Parte X: Aletheia

12/06/2016

Discúlpame.– Respondió rápidamente ella, y un atisbo de rubor cruzó su delicado rostro como un relámpago.- Puedes llamarme Aletheia. Será lo más fácil para ti.

Shana se quedó observando la puerta largo rato después de que la hechicera desapareciera en alguna otra habitación de la casa. Era demasiada información para procesar en tan poco tiempo, y a pesar de que el mago le había advertido de ello, tratar de comprenderlo todo le estaba provocando dolor de cabeza.

Le costó conciliar el sueño aquella noche, pero cuando por fin logró dormirse no despertó hasta bien entrado el mediodía. Se levantó más descansada de lo que había estado en días, llena de energía y con la sensación de llevar allí tumbada más de una década. Como si la mera influencia de aquél valle fuese capaz de renovar todas sus fuerzas por arte de magia.

Algo desorientada al principio, la muchacha recorrió la casita en busca de la elfa y, al no encontrarla, salió al exterior y continuó indagando. Deambuló por la orilla del lago, por los alrededores de la cabaña y, finalmente, se internó en el frondoso bosquecillo que se extendía tras ella.

Caminó un buen rato antes de encontrar el claro dónde  se hallaba la hechicera. De pie frente a un sobrio altar, murmuraba para sí misma unas palabras que la chiquilla no llegó a comprender. Y aunque algo inquieta por interrumpir el ritual que estaba llevando a cabo con tanto esmero, la niña carraspeó con fuerza y dio un amplio paso en su dirección.

Ya estás aquí.– La bruja dejó de recitar sus letanías al oírla llegar, y dirigió a ella sin volverse.- Estuve esperando un buen rato a que salieras, pero parecías estar demasiado cansada. Se hacía tarde y no te despertabas, así que vine al bosque.

Yo…– Shana agachó la cabeza avergonzada.- Lo siento.

Bueno.– Le dio la espalda al altar y se giró totalmente para poder hablar con la muchacha frente a frente.- Ahora ya podemos empezar.

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¿Y no te sientes sola?.– Inquirió la muchacha con curiosidad. Aún recordaba con demasiada claridad los primeros años en el castillo de Jashn. E incluso en aquel momento, perder lo más parecido a un amigo que había tenido desde que partió aún la hacía sentirse vacía.

La bruja enarcó una ceja sorprendida, y su mirada buscó instintivamente la silueta del animal. Pero sabía a qué se refería la chiquilla, y negó suavemente con la cabeza antes de contestar.

– De vez en cuando bajamos al pueblo a comprar lo que no podemos cultivar aquí.– Hizo una breve pausa, intentando hallar la mejor forma de explicarse.- En ocasiones echo de menos a mi gente, pero no me siento sola. La magia de este lugar está conectada con la de mi tierra, y se que si ocurriese algo grave me sería mostrado casi en el mismo instante.

La niña entrecerró los ojos unos segundos y se frotó las sienes, en un esfuerzo por comprender lo que acababa de oír. No le encontraba ningún sentido, pero la hechicera parecía tan segura de lo que decía que no se atrevió a poner en duda sus palabras.

Ven.– Murmuró la bruja al ver cómo, incapaz de reprimir un bostezo, Shana se llevaba las manos a la boca para tratar de cubrirse sin demasiado éxito.- Te llevaré a tu habitación.

¿A mi habitación?.- Preguntó la muchacha somnolienta.

¿Dónde pretendías dormir?.- Respondió la bruja con media sonrisa.- Nada aquí es lo que parece. Pensé que ya te habrías dado cuenta.

La chiquilla exhaló un largo suspiro y asintió sin ganas. Se levantó del suelo y caminó lentamente tras su anfitriona hasta llegar al umbral de la diminuta cabaña que crecía desde el centro de los troncos de los árboles. Al acercarse, las ramas que obstruían la entrada se abrieron por si solas para dejarlas pasar.

Tal como le había revelado momentos antes,nada en aquel valle era tan sencillo como parecía a simple vista. El interior de la chabola no se correspondía en absoluto con el tamaño que se intuía desde fuera, e incluso le pareció ver unas escaleras al fondo que conducían a un segundo piso.

