No fue hasta mucho más tarde, casi una semana después de partir, cuando a Iohan se le ocurrió una idea mejor para ocupar el tiempo que quedaba de luz antes del anochecer, una vez preparada la hoguera junto a la que habían decidido acampar aquel día. Utilizando un par de ramas más o menos gruesas que había encontrado por el camino, improvisó un par de bastones e instó a Shana a practicar con él.

Con torpeza al principio y luego con algo más de soltura, la niña aprendió a usar aquellos palos para defenderse. Apenas lograba hacer correctamente un par de movimientos y, aunque el chico hacía lo posible por enseñarle lo más básico, no era precisamente un luchador experto. Por otra parte, la chiquilla tenía buenos reflejos, y eso jugaba en su favor.

Avistaron por fin la aldea en el ocaso del décimo día, demasiado lejos aún como para alcanzarla antes de que los últimos resquicios de luz desaparecieran tras el vasto horizonte. Y a pesar de la insistencia de Shana, que quería seguir andando en las tinieblas para llegar cuanto antes al pequeño poblado, el muchacho logró salirse con la suya y esperar hasta el amanecer.

Encendieron una fogata a un lado del estrecho camino y acamparon allí, a la intemperie, sin querer alejarse demasiado. Después de todo no habría nadie despierto a aquellas horas oscuras en las que la luna campaba a sus anchas por el cielo. Demasiado tarde para que los mesoneros mantuvieran abiertas sus cantinas pero no tan temprano como para que los primeros jornaleros hubieran de salir al campo, había muy pocas posibilidades de encontrar a su bruja.

Así que descansaron. Cubriéndose con las mantas y tan cerca del fuego como pudieron estar sin quemarse para burlar al frío, los muchachos se acostaron para tratar de dormir un poco. Incluso hicieron turnos de vigilancia para asegurarse de que la hoguera no se apagase, a pesar de que Shana estaba tan nerviosa que apenas pudo pegar ojo en toda la noche.

Se levantaron con los primeros rayos de sol. El rocío de la mañana había apagado las brasas por completo, y con las cenizas y los restos de leña húmedos, les resultó imposible volver a encender la llama. Por suerte el pueblo no se hallaba a mucha distancia, y con los últimos pedazos de queso que les quedaban para matar el hambre, los chiquillos apretaron el paso y se dirigieron hacia allí.

Cuando alcanzaron la aldea, las angostas callejuelas que serpenteaban entre las casitas de adobe y paja comenzaban ya a llenarse de labriegos que salían a trabajar. Muchas de las chimeneas escupían en grandes bocanadas el humo negro que salía de los hogares, y en la granja más cercana las gallinas protestaban con alboroto ante la ausencia de sus huevos.

Todo allí parecía tan rutinario y vulgar como en cualquier otro lugar del mundo. Los campesinos iban de aquí para allá ocupándose de sus cosas, se escuchaban gritos, saludos y maldiciones, y más de una vez en su recorrido se tuvieron que apartar a todo correr para evitar los cubos de agua sucia que lanzaban sin mirar desde las ventanas. No había nada fuera de lugar. Nada excepto ella.

Al fondo, en el centro mismo de la aldea, una pequeña plaza circular bullía de actividad. Y en el medio, justo frente a una estatua de piedra blanca de cuyas manos brotaba un manantial, una figura alta y esbelta esperaba de pie, completamente inmóvil, con unos grandes ojos azules fijos en los dos muchachos.

Aquella mujer era casi tan alta como cualquier hombre, de talle fino y cabellos largos y plateados. Y a pesar de que no había llegado aún el final del invierno, se cubría el cuerpo con un vestido de gasa blanca que ondeaba al viento dejando ver sus pies descalzos.


Continúa leyendo en el Capítulo Cinco, Parte I: La bruja de las montañas.

 

El dueño de la casa arrugó la frente al verlos, evaluándolos con la mirada. No parecían más que un par de niños sucios y hambrientos que vagabundeaban por los caminos pero, al advertir el reflejo de las monedas que Shana aún tenía entre las manos, su expresión se suavizó y abrió por completo la pesada puerta de madera

¿Vais a entrar o no?.– Gruñó con voz ronca y, sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se encaminó a grandes pasos hacia un largo mostrador.

