La conversación se volvía cada mez más fluída a medida que Zoe iba mejorando en el idioma. De vez en cuando, tras demasiado tiempo intentando encontrar las palabras correctas, la frustración la empujaba a volver a su idioma natal, y Shana se descubría comprendiendo algunos conceptos sin tan siquiera intentarlo.

Pero a medida que se acercaban a la capital los caminos comenzaban a llenarse de carros y jinetes que llegaban de todas las direcciones posibles, y su charla se volvía cada vez más trivial. La proximidad de desconocidos la ponía nerviosa, y volvía a sumirse en aquél silencio incómodo y agitado en el que se encontraba cuando la rescató.

Shana espoleó al caballo, tratando de adelantar al máximo número posible de caravanas mercantes. De alguna forma, comprendía la aprehensión de su compañera al encontrarse rodeada de gente extraña, y no quería forzarla a esa situación más de lo necesario. Sin embargo, por más que azuzaba a su montura no lograba encontrar final a la columna de viajeros que se dirigían a la ciudad.

A pesar de sus esfuerzos por mantenerse alejadas de la multitud, las últimas noches de viaje no tuvieron más remedio que acampar cerca de una familia de granjeros. Resultaron habladores y bastante agradables, e incluso se ofrecieron a compartir la cena con ellas pese a la evidente desconfianza que mostraba Zoe cada vez que intentaban acercarse a ella.

Más preocupada de que no se repitiese el episodio de la encrucijada que de la peligrosa escasez de provisiones que se palpaba en sus alforjas, Shana rechazó la oferta con amabilidad y encendió un pequeño fuego donde cocer el arroz que les quedaba.

—Perdonad—comentó removiendo el contenido de la cazuela con energía—. Hace poco que salimos del pueblo y no se acostumbra.

—¡Oh! ¿También vais al mercao? Icen que viene gente de tol mundo— Un chico de unos doce inviernos se sentó a su lado, haciendo revolverse a Zoe—. Yo es la primera vez que voy, padre ice que yas hora que aprenda.

—Al mercado, claro. También vamos.

—¿De verdá? ¿Y qué vendéis? Ahí en ese jamelgo no podéis llevar mucha cosa.

—¿Vender?—. Evitó una carcajada mientras negaba con la cabeza, ignorando la mirada confusa que le dirigía su compañera—. No, no. Nosotras no vendemos nada. Vamos… a… a buscar trabajo. A la ciudad.

Por suerte, ni aquél muchacho ni ninguno de sus hermanos siguieron insistiendo con las preguntas. No estaba segura de poder recordarlo todo si se veía obligada a inventar más mentiras. Afortunadamente, sus padres estaban demasiado ocupados asegurándose de que el género que transportaban seguía en buenas condiciones, y apenas les prestaron atención después de la cena.

Ella se echó a dormir cerca del fuego, no muy lejos de Zoe, que la taladraba con la mirada muerta de curiosidad. Dibujaron en la arena hasta que comprendió la situación y el sueño y el cansancio del trayecto comenzaron a hacer mella. Llevaban casi dos semanas en el camino, y a menos de unas horas de las murallas, ni siquiera las piedras y la irregularidad del terreno las impidieron dormir hasta el amanecer.

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A pesar de recorrer el camino real, cabalgaron durante días sin cruzarse con un alma. Las noches empezaban a templar, y pronto ese mismo recorrido lo harían incontables granjeros y mercaderes que viajaban a la ciudad a vender sus productos en el mercado. Pero hasta que ese momento llegara, tenían la carretera para ellas solas.

Shana aprovechaba las largas horas sobre el caballo ayudando a Zoe con el idioma, repitiendo en voz alta los nombres de las cosas cada vez que la chiquilla señalaba algo con el dedo. Era curiosa y aprendía rápido, y pronto fue capaz de formar algunas frases sencillas sin demasiada ayuda.

Descubrió que, una vez que cogía confianza, la pelirroja era mucho más habladora de lo que parecía en un principio. Intercambiando largas frases en un tarnak indescifrable con palabras y algún comentario suelto en su idioma, Zoe podía pasarse horas haciendo preguntas y respondiendo como podía a las suyas.

Con ayuda de signos y algún dibujo en la tierra del camino, Shana descubrió que la niña había llegado en barco hacía bastante tiempo, y unos bandidos habían atacado la caravana en la que viajaba cerca del bosque. Ella consiguió huir, pero no tenía ni la más remota idea de lo que había ocurrido con el resto de pasajeros. Por lo que logró entender, el carruaje transportaba a otros dos hombres más, sin contar al conductor ni a la propia Zoe.

