas que la rodeaban no iba a ser tan sencillo como esperaban. Con el sol aún luchando por abrirse paso entre las nubes, una columna de varias decenas de carromatos esperaba ya frente a la puerta norte.

Ignorando los improperios de algunos de los mercaderes atascados en la cola, Shana azuzó al caballo para acercarse lo máximo posible al puesto de guardia, uniéndose a los mensajeros y viajeros de a pie que pasaban por el registro a mucha más velocidad.

—Nombre y lugar de procedencia— exigió un soldado de armadura impecable.

—Shana, reino de Jashn.

El hombre levantó una ceja, alzó la vista para verla mejor y estudió a Zoe de arriba a abajo antes de detenerse en su cabello anaranjado. Acto seguido, cogió un carboncillo y anotó algo en su libreta.

—Y ella, ¿también es de Jashn?

—No, claro que no— contestó rápidamente luchando por no perder la sonrisa tímida que arrastraba desde que llegaron—. Es del norte. De Coedwig. Es mi prima.

—Razón de la visita— recitó nuevamente tras escribir lo que acababa de oír.

—La Gran Biblioteca

Por un momento, la expresión de incredulidad del centinela la hizo pensar que las mandarían de vuelta a las montañas de las que habían venido. Pero por fín, tras largos minutos de espera y una lista de preguntas interminable que tuvo que responder por partida doble, Shana logró convencer a los guardias de que les permitieran pasar.