Siguió a la elfa a través de la amplia sala hasta una puerta algo más pequeña, junto a una mesa redonda de madera. Todo allí era del mismo material, y no parecía haber nada fabricado por la mano del hombre. Cuando el árbol las dejó continuar, descubrió un cuarto espacioso y pulcramente amueblado, que se iluminaba tenuemente con la luz plateada de la luna que se filtraba por un angosto ventanuco.

Se que no es demasiado, pero es tuyo.– La hechicera se retiró a un lado para dejarla sitio y le hizo un gesto para que entrase.

Shana cruzó el umbral fascinada, paseando la mirada por la reducida estancia. No tenía más que una cama, una mesita con su asiento y un estrecho armario en la pared del fondo, pero a ella le pareció todo un lujo. Y aunque no veía una chimenea por ninguna parte, la temperatura era agradable, y no notaba rastro alguno de humedad.

Con calma, la niña se acercó al lecho y se sentó en uno de los bordes. El colchón parecía de plumas, y era mucho más mullido que la paja a la que estaba acostumbrada a utilizar. Después de tanto tiempo a la intemperie, aquello era mejor que cualquier palacio.

Gracias.– Susurró la muchacha, volviéndose sobrecogida hacia la puerta.

Descansa.– La elfa sonrió y se giró para marcharse.- Mañana nos levantaremos con las primeras luces del alba.

¡Espera!.– Exclamó de pronto la niña, súbitamente despejada. La bruja se dio la vuelta y la miró con extrañeza.- Aún no me has dicho tu nombre.

La elfa sonrió al ver el cambio en su rostro.

Vamos.– Susurró con brillo en los ojos, invitándola a seguir la senda tras ella.- Te lo enseñaré todo.

La niña dudó unos instantes, pero no tardó en imitarla. Se quitó las botas, y en aquel instante comprendió la razón de que la hechicera llevara sus sandalias en la mano cuando se encontraron en la plaza del pueblo. La mullida alfombra de hierba le hacía cosquillas en las plantas de los pies, tan suave y espesa que le parecía estar caminando sobre las nubes.

La brisa también era distinta. Mientras que fuera del valle hacía frío, y una llovizna intermitente continuaba cubriéndolo todo con una fina capa de escarcha, en el interior el aire era cálido, y el cielo se teñía con los colores violetas de un atardecer de verano. Era una sensación extraña, pero agradable al mismo tiempo.

La muchacha continuó andando sobre la hierba, siguiendo a su anfitriona hasta la linde de un denso bosque de abetos. Casi imperceptible, una casita de madera crecía a pocos pasos de la arboleda, tan viva como la vegetación que se arremolinaba a su alrededor.

Parecía salido de un sueño. Jamás en toda su vida había visto nada igual. Incluso las nubes eran de un blanco tan puro como ningun otro que hubiera contemplado antes. Pensó en Ayken, y en Iohan, y deseó con todas sus fuerzas que estuvieran allí con ella. Pero no era posible.

Explora cuanto quieras.– Murmuró la elfa con un amplio gesto de la mano.- Ponte cómoda. Date un baño. Eres libre de andar por donde te plazca.

Shana asintió, con la mirada triste deambulando por el terreno abierto. Se dio la vuelta, y dejó que sus pasos la condujeran al lago de aguas cristalinas que brotaba unos metros más allá.  Era hermoso.

Con un profundo suspiro, la niña se sentó en la orilla y sumergió sus pies descalzos en las tranquilas aguas. Y sin poder contenerse por más tiempo, escondió la cara entre las manos y dejó que las lágrimas afloraran a su rostro sin control.

La superficie transparente de la laguna se enturbió ligeramente, formando pequeñas ondas que se expandieron con lentitud. La chiquilla contuvo un sollozo, y observó el estanque a través del llanto que anegaba sus ojos castaños. Si no fuera completamente imposible, hubiese jurado que todo el valle lloraba con ella.

No sabía con exactitud cuánto tiempo llevaba allí. El apacible lago era un remanso de quietud y calma que, a pesar de todo lo que había ocurrido, lograba de alguna forma aliviar el peso que le oprimía el estómago desde el día anterior.