—Pero entonces, si lograste escapar y llegar al pueblo, ¿por qué te atacaban los aldeanos?— preguntó Shana confusa—. ¿Acaso pensaban que tuviste algo que ver?

La pelirroja tardó un buen rato en contestar, mirándola pensativa mientras manoseaba con nerviosismo un mechón de cabello anaranjado.

—No— pausó unos instantes, tratando de encontrar las palabras correctas—. Escapar corriendo.

—Escapé— corrigió Shana casi por instinto.

—Escapé corriendo—repitió ella—. Pero… nerviosa. ¿Asustada?

—Estabas nerviosa y asustada. Es normal— Se giró para poder mirarla—. Yo también lo estaría.

Zoe dejó escapar un suspiro y le dedicó una sonrisa cargada de agradecimiento.

—Estaba nerviosa y fuego.

—¿Fuego? ¿qué quieres decir?

—Fuego— repitió la muchacha, dándole golpecitos en el hombro para que se girase de nuevo—. Yo fuego.

El aire junto a su oreja se calentó rápidamente, y Shana ya sabía lo que iba a ver antes de que sus ojos se posaran sobre la mano envuelta en llamas de la pelirroja. Anonadada, tiró de las riendas para detener al caballo y hablar con más tranquilidad con su compañera.

—Espera. ¿Eres una bruja?

—¿Bruja?— Zoe arrugó la nariz, confusa.

—Bruja. Haces magia— Señaló el pequeño fuego que aún conservaba en la diestra, y ella cerró el puño apagándolo en un instante.

—Ah… bruja. Sixir.—Asintió con la cabeza—. ¿Enfadada?

—¡No! No, para nada. Sólo sorprendida. Aunque supongo que no debería, ¿verdad? Dicen que en el otro continente hay miles. Es sólo que aquí no es muy común ver magos por las aldeas, ya sabes. Entonces, ¿por eso te atacaron?¿porque eres, cómo has dicho, sixir?

—Ellos asustados. Creo. No quería. Luego atacan y tu salvas a mí— Notó como los delgados bracitos de la chiquilla le rodeaban la cintura, abrazándola con suavidad.

—Tu me salvaste— susurró sin saber bien cómo reaccionar al repentino gesto de afecto—. Y está bien. De verdad.

—Tu me salvaste a mí— rectificó, y la abrazó un poco más fuerte.

No sabía en qué momento se había quedado dormida. Su respiración era suave y pausada, apenas audible en el silencio del bosque, y su rostro parecía tranquilo a pesar de los acontecimientos de la aldea. Debía de estar soñando algo agradable.

Se acercó a ella despacio, con cuidado de no despertarla de un sueño que parecía necesitar desde hacía días. Examinó las heridas que le cubrían los brazos, la mayoría superficiales, y el corte más feo que tenía en la cabeza. Tenía que limpiarlo si no quería que se infectase antes de llegar a la ciudad.

Rebuscó en las alforjas y en su mochila, pero aparte de unas cuantas hierbas medicinales que la elfa había insistido en incluir entre su equipaje, no había nada que pudiera servir de ayuda. Cogió el petate de plantas con un suspiro de resignación, tratando de recordar las enseñanzas de Aletheia.

Utilizó algo de agua y su propio cuenco para preparar una pasta espesa y de color parduzco con la que cubrir las heridas más graves de Zoe. Se sentó a su lado y comenzó a limpiarle las heridas con cautela, aplicando el ungüento sobre los cortes más profundos. Estaba ardiendo.

A pesar de sus esfuerzos la fiebre tardaba en remitir, y la muchacha tardó casi dos días en recuperar el conocimiento. Estaba débil, y hambrienta, pero no podían perder más tiempo ahora que se había despertado. Esperó a que terminara de engullir el arroz que había preparado y terminó de recoger sus pertenencias antes de ayudarla a montar sobre la grupa de su caballo.

—No eres de aquí, ¿verdad?— preguntó mientras espoleaba al caballo para volver al camino.

—A…¿quí?

—Maelür. No eres de Maelür.

—Maelür—. La escuchó decir algo en su idioma, y notó como negaba con la cabeza tras ella—. Delvæn.

Delvæn. Reconocía ese nombre. Era una de las grandes ciudades del otro continente, al otro lado del océano. El imperio de los magos.

—Vaya. Eso está muy lejos. ¿Cómo has llegado aquí?

De pequeña había visto muy pocos magos. Su abuelo le había contado que los que no encontraban trabajo en el norte o en los pequeños reinos del sur se marchaban al este, más allá del Océano de Meherán, donde el emperador los acogía en sus tierras de magia y arena. Siempre había pensado que eran cuentos para niños.

