Si intentas algo no saldrás de esta con vida.– Pronunció aquellas palabras con tal serenidad que se le erizaron los cabellos de la nuca.

La muchacha asintió de nuevo. No tenía la menor intención de provocarles. Con lentitud, acercó las manos a su cintura y comenzó a rasgar cuidadosamente la doble costura en la que había escondido el monedero del mago.

En un instante los bandidos se arremolinaron en torno a su jefe para contar el botín, y ella quedó allí, olvidada en su árbol, con las manos libres de ataduras y sin nada que le impidiese intentar escapar. Dudando, se fijó en el grupo de ladrones. No tendría otra oportunidad.

Los hombres estaban demasiado ocupados para darse cuenta de lo que hacía, y Shana aprovechó aquel momento para liberarse de las cuerdas que inmovilizaban sus pies. Sí lograba llegar al caballo sin que la vieran, no se detendría hasta encontrar refugio o quedar inconsciente, lo que ocurriera antes.

Sin embargo, apenas pudo alejarse unos metros antes de encontrarse frente a frente con el líder de los forajidos, que la miraba fijamente a los ojos. La niña se paró en seco, y el poco color que aún le quedaba en las mejillas desapareció en cuestión de segundos.

Tragó saliva con dificultad, cohibida ante la expresión del anciano. Su sonrisa no había cambiado ni un ápice desde que les entregó la bolsa del hechicero, y su facilidad para mantener la calma estaba empezando a preocuparla. Sabía que no la iban a dejar marchar tan fácilmente.

¿Adonde crees que vas, niña?

Prometiste que me dejaríais ir.– Susurró ella con voz queda.

He… cambiado de opinión.– Respondió él enseñando los dientes podridos.- Hemos pensado que podríamos sacar algo más por tí. Si te han dado tanto por entregar un mensaje, ¿Que no nos darán a nosotros por recuperarlo?.– Hizo una breve pausa para mirar a sus secuaces, que asentían encantados.- Vamos, no pongas esa cara tan larga.– Reprochó mientras la ataba de nuevo y la arrastraba de vuelta a su sitio, aunque en aquella ocasión se aseguró de anudar la cuerda a las raíces más resistentes.- Pagarán. Nos aseguraremos de ello, ¿Verdad, chicos?

Un coro de carcajadas y gritos de entusiasmo secundó las palabras del viejo criminal. Shana le miró con rabia contenida, furiosa con ellos por haberla engañado tan fácilmente, pero sobre todo, furiosa consigo misma. Si hubiera dudado un poco menos, si hubiese sido un poco más rápida en su intento de alcanzar el caballo, quizá entonces hubiese conseguido escapar. Pero ya no había vuelta atrás.

Sí vuelves a intentarlo no seré tan amable.– Amenazó el hombre, repentinamente cortante.- Así que se razonable y no nos des problemas.

¡Dijisteis que nadie saldría herido!.– Una vocecilla tímida y quejumbrosa se alzó entre los murmullos de los ladrones.- Que le quitaríamos el oro y seguiríamos nuestro camino.

Shana buscó a su alrededor con la mirada, tratando de identificar al dueño de aquellas palabras. Sorprendida, comprobó que quien hablaba no era otro que el escuálido muchacho al que había visto por primera vez intentando calmar a su montura, nada más despertarse por el ruido de los cacharros.

No te metas, chico.– Bramó el viejo.

Pero dijiste que…

¡Está bien!.– Espetó el anciano ante su insistencia.- Sí de verdad te preocupa tanto, encárgate tú de ella.– Se giró hacia él con cara de pocos amigos y le señaló con el dedo.- A partir de ahora es tu responsabilidad.

Con esas palabras y un brusco movimiento de la diestra, el cabecilla dio por zanjada la conversación dejando al muchacho con una mueca de sorpresa y desconcierto completamente imposible de ocultar.


Continúa la historia en el Capítulo Tres, Parte I: Iohan.

 

Seré sincero.– Comenzó el hombre, sentándose junto a ella.- No me creo una sola palabra de lo que nos has contado.

Sus ojos se clavaron en los de Shana, que se debatía en silencio entre el miedo a lo que pudieran hacerle los bandidos y el alivio al saber que no tenían la menor idea de quién era en realidad, o de quién la estaba buscando. Fuera como fuese, tenía la firme intención de que siguiera siendo así.

De forma.– Prosiguió con voz calmada.- Que vamos a dejar las cosas muy claras. O nos das lo que queremos y nos vamos por donde hemos venido, o…– Hizo una breve pausa para señalar al resto de sus hombres, que murmuraban a lo lejos.- O dejo que mis amigos aquí presentes se diviertan un rato contigo antes de venderte al dueño del primer prostíbulo que encontremos de camino a la capital.

Una sonrisa gélida asomó a los labios del viejo, y la joven palideció de golpe. Desvió la mirada con sutileza hacia las expresiones lascivas de los demás forajidos, temerosa de lo que podía descubrir, y un escalofrío le recorrió las vértebras al verlos. Tragó saliva con dificultad antes de volver toda su atención de nuevo hacia el jefe, y permaneció muda mientras intentaba tranquilizarse un poco.

Eran ladrones. No era la primera vez que se topaba con gente de su calaña. Ya habían intentado robarle otras veces, cuando vivía en Jashn, aunque por aquél entonces no estaba completamente sola. Las personas como ellos vivían de asaltar a los viajeros incautos, no tenían nada que perder, pero sí mucho que ganar.

Cogió aire. Sabía que no dudarían un solo segundo en cumplir sus amenazas sí no obedecía, y aunque no tenía garantía alguna de que la fueran a dejar marchar sí hacía lo que le pedían, necesitaba tener esperanza sí quería aguantar. Sólo hacía falta que les diera lo que estaban buscando y, con suerte, la dejarían en paz.

Asintió con la cabeza, admitiendo su derrota. desde luego, prefería quedarse sin nada y tener que pedir limosna en el próximo pueblo por el que pasara que guardarse un puñado de oro que probablemente acabarían encontrando de todas formas. Y entonces estaría perdida, vendida a quién sabe qué criminales y sin ninguna posibilidad de escapar.

Todo lo que os he dicho es cierto.– Susurró apesadumbrada, sin atreverse a sostenerle la mirada por más tiempo.- El caballo no es mío, y todo lo que tengo está en la hierba, donde lo habéis dejado tirado.

Intentó tragar saliva de nuevo, pero tenía la garganta demasiado seca para seguir hablando. Buscó inconscientemente su cantimplora entre los trastos desperdigados por el suelo, suplicando en silencio por un poco de agua ante la fría expresión de su interlocutor que, en un alarde de generosidad que no supo muy bien cómo tomarse, le ofreció su propio pellejo y la animó a beber.

Gracias.– Murmuró con un suspiro.- Trabajaba en las cocinas del Conde de Jashn, en el castillo. Había un mago, trabajaba para el señor. Su aprendiz es mi amigo, así que pensó que yo aceptaría entregar un mensaje. Me buscó montura, me dio un mapa y algo de comida y oro para el viaje.– Pudo ver como los