El sol había desaparecido hacía rato tras el horizonte, y las estrellas se reflejaban relucientes en la superficie de la laguna cuando la hechicera se decidió por fin a ir a buscarla. Carraspeó un par de veces para llamar su atención, y cuando estuvo completamente segura de que la había visto llegar, se sentó junto a ella.

¿Te encuentras mejor?.– Preguntó en voz baja.

Shana se encogió de hombros, con la mirada perdida más allá de las montañas.

Supongo.– Tras unos momentos de silencio, se giró hacia la elfa con timidez.- ¿Qué es en realidad este sitio?

Un templo antiguo.– Respondió ella con una sonrisa, quitándole importancia al asunto.- Un santuario construido por mi pueblo hace muchas eras, un lugar donde poder celebrar sus ritos sin contrariar a los humanos.

¿Cómo los Teh’ram?

Algo parecido, sí.– Ladeó la cabeza pensativa, y una cascada de cabello plateado cayó sobre sus hombros entre destellos nacarados.- Aunque hace ya muchas décadas que no vive nadie más aquí. Sólo estamos Da’ahla y yo. Y ahora tú, por supuesto.


Continúa leyendo en la Parte IX: Nuevo hogar.

La bruja trató en vano de hacerla volver en si. La arrastró como buenamente pudo hasta una zona más resguardada, bajo un pequeño saliente de roca lo suficientemente amplio como para que las dos se protegieran del temporal. Una vez allí, sacó de las alforjas de Da’hala algunas hierbas secas y un poco de pan y queso para la cena.

Con un gesto de genuina preocupación, la elfa se acercó con la comida en la mano y se la ofreció a la chiquilla sin decir una sola palabra. Entendía que necesitase tiempo para asimilar lo que acababa de suceder, y ahora que estaban a cubierto y fuera de peligro, podía darle todo el espacio que necesitara. Al menos hasta el amanecer del día siguiente.

Pero la muchacha no tocó ninguno de los alimentos que le había entregado la hechicera. Ni siquiera cuando ésta sacó un par de piezas de fruta e insistió en que comiera algo, fue incapaz de reunir las fuerzas suficientes para probar un solo bocado.

Tras la frugal cena, la elfa murmuró una breve letanía para encender una fogata y mantener el calor durante la noche, esperando quizás que la niña se recuperara un poco de la impresión que acababa de sufrir. Pero una vez más, no logró que se moviera de donde estaba.

Permaneció totalmente quieta, observando hipnotizada la magnética danza de las llamas zarandeadas por el viento. La tormenta fue amainando, y la luna brilló tenue en lo alto del firmamento iluminando con su luz plateada la escarpada ladera de la montaña. Pero a pesar del cansancio que la embargaba, no pudo dormir en toda la noche.

El reflejo de los primeros rayos de sol la hizo despertar de sus ensoñaciones. Del fuego sólo quedaban ya los rescoldos, fríos desde hacía rato, y la hechicera servía sendas tazas de té caliente para el desayuno. Cuando acabó, se giró hacia la mula y colgó de sus bridas el saco medio vacío de alfalfa.

La chiquilla se forzó a beber un sorbo, y tragó con dificultad la humeante infusión. Tenía un sabor extraño que no acababa de reconocer, y en un principio pensó que no sería capaz de mantenerla en el estómago. O tal vez fuese sólo aquel estado de apatía constante que se había apoderado de ella al ver a Iohan caer por el acantilado.

La bruja trató de entablar conversación en un par de ocasiones, intentando desviar su atención del accidente. Pero no obtuvo ninguna respuesta, ni siquiera un gesto. La muchacha siguió andando con la mirada perdida, un paso tras otro como quien tararea involuntariamente una cancioncilla aprendida desde la más tierna infancia.

Pese al empeño de la hechicera por aliviar la tensión, fue finalmente la idílica visión del valle oculto de los elfos lo que logró hacer que la niña reaccionara de una vez por todas. Y es que cuando cruzaron el umbral invisible del santuario, la roca cubierta de nieve que les había acompañado desde que dejaron el pueblo dejó paso a una extensa pradera repleta de flores estrelladas.