—Lejos— hizo una pequeña pausa, posiblemente tratando de comprender el significado de lo que acababa de escuchar— ¿Maelür?

Shana sonrió para sí misma, pero no insistió. Podía ver que la chiquilla estaba familiarizada con su idioma por la forma en que respondía a algunas de sus preguntas, pero era evidente que no comprendía la gran mayoría de las cosas. Y desde luego no sabía hablarlo. Pero eso tenía solución.

A pesar de recorrer el camino real, empedrado y mucho más directo que cualquier otro, el viaje era largo y aburrido cuando la única conversación a su alcance consistía en monosílabos y unas cuantas palabras sueltas. Lo mejor que podía hacer era ayudar a Zoe a aprender un poco más sobre su lengua. Quizá así pudiera contarle qué le había pasado para llegar hasta allí.

Parte IV: Zoe

27/08/2018

Espoleó al caballo tan pronto como logró asentarse en la silla, arrollando en su huída a los incautos que tuvieron el valor suficiente para acercarse a ellas mientras sujetaba a la niña que cabalgaba aterrorizada a su espalda. El animal, casi tan asustado como su nuevo jinete, apenas necesitó persuasión para iniciar la carrera a través de las horcas y las rocas afiladas que volaban a su alrededor.

Los gritos y las piedras las acompañaron hasta que las últimas casas de la aldea desaparecieron en el horizonte, pero Shana no detuvo al animal hasta que el humo de los hogares era tan solo una sombra lejana apenas discernible en el azur del cielo. Entonces, y sólo entonces, se arriesgó a parar resguardada por los delgados árboles que delimitaban el bosque de Jeyde.

Se giró, buscando la mirada color esmeralda de la pelirroja. No había dicho una sola palabra desde que la recogió en el pueblo, y su miedo no parecía haber desaparecido a pesar de que se aferraba a su cintura con una fuerza que no habría creído capaz. Tenía el rostro pecoso pálido y lleno de cortes, las ropas sucias y había perdido los zapatos en algún momento.

—¿Estás bien?— preguntó con cautela, pero no obtuvo respuesta ninguna— Ahora estamos a salvo. Voy a bajar del caballo y buscar un sitio donde acampar— Trató de desmontar para caminar entre la maleza con más soltura, pero el abrazo de la muchacha se lo impidió.

Shana suspiró. Trató de avanzar desde la silla sin parar de hablar con ella, buscando la forma de tranquilizarla. Sin embargo, a pesar de que la muchacha si parecía algo más relajada, no daba muestras de comprender nada de lo que le decía.

—Me llamo Shana— dijo señalándose a sí misma con el dedo—, Shana. ¿Y tu?

Su abrazo se aligeró un poco, y ladeó la cabeza para observarla. Había dado en el clavo.

—Zoe— respondió con un hilo de voz. Temblorosa, se separó de ella para señalar a su espalda, y dijo algo en un idioma que no era capaz de entender—. Gra…cias.

La joven sonrió aliviada. Tal vez no supiera lo que había dicho, pero era lo más parecido a una conversación que habían tenido desde que la había rescatado. Algo era algo.

—¿Me entiendes?— preguntó de nuevo más animada, y ella arrugó la nariz. Supuso que eso era un no. Señaló el suelo y las alforjas— Tenemos que parar para comer. Y sería buena idea limpiarte esa herida— murmuró señalando su frente al ver el profundo corte abierto que tenía en la sien.

A pesar de las dificultades, logró convencerla para acampar en un pequeño claro cerca del camino. Le enseñó a construir una pequeña hoguera para calentarse y cocinar, y compartieron la comida que le quedaba apoyadas en los troncos de los árboles que rodeaban el campamento.

Shana hablaba y ella escuchaba, o al menos la miraba como si lo hiciera. No se había dado cuenta de cuánto echaba de menos tener a alguien con quien hablar hasta aquel momento.

El rescate

20/08/2018

Con un largo suspiro de resignación, Shana detuvo su montura a unos metros de los aldeanos y bajó de un salto, dispuesta a interceder por la desconocida. Hecha un manojo de nervios, avanzó con cautela entre el gentío, pero los pueblerinos estaban tan cegados por la ira que apenas se dieron cuenta de su presencia. Hasta que trató de detener una roca antes de que golpeara a la chiquilla.

Trató de mantener la calma ante las miradas furibundas de los lugareños, esperando que su aparente tranquilidad los hiciera reaccionar de alguna manera. Intentó hablar con ellos, asegurarles que se llevaría a aquella niña lejos de la aldea para no volver jamás. Pero todo lo que recibió a cambio fueron gritos, insultos y más piedras.