Los niños se quedaron paralizados durante unos segundos, sin saber muy bien cómo reaccionar. Sin embargo no tardaron demasiado en dejar a un lado la sorpresa y el desconcierto de encontrar a alguien de su clase en plena superficie, y acabaron por entrar en la casa tras él.

Shana observó la estancia con detenimiento. Era mucho más grande de lo que les había parecido en un principio, con varias mesas de madera rodeadas de sillas repartidas por la amplia habitación. Una chimenea ardía tranquilamente en una de las esquinas y, más atrás, junto a la barra, unas escaleras bastante empinadas subían hasta el segundo piso. Extraño como pareciera, habían dado con una posada.

Eligieron una mesa cercana a la puerta, se sentaron y esperaron a que el enano volviera a acercarse a ellos para pedirle algo de comer. No obstante, a juzgar por el delicioso olorcillo que salía a través de la pesada cortina colocada tras la barra, su anfitrión ya había empezado a prepararles el almuerzo.

Lo cierto era que, a pesar de haber sido algo brusco cuando llegaron allí, el propietario de la venta sabía bien cómo atender a sus clientes. Apenas habían tenido tiempo de entrar en calor cuando de las cocinas salió una jovencita tan menuda como el anterior, llevando entre las manos una gran escudilla de sopa caliente y dos hogazas de pan recién horneado que los chiquillos devoraron con asombrosa rapidez.

Les prepararon una habitación con dos camas y unas tinajas de agua tibia para el baño, reaccionando antes incluso de que la niña tuviera la oportunidad de pedirlo. La posada estaba casi vacía, y sin nadie más que requiriese la atención del mesonero y su hija, Shana no tuvo problemas para arrinconar al robusto enano e interrogarle concienzudamente sobre el mejor y más corto camino que tendrían que seguir para llegar cuanto antes a las montañas.

Aprovechó también la ocasión para renovar sus mantas y lavar sus ropas, y quiso la suerte que aún le quedara suficiente dinero para comprar queso y cecina, y un pellejo de cerdo que no tardó en llenar con agua dulce. No era gran cosa, pero al menos no tendrían que preocuparse por el hambre y la sed en lo que les quedaba de viaje.

No había amanecido aún cuando se pusieron de nuevo en marcha, mucho más frescos que el día anterior y con bastante menos dinero en los bolsillos. De todas formas, con los hatillos mejor abastecidos y los estómagos bien llenos, la semana y media de viaje que tenían por delante se les hacía un poco más llevadera.

Las sucesivas jornadas que pasaron juntos, recorriendo el embarrado sendero que llegaba hasta el anillo montañoso de Ia Kruün, transcurrieron tranquilos y monótonos. Se levantaban al salir el sol y acampaban cuando ya se había puesto, apurando las horas de luz mientras las piernas les permitiesen seguir andando.

Pasaron tardes enteras hablando para ignorar el cansancio, llenando las horas con charlas banales que se iban volviendo algo más personales a medida que los muchachos cogían confianza. Pasaron días en los que se paraban lo justo para recuperar el aliento, hasta que se vieron obligados a bajar el ritmo antes de que el agotamiento les hiciera caer exhaustos antes de llegar a su destino.


Continúa leyendo en la Parte XII: El final del camino.

 

Dejando escapar un gemido repleto de frustración, la niña giró sobre sí misma buscando algún signo que le permitiera saber si, como había pensado, vivía alguien en las cercanías. Y llena de desesperación, casi pasó por alto la pequeña casita de leños que se alzaba a un par de kilómetros de la encrucijada, medio oculta por una enorme roca cubierta de musgo.

La chiquilla carraspeó para llamar la atención de su compañero, que seguía intentando descifrar las para él incomprensibles palabras que decoraban el grueso poste. Tenía la mirada fija en las letras grabadas a fuego, con un gesto de concentración que dibujaba finas arrugas en su frente cubierta de sudor.

¿De verdad entiendes esto?.- Preguntó con incredulidad cuando por fín se decidió a desviar la vista de los carteles.

Sí.– Respondió ella sin darle ninguna importancia.- Pero no me sirve de nada si no se cual es el bueno. Preguntemos allí. Quizá se apiaden de nosotros y nos den comida y un techo bajo el que dormir.

Lo dudo mucho.– Murmuró el joven con escepticismo.- Y las montañas están en esa dirección, por cierto.

¿Y cómo sabes tú eso? Creí que no conocías el camino.

Puede que yo no sepa leer.– El chico se encogió de hombros y señaló con la mano el tosco dibujo de unas cumbres nevadas.- Pero se lo que significa eso.

Shana apretó los labios con indignación, hasta formar una fina línea. Había estado tan preocupada por encontrar el maldito pueblo que ni siquiera se había parado a pensar en los burdos grabados que indicaban, de forma más o menos simple, los destinos más habituales de los viajeros. Viajeros que en su mayoría no sabían leer.

Da igual.– Insistió con cabezonería.- Tenemos que ir de todas formas. No nos queda nada de comida.

Ni dinero.– Añadió el chiquillo arrugando la nariz.

Algo hay.– Shana metió la mano entre los pliegues de su falda y extrajo un par de monedas de un bolsillo oculto.- ¿Qué pasa?.- Preguntó sonriente al ver el gesto de estupefacción en el rostro del muchacho.- ¿Pensabas que lo tenía todo guardado en la misma bolsa?

Iohan no respondió. Sacudió la cabeza con asombro y, con un suspiro que no sabía bien si era de admiración o resignación, comenzó a andar hacia la cabaña un poco más animado. Después de todo, quizá sí que pudiesen convencer a los dueños de que les permitieran pasar la noche dentro, e incluso meterse algo caliente en el estómago.

¿Cuanto tienes?.- Susurró con curiosidad el chico tras golpear con fuerza la aldaba de latón que colgaba de la puerta.

Dos cielos.– Contestó la niña también entre susurros, y rebuscó un poco más en sus ropas.- Y un noble de plata. Todo lo demás me lo quitaron tus amigos. Esto no era más que un seguro, como precaución por si me pasaba algo… Bueno. Así. Y es evidente que fue buena idea.

El pequeño delincuente entornó los ojos con suspicacia y abrió la boca para responder, pero antes de que lograra articular sonido alguno, el portón se abrió bruscamente y frente a ellos apareció en su lugar el rostro rollizo de un enano de las montañas.

¡Que está abierto os digo!.- Bramó con el ceño fruncido y las orejas coloradas por el esfuerzo.

El chico olvidó lo que estaba a punto de decir, y dejó caer el brazo al instante mirando cohibido al fornido enano que les observaba desde el umbral con aire impaciente. No podía apartar la vista. No había visto a muchos como él durante sus viajes, y mucho menos tan de cerca.


Continúa leyendo en la Parte XI: La venta de Brokkor.

 

Caminaron durante dos días, apretando el paso para salir cuanto antes del denso bosque y acampando apenas unas pocas horas por la noche, refugiándose bajo los árboles más grandes y frondosos para poder descansar protegidos de la lluvia y el viento.

Paraban tan poco como les era posible, buscaban comida mientras andaban, y Iohan se mantenía siempre unas zancadas por delante para asegurarse de que estaban tomando la dirección correcta. Tuvieron que retroceder en un par de ocasiones para rectificar el rumbo, pero por suerte no se retrasaron demasiado.

Cuando por fin llegaron a la carretera principal, Shana tuvo que detenerse unos segundos antes de decidir qué dirección tomar. Estaba desorientada, no sabía hacia donde estaba la costa o la ciudad desde la que había iniciado su viaje. Y por un instante sus ojos se llenaron de duda, pero no quería alargar el momento más de lo necesario.

Con un atisbo de temor, miró al chico y carraspeó con fuerza para llamar su atención. Nerviosa, dejó que sus labios se curvaran en media sonrisa titubeante y se aclaró la garganta antes de comenzar a hablar.

Te agradezco mucho la ayuda.– Pronunció con cautela al tiempo que extendía la mano hacia él y se la ofrecía.- Pero creo que a partir de aquí podré arreglármelas sola.

Estás de broma, ¿No?.- Preguntó el muchacho totalmente indignado, girándose hacia ella con brusquedad.- ¿Y a dónde quieres que vaya?

Lo… lo siento.– Respondió la niña de inmediato, alzando las manos en señal de rendición.- Perdona. Pensé que ahora que hemos encontrado el camino no querrías… Bueno, después de lo que ha pasado… – Cogió una gran bocanada de aire y volvió a empezar.- Ibais hacia la capital, ¿Verdad?

Tomás conocía a alguien en la ciudad.– Dijo él algo más tranquilo.- Pero yo no tengo a nadie. Ya no.

Lo siento.– Repitió Shana con voz sincera.- Y… ¿A dónde quieres ir?

Pues… A las montañas, ¿No?.– Se cruzó de brazos frente a ella.- Te acompaño. No es que tenga muchas más opciones y, si la historia esa del mago es cierta, igual me dan una recompensa si consigo que llegues entera hasta allí.

La chiquilla puso los ojos en blanco y profirió un par de juramentos en voz muy baja. No podía creer que aún dudara de que lo que contaba era cierto.

Está bien.– Rezongó finalmente.- Ven conmigo. Y supongo que no conocerás el camino, ¿O sí?

Que va.– Iohan negó con la cabeza y se encogió de hombros, como queriendo darle aún más énfasis a su respuesta.- Ni idea.

Bueno, desde aquí no puede ser muy difícil.– Insistió Shana sin querer darse por vencida.- Recuerdo que en el mapa había un río. ¿Conoces alguno, al menos?

El Kaäreva está al este de aquí.– Corroboró el chico.- Es bastante grande.

Tiene que ser ese, entonces.– Sonrió complacida.- En el dibujo parecía que partía la tierra en dos. Y si es tan grande seguro que hay casas por los alrededores.

Por suerte para los dos, la idea de la muchacha no estaba muy alejada de la realidad. Alcanzaron el río Kaäreva en poco más de un día y medio, justo en un punto en el que el camino se bifurcaba hacia el norte y el sur. En el centro de la carretera empedrada, un desvencijado cartel de madera indicaba con grandes flechas la dirección de la capital.

Los chiquillos se acercaron a los letreros sin esperar un solo instante. Pero Iohan sólo fue capaz de identificar el grabado de la casa real, y Shana, demasiado tarde, se dio cuenta de que no conocía el nombre de la aldea que estaba buscando.

Durante un rato no hizo nada. Simplemente se quedó ahí, completamente quieto, con sus grandes ojos castaños abiertos de par en par mientras contemplaba mudo de horror el desfigurado semblante del anciano que hasta el día anterior había liderado la banda de delincuentes.

Estaba en shock. No podía creer que Tomás estuviera realmente muerto. Que lo último que hubiese visto antes de perder la vida no fuera otra cosa que una hoja teñida de sangre en las manos de un templario. Sin nadie a su lado que estuviera dispuesto a ayudarle, como le había ayudado él tantos años atrás.

Shana se acercó al chiquillo con un gesto de preocupación pintado en el rostro tan pronto como reconoció las facciones deformadas del pobre viejo. Avanzó despacio, intentando no romper el pesado silencio que se había apoderado de Iohan al ver el cadáver. Sin embargo, al ver que el chico no reaccionaba, acabó por interrumpir su momento de duelo con todo el tacto del que fue capaz.

¿Te encuentras bien?.– Susurró en voz muy baja, inclinándose a su lado.

El muchacho tragó saliva con dificultad. Asintió levemente con la cabeza, sin molestarse en volver la vista para mirarla a los ojos. Sin embargo, era perfectamente consciente de que no podía quedarse ahí eternamente, y acabó por girarse después de unos largos segundos.

Si.– Respondió unos instantes más tarde con aire decaído.- No pasa nada. Sabían a lo que se exponían.– Se levantó, cogiendo una gran bocanada de aire, y se dio la vuelta para alejarse del cuerpo sin vida de su antiguo protector llevándose a Shana consigo.- Y yo también. Vamos. ¿Has encontrado algo útil por aquí?

Eh… si, bueno. Esa manta de ahí aún puede servir para algo.– La chiquilla torció la nariz en una mueca de escepticismo. No era difícil darse cuenta de cómo trataba de ocultarle lo afectado que estaba por la muerte del bandido, o las gruesas lágrimas que se arrastraban por sus mejillas a pesar de todo el esfuerzo que hacía por evitarlo.- ¿Seguro que estás bien?

Iohan se secó la cara con las mugrientas mangas de su camisa. Se sorbió los mocos un par de veces y esbozó una media sonrisa a través de los rastros de suciedad que se había dibujado en el rostro sin darse cuenta. Luego, con los ojos aún empañados por el llanto, negó con lentitud y exhaló un largo suspiro.

No. Pero lo estaré.– Añadió con voz ronca mientras andaba despacio hacia la hoguera apagada.- Venga, larguémonos de aquí.

El joven se agachó unos segundos para recoger el deteriorado pedazo de lana marrón que Shana había señalado hacía un instante, y la enrolló sobre sí misma para transportarla más fácilmente. Buscó con la mirada cualquier otra cosa que pudieran aprovechar en el viaje, y finalmente, tras unos momentos de duda, alargó la mano y se hizo también con una esterilla agujereada.

No tardaron demasiado en recolectar todo lo que pudieron en lo que quedaba de campamento. Por poco que fuera, por roto que estuviera, al menos les serviría para evitar gran parte de la humedad del suelo donde dormían. Además, podrían cubrirse un poco si comenzaba a lloviznar una vez más. Al fin y al cabo estaban en invierno.

Y con un par de viejas y raídas mantas haciendo las veces de hatillos y una esterilla ajada y a punto de deshacerse al mínimo contacto, los dos chiquillos salieron del campamento rumbo al camino real. Retrasar su partida sólo habría empeorado aún más la situación, minando por completo el ánimo del pequeño delincuente. Lo mejor que podían hacer era dejar atrás todo aquello cuanto antes.


Continúa leyendo en la Parte IX: Hacia en noreste.

 

Parte VII: Huellas

28/02/2016

¿Para qué? ¿Para que se lo contaras todo a esos delincuentes?.– Avanzó despacio hasta colocarse a su lado, y le empujó con suavidad en dirección a donde creía que estaba el viejo campamento.- Podrían haber decidido que la recompensa del Teh’ram bien valía más que lo que pudieran sacar por mi a quien fuera que fuesen a entregarme en la capital.

No habrían hecho eso.– Respondió él, rectificando ligeramente el rumbo.- Además, ¿Por qué iba el Teh’ram a dar una recompensa por tí? Pensaba que no podías hacer magia.

No, no por mí.– Trató de explicarse ella, negando vehementemente con la cabeza.- Por cualquiera que pueda ser sospechoso de pertenecer a la Senda. Yo no valgo nada, pero ese mapa…

¿Y por qué iban a pensar que…?.– Calló de repente.- Oh. Claro. La bruja.– El muchacho alzó las dos manos y se mesó el desordenado cabello, resoplando con pesar.- La verdad es que hay rumores entre los aldeanos. Supongo que un mapa que muestre el camino hasta allí podría meterte en problemas.– Se rascó la coronilla, pensativo.- ¿Y no sabes como es? ¿No la has visto nunca?

Qué va.– Respondió la niña encogiéndose de hombros.- Sólo sé que me está esperando.

Pues siento decirte que vas a llegar tarde.– Manifestó el chiquillo con voz tajante.- Vamos, quizá encontremos algo útil en el campamento.

La indicó con un gesto que siguiera andando, no queriendo alargar mucho más el silencio incómodo que se había apoderado del momento.Tenía la molesta sensación de que había sido un tanto brusco al responder de esa forma, y no estaba seguro de lo importante que realmente era aquél viaje para Shana. Parecía verdaderamente preocupada por llegar a tiempo a su cita.

Continuó avanzando a través de los frondosos arbustos para llegar cuanto antes al claro donde habían dejado a los bandidos el día anterior. Tal vez, si quedaba algún resto por la zona, su atención se centrara en otra cosa y se le levantara un poco el ánimo.

Sin embargo, no esperaba ver lo que finalmente hallaron cuando atravesaron la última muralla de maleza que les separaba del desolado campamento. La hoguera, apagada y fría desde hacía ya muchas horas, estaba rodeada de huellas y marcas de pelea que se extendían en varios metros de distancia.

Aún quedaba alguna manta raída tirada en las cercanías, rota y arrugada, y salpicada de barro y sangre hasta casi ocultar su verdadero color. A pocos pasos, encontraron incluso una espada rota y oxidada que los templarios habían decidido dejar atrás junto con el resto de basura inservible. Pero eso no era lo peor de todo.

En realidad, lo que más impactó al chico fue el cuerpo sin vida que permanecía semioculto entre el follaje, bajo un pequeño arbusto, demasiado cerca de los rastros de la batalla como para pasar desapercibido. En la mano sucia y mugrienta, aún conservaba un cuchillo roñoso que, a juzgar por el fatal desenlace, no había sido de ninguna ayuda.

Iohan se acercó al cadáver con el corazón en un puño. Parecía reticente, como si en realidad no quisiera saber lo que se ocultaba tras las ramas de aquel matorral. Pero no podía evitarlo. La incertidumbre de no saber, el desasosiego que sentía, era mil veces peor que cualquier cosa que pudiera encontrar enterrada en el fango.

Con las manos temblorosas, el chiquillo se arrodilló en un charco teñido de rojo y se inclinó sobre el hombre muerto que yacía frente a él. No hablaba. Casi ni respiraba. Pero finalmente la curiosidad pudo más que el miedo, y alargó el brazo para girar el cuerpo y poder ver el rostro que se escondía bajo aquella máscara de lodo sanguinolento.


Continúa leyendo en la Parte VIII: El líder caído.

 

Shana se detuvo de pronto, sin saber muy bien qué era lo que le resultaba tan familiar de aquél lugar. Se trataba de una sensación persistente, aunque no era capaz de darse cuenta de qué la provocaba. Al menos hasta que vió las cuerdas tiradas en el suelo.

¡Espera!.– Exclamó avanzando rápidamente para agarrarle del hombro y obligarle a detenerse.- Yo ya he estado aquí.

¿Qué?.– Iohan se giró sorprendido.- ¿Cuando?

Eh…Ayer, cuando acampamos.– Miró a su alrededor para asegurarse, pero no cabía ninguna duda.- Aquí es donde me cogieron los templarios. Me desataron.– Señaló en dirección a sus viejas ataduras.- ¿Ves?

Oh. Entonces la hoguera tiene que quedar por aquí cerca.– Al instante, un destello de emoción se reflejó en sus grandes ojos castaños. La niña buscó su mano de forma instintiva, temerosa de que intentara salir corriendo a buscar a los ladrones. Pero el chico no se movió.- Te soltaron.– Murmuró confuso, como si la idea acabara de abrirse paso a través del caos que inundaba su mente.- Te soltaron y aún así te escapaste. ¿Por qué? A ti no iban a hacerte nada.

Bueno, yo…– Retrocedió un paso inconscientemente, repentinamente amedrentada. Pero en aquella ocasión fue el muchacho el que la impidió alejarse más.- No lo se, tuve miedo.

¿Miedo de qué?.– Insistió él.- Buscaban magos, tú misma lo dijiste. Nos buscaban a nosotros.

Shana dejó escapar un suspiro lleno de melancolía y se encogió de hombros, incómoda. Después de todo, podía ser peor. Al menos trataba de averiguar lo que ocurría antes de lanzarse a salvar a sus antiguos compañeros totalmente a ciegas y sin nada con qué defenderse. Qué menos que darle una explicación. Aunque no pudiera contárselo todo.

Es por lo que me pidió aquél mago, en Jashn.– Susurró por fin.- Habrían sospechado algo en cuanto encontraran el mapa entre mis cosas. El pueblo que está marcado no es uno cualquiera…– Titubeó largo rato antes de continuar.- Allí vive una bruja. Se supone que tengo que encontrarme con ella dentro de nueve días.

La niña se mordisqueó con inquietud la uña del dedo meñique, prestando poca o ninguna atención al rostro anonadado del muchacho. Estaba nerviosa. Aún no sabía si había hecho bien en decírselo, aunque visto lo ocurrido tampoco tenía otra opción. Los secretos son secretos por algo, decía siempre su abuelo, hasta que llega la hora de revelarlos.

Sólo esperaba que después de aquello no decidiera marcharse tras los templarios y ofrecerla a ella y a su historia como moneda de cambio por los bandidos. Sin embargo, el chico parecía más consternado por su respuesta que ansioso por entregarla a las autoridades del templo.

La miraba con un gesto de incredulidad, de casi indignación al descubrir que le había ocultado algo semejante. Debía de ser importante, porque lo había guardado en secreto y no parecía demasiado contenta por haber tenido que contárselo. La soltó el brazo, mudo de asombro, y por un segundo Shana pensó que iba a darse la vuelta y a dejarla ahí tirada. Pero por alguna razón no lo hizo.

¿Por qué no me lo habías dicho?.– Preguntó dolido después de permanecer varios minutos perdido en sus pensamientos.- Yo te lo conté. Que tengo magia.

La chiquilla suspiró aliviada. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración, de que llevaba reteniendo el aire de sus pulmones desde que Iohan le dio la espalda. Pero seguía allí, y por el momento no parecía tener que preocuparse de que la delatara. Respiró hondo antes de contestar.


Continúa leyendo en la Parte VII: Huellas.