Asombrada, Shana entornó los ojos para protegerse de la luz del sol, y por primera vez desde que comenzaron el ascenso, contempló el paisaje que la rodeaba con verdadero interés. El brillo dorado del astro rey iluminaba la verde llanura con matices de color violeta y añil, convirtiendo el atardecer en algo mágico.

La mula olvidó de pronto sus obligaciones, y sin esperar orden alguna de su dueña, se adentró trotando en la campiña mostrándole un sendero que de otra forma no habría sido capaz de ver. Y por un momento, la tristeza que embargaba a la muchacha desapareció de su mente, llevándose consigo las oscuras imágenes de la noche anterior.


Continúa leyendo en la Parte VIII: El santuario de los elfos.

La hechicera se dio la vuelta sobresaltada, sujetando las bridas con todas sus fuerzas. Pero no estaba lo suficientemente cerca para llegar hasta la muchacha, y soltar las riendas en aquel momento podría hacer que la mula perdiera el equilibrio condenando a ambas a la muerte.

Una nueva sacudida zarandeó a la aterrorizada chiquilla, que gritó aún más fuerte mientras miraba con pavor como la grava que se desprendía desaparecía colina abajo. Sus pies no encontraban apoyo ninguno, y la lluvia cada vez más intensa hacía dificil sujetarse a nada.

La niña aún trataba de agarrarse a algún saliente lo suficientemente estable sobre el acantilado, cuando una mano ancha y morena apareció frente a ella como salida de la nada. Alzó la vista confundida, aferrándose a la cuerda de tal forma que sus nudillos perdieron todo atisbo de color debido al esfuerzo.

En el angosto sendero, justo en el lugar donde había estado la muchacha segundos antes, Iohan se estiraba lo imposible para alcanzarla y ayudarla a subir. Tirado en el camino, con medio cuerpo colgando fuera de la estrecha calzada, trataba en vano de  cogerla por las muñecas e impulsarla hasta suelo firme.

Shana soltó la soga, alzando la diestra con desesperación en busca de los brazos tendidos de su amigo. Y quiso la suerte que, a pesar de la lluvia cada vez más intensa, lograra sujetarse a él con la suficiente firmeza.

Un rayo iluminó el cielo oscurecido por la tormenta, alumbrando por unos instantes la diminuta aldea que descansaba en el fondo del precipicio. Ansiosa por ponerse a salvo de una vez por todas, la muchacha apoyó los pies sobre la irregular pared de roca y tiró del chico con todas sus fuerzas.

Un repentino vendaval les echó encima una cortina de agua, cegándoles momentáneamente. El muchacho tosió, gruñó y trató de levantarse, cargando con el peso de la chiquilla y con el suyo propio. Pero el suelo estaba lleno de gravilla, y resbaladizo a causa del temporal, y sus gastados zapatos de tela no estaban preparados para aquel terreno.

Resbaló. En el mismo instante en que la niña lograba por fin subir el último tramo del abrupto desfiladero, el muchacho trastabilló y, sin nada a lo que agarrarse, se precipitó de cabeza al vacío. Cayó a toda velocidad, casi llevándose consigo a la sobresaltada Shana mientras, con un aullido desgarrador, trataba de no soltarse de su abrazo.

Y chilló. Chilló hasta que la garganta se le quedó seca. Chilló hasta que se quedó sin voz, y de sus labios tan solo brotó un gemido ronco que pronto se fundió con los ecos de la tempestad. Aún se escuchaban sus gritos resonar a través del rugir del viento cuando su silueta desapareció en las profundidades del abismo.

La muchacha se quedó paralizada. Un escalofrío le recorrió la espalda, y temblaba sin control sin poder apartar la mirada de la oscuridad que envolvía la sima. No reaccionaba tampoco a las alarmadas palabras de la elfa, que de alguna forma había conseguido sortear a la mula y llegar hasta ella para apartarla del borde del precipicio.

Oía la voz melodiosa de la hechicera, pero no escuchaba lo que decía. Con las manos aún extendidas frente a ella, la niña luchaba por coger una nueva bocanada de aire mientras los alaridos aterrorizados del pequeño delincuente retumbaban en sus oídos tan claros como si nunca se hubiese separado de su lado.

Como sonámbula, shana se dejó llevar al otro lado del estrecho desfiladero. Estaba empapada, y el agua de la lluvia le corría por las mejillas formando gruesos regueros que se mezclaban con sus propias lágrimas antes de desaparecer. Pero no parecía darse cuenta de nada.


Continúa leyendo en la Parte VII: No hay vuelta atrás.

La elfa no parecía advertir la humedad, ni el frío cada vez más penetrante a medida que se acercaban a la cima. Aquella lluvia cada vez más persistente no era más que el preludio de la tempestad que se les venía encima pero, en lugar de buscar cobijo,la hechicera seguía azuzando a la mula para avanzar más rápido.

Y continuaron subiendo. Cuando empezaron a rugirle las tripas la bruja rebuscó en las alforjas y le tendió una pieza de fruta fresca, pero apenas la permitió detenerse unos minutos a descansar. La niña jadeó con esfuerzo una vez más. Tenía las botas de cuero llenas de agua y barro, y empezaban a dolerle las plantas de los pies.

Puedes dejar tus cosas en las alforjas de Da’ahla.- Comentó la hechicera señalando a la mula, al ver la expresión de cansancio en el rostro de la muchacha.- Disculpa si no paramos, pero el temporal está a punto de alcanzarnos y promete ser mucho más intenso de lo que esperaba. Tenemos que cruzar el desfiladero antes de que nos caiga encima o estaremos atrapadas en mitad de la montaña hasta que amaine.

Estoy bien.– Mintió Shana, enderezando la espalda tanto como fue capaz.- Puedo seguir.

La bruja asintió con la cabeza. No insistió, sino que continuó caminando a pesar de que resultaba evidente que no se había creído el engaño de la chiquilla. Sin embargo, tras mirarla de reojo en un par de ocasiones, acabó por bajar el ritmo de la caminata para que se pudiera tomar un respiro.

El trayecto a partir de aquel instante lo hicieron bastante más despacio, a pesar de los constantes esfuerzos de la niña por mantener el paso que habían llevado hasta entonces. Pero por mucho que lo intentaba no le quedaban fuerzas, y tardaron horas en llegar por fin al estrecho paso del que le había hablado la elfa.

Era casi media tarde, y el sol finalizaba ya su descenso hacia el horizonte. Aprovechando el poco tiempo que les quedaba de luz, la hechicera sacó una cuerda de las alforjas y ató un extremo a los aparejos del animal, tendiéndole el otro a la muchacha  para que se la anudara en torno a la cintura.

Shana se asomó temerosa al precipicio. Escarpado y repleto de afiladas rocas que sobresalían aquí y allá, era mucho más alto que cualquier torre en la que hubiera estado antes. A esa distancia del valle, toda precaución era poca.

Con cautela, la fatigada chiquilla comenzó a caminar tras la mula, con la espalda completamente pegada a la helada pared de piedra. El terreno estaba mojado y resbaladizo, y cualquier paso en falso podía hacerla terminar en el fondo del acantilado por mucho cuidado que tuviera.

Pero andar tras el animal la estaba poniendo nerviosa. Iban mucha más lentas de lo que ella hubiese querido, lo que significaba más tiempo en el estrecho paso. Además, la mayor parte del tiempo no se atrevía a dejar de mirar el suelo, como si de esa forma fuese a conseguir que sus botas pisaran el camino con más firmeza. Pero no fue asi.

Demasiado preocupada en sortear las zonas cubiertas de oscuros líquenes húmedos por la continua lluvia, la niña no se dio cuenta de que una de las rocas delante de ella estaba a punto de resquebrajarse. Y tras el golpeteo sordo de los cascos de la mula al pasar por encima, el peso de Shana fue suficiente para que se rompiera del todo.

Un alarido de terror emergió de sus labios al notar como el suelo cedía bajo sus pies. La cuerda que la mantenía suspendida en el aire estaba tensa, y se balanceaba con violencia con cada movimiento del animal, que luchaba desesperadamente por mantenerse firme y no precipitarse al vacío tras ella.


Continúa leyendo en la Parte VI: La tormenta.

¿Estás lista?.- Preguntó con sus ojos azules clavados en los de la niña.

Os acompaño.– Sentenció Iohan sin dejarla responder, y dio un paso al frente para enfatizar aún más sus palabras.

La elfa exhaló un profundo suspiro. No parecía estar acostumbrada a tratar con chiquillos que le llevasen la contraria, y se la veía incómoda intentando hacerles entrar en razón sin provocar una disputa. Lo más probable era que sólo se acercara al pueblo muy de vez en cuando, a comprar provisiones.

Este camino debe recorrerlo sola.– Explicó pacientemente una vez más.- Lo siento de veras, pero no puedo permitir que vengas con nosotras.– Extrajo del monedero unos cielos de oro y se los colocó al chico en la palma de la mano.- Toma. Con esto podrás comprar una montura y volver a casa sin miedo a pasar hambre. Por favor, no lo hagas más difìcil.

El rostro de Iohan enrojeció bruscamente, y hubiese cometido una estupidez si la hechicera, mucho más rápida que él, no le hubiera lanzado algún tipo de embrujo para dejarle completamente inmóvil. Shana hizo ademán de acercarse al muchacho, preocupada, pero la elfa de lo impidió con un gesto.

Se le pasará.– Aseguró con tristeza.- Aunque ya estaremos demasiado lejos de aquí para que nos siga. Como he dicho antes, esto debes hacerlo tú sola.– Se dio media vuelta y tiró suavemente de las riendas de la mula.- Ahora vamos. Tenemos mucho camino por delante y el sol ya está demasiado alto.

Le rodeó los hombros con el brazo, guiándola con gentileza mientras azuzaba al animal hacia la empinada ladera de la montaña. Ante ellas, tras un solitario arbusto desprovisto de bayas, un sendero pedregoso y serpenteante comenzaba el agotador ascenso hasta la cima.

Shana se dejó llevar por la hechicera sin articular una sola palabra de protesta. Llegados a aquel punto, poco tenía que decir acerca de lo que iba a pasar a continuación. Había tomado una decisión al ir tras la elfa, y ahora no le quedaba más opción que mantenerse fiel a ella.

El maestro Ilkin me dijo que podrías enseñarme a controlar las visiones.– Murmuró tras lo que se le antojaron varias horas de absoluto silencio.

Te enseñaré eso y mucho más.– Asintió la bruja con una gran sonrisa.- Si estás dispuesta a aprenderlo.

Sí, claro.– Se apresuró a responder la niña.- Claro que quiero, pero…– Dudó unos segundos antes de decidirse a formular la pregunta en voz alta.- Pero no lo entiendo. ¿Por qué Iohan no puede venir?

El lugar al que nos dirigimos es uno muy especial.– Explicó la hechicera con calma, sorteando un gran charco de lodo que se había formado en mitad del camino.- Pertenece a los primeros elfos que poblaron estas tierras, mucho antes de que los humanos llegarais y formaseis ese asentamiento en el valle.– Una tenue llovizna, casi imperceptible, había comenzado a caer sin previo aviso, entorpeciendo enormemente el ya de por sí precario ascenso.- No a todo el mundo se le permite entrar.

Oh.– Musitó la muchacha, asombrada y decepcionada al mismo tiempo.

La niña enmudeció, sin saber qué más decir. Estaba claro que no lograría hacerla cambiar de opinión. A pesar de que parecía mucho más cómoda ahora que se encontraban lejos del pueblo, su guía seguía sin ser demasiado habladora.

Con un profundo suspiro, Shana cerró los ojos por un instante y utilizó una de las mangas de su vestido para tratar de secarse la frente empapada por la lluvia. El viento arreciaba y, aunque la montaña le impedía ver el otro lado, el color oscuro y ceniciento de las nubes que cubrían el cielo era una señal más que suficiente de la fuerte tormenta que se acercaba por el este.


Continúa leyendo en la Parte V: El paso de los aullidos.