Un proyectil le alcanzó en la pierna, arrancándola un gemido de dolor. Se tambaleó, y una lágrima escapó furtiva sin previo aviso, pero tenía que mantenerse erguida sí quería salir de allí sin algo más que un par de moretones. Se frotó la zona enrojecida, frustrada por la situación.

—¿Puedes andar?— preguntó casi a gritos, tratando de hacerse oír por encima de la algarabía. Pero la niña parecía demasiado asustada para escuchar— ¡Vamos!¡Arriba!¡O acabaremos las dos igual!

Otra piedra le rozó la oreja, y se le erizaron los cabellos de la nuca. La suerte no podía durar mucho. Tarde o temprano una de esas piedras iba a golpearlas en la cabeza y cuando eso ocurriera escapar sería misión imposible. No podía esperar mucho más.

Se agachó para agarrarla del brazo y llevársela a rastras si era necesario, pero la muchacha levantó la cabeza aterrorizada, demasiado confusa para comprender lo que ocurría.

—¡Venga, levanta!— gritó una vez más, mirándola con desesperación mientras esquivaba por milímetros un palo especialmente afilado.

Quizá fuera la urgencia en su voz, o el miedo a quedarse sola de nuevo, pero la chiquilla reaccionó. Se levantó con dificultad y, sin esperar a que la siguiera por su propio pie, Shana comenzó a correr en dirección al caballo arrastrándola tras ella al tiempo que manoteaba sin cesar para evitar los guijarros que seguían lloviendo sobre sus cabezas.

Para su sorpresa, sin embargo, la valentía de los granjeros que las acosaban parecía haberse quedado en el mismo suelo donde momentos antes había estado tirada la pelirroja. Ahora, mientras luchaban por cruzar la marea de horcas y aldeanos que intentaban hacerlas retroceder, ninguno se atrevía a acercarse a ellas, a pesar de sus armas y de la apariencia de fragilidad de las dos muchachas.

Shana no quiso darles la oportunidad de cambiar de opinión. Siguió corriendo hacia su montura sin pararse a mirar atrás, aferrando con todas sus fuerzas el delgado brazo de su protegida, y la empujó sin miramientos sobre la silla antes de subir tras ella. La atención de los lugareños las había seguido de cerca, y el animal comenzaba a ponerse nervioso a pesar de la distancia que les separaba de ellos.

Aún algo confundida, se guardó el dinero en la bolsa sin apartar la vista de la granjera ciega. Tenía una sensación extraña, un presentimiento que la había acompañado desde que vio el pueblo a lo lejos, mientras bajaba la montaña. De que todo era demasiado diferente y nada encajaba del todo.

Con cautela, pero segura de que la discusión había terminado ya, se acercó a uno de los animales que el posadero tenía en los establos. No era gran cosa, pero desde luego sería mejor montura que la bestia medio muerta que habían intentado venderle en un principio. Con esta, al menos podría llegar al próximo pueblo parando una o dos veces al día, siempre y cuando se ciñese al camino.

Se despidió escuetamente de la anciana, agradeciéndole la ayuda que le había prestado con el posadero. Seguía sin comprender muy bien las razones que la habían llevado a intervenir, pero siempre era de agradecer una mano amiga en un mundo donde cada cual velaba sólo por su propio interés.

El animal no era el más rápido que había visto, pero las calzadas estaban mucho más cuidadas de lo que recordaba y fue capaz de avanzar en apenas una semana lo que a pie le hubiera costado casi dos. Pero de nuevo, la encrucijada que se abría a orillas del Kaäreva había cambiado tanto que estaba casi irreconocible.

Lo que antaño fue una taberna de paso estaba ahora rodeada de pequeñas casitas que habían formado a su alrededor una aldea de tamaño considerable. Un par de granjas parecían haber florecido gracias a la cercanía del río, mientras que una diminuta cabaña algo apartada daba cobijo al que suponía que era el cazador o curandero asentado en la zona. Y sin embargo, a pesar del sorprendente crecimiento de la población, las calles estaban desiertas.

Tiró de las riendas para reducir la velocidad, y maniobró por las calles para sortear las gallinas y los perros que pacían sueltos fuera de sus casas. Veía ya a lo lejos el puente de madera que cruzaba el río cuando el viento arrastró hasta sus oídos los gritos e improperios de una turba enfurecida.

Con más curiosidad que prudencia, Shana se desvió de su rumbo para tratar de averiguar el origen de la trifulca, y cuando por fín se acercó lo suficiente para ver lo que ocurría, se le revolvió el estómago y las nauseas le atenazaron la garganta.

Contempló con horror como casi una docena de campesinos rabiosos amenazaban con palos y horcas a una pobre chica a la que parecían haber sacado a rastras de la taberna. Ella se encogía en el suelo intentando amortiguar la paliza, con los cabellos largos y rojizos que le ocultaban el rostro manchados de sangre y barro. Y por el temblor de sus brazos al cubrirse la cabeza casi con desesperación, Shana estaba segura de que no soportaría un solo golpe más.

La muchacha dudó unos segundos, revolviéndose entre la necesidad de ayudar a aquella pobre chica y la urgencia de salir de allí lo más rápido posible para evitar meterse en problemas. Pero cuando un grito de dolor anunció otro golpe certero, no pudo soportarlo más y espoleó al caballo suavemente para seguir avanzando. No podía dejarla ahí.

La vieja tiró de ella, obligándola a ponerse a su altura. Sus ojos, empañados con la niebla de la edad, parecían ver en una dimensión negada al resto de los mortales.

—¿Qué has dicho?—La pregunta la cogió de improviso.

—El caballo está medio muerto— respondió dubitativa—. Ni un niño podría montar más de una hora sin matarlo de agotamiento.

La muchacha miró al criado por el rabillo del ojo, solo para comprobar que estaba mucho más alarmado por la aparición de la mujer de lo que estaba ella. Trató de soltarse de su agarre con delicadeza, pero era mucho más fuerte de lo que habría esperado de alguien de su edad.

—¡JA!— confirmó con satisfacción antes de girarse en dirección al chico—. Dile a Ealdan que esta vez ha ido demasiado lejos. ¡Que salga aquí ahora mismo a devolverle el dinero o me ocuparé personalmente de que sus cabras no vuelvan a dar una gota de leche!

Shana frunció el ceño, más curiosa que asustada. Sin embargo, el mozo de cuadras se quedó lívido de la impresión. Sin esperar un segundo a que repitiera la orden, se dio la vuelta y entró en la posada corriendo como si le persiguiera una jauría de lobos.

—No me reconoces—habló de nuevo la anciana—, pero yo a ti sí. Llegaste a mi puerta hace muchos años, con la bruja de la montaña. Apenas dijiste nada, pero tengo muy buen oído, ¿no crees?— terminó con una carcajada.

Y entonces se dio cuenta. La mirada al infinito que parecía atravesarla por completo. El escalofrío que la recorría la espalda cuando aquellos ojos pálidos se clavaban en ella. A pesar del cabello gris y las arrugas que le plagaban el rostro, aún podía reconocer los rasgos de la granjera que les había dado las provisiones dos años atrás.

—No es posible— musitó asombrada, negando con la cabeza. Aquella mujer debía haber vivido al menos cincuenta veranos, pero quien las había recibido al llegar al pueblo no podía tener más de treinta—. No puede ser.

La anciana sacudió la cabeza, una sonrisa desdentada asomándose al rostro surcado de arrugas. Parecía contenta de verla, aunque apenas la había visto unos instantes mientras esperaba a que Aletheia cargara la mula.

—¡Aquí estás!— exclamó con voz enfadada en cuando el posadero salió del edificio una expresión de desazón similar a la que había visto en el mozo de cuadras— ¡Dame eso!

Le arrebató el dinero de las manos antes de que tuviera tiempo de reaccionar y, ante el asombro de todos los presentes, mordió la moneda de oro con toda la fuerza de la que fue capaz.

—¡Idiota!— bramó con rabia empuñando el cielo en la mano derecha— ¿Te atreves a robar de la hechicera?¿Ya se te ha olvidado lo que ocurrió la última vez?¿O es que tus padres no te han enseñado nada?

—¡Estás loca!— respondió él también a gritos— ¡Hace veinte años que nadie sube ni baja de ahí!

La muchacha observaba la escena desde su sitio, completamente anonadada. La rabia que sentía hasta hacía tan solo unos minutos había desaparecido por completo, y en su mente bailaban fragmentos de información que no terminaba de comprender. No tenía claro cuánto tiempo había estado así antes de que la mujer se percatara, pero el tacto de los nobles de plata en sus manos la hizo volver a la realidad.

—Ese dinero es tuyo— declaró la anciana con firmeza—. Una moneda de oro es suficiente para pagar todo lo que te ha dado este usurero. Ahora coge un caballo y vete. Estoy segura de que tienes cosas más importantes que hacer que ponerte al día con esta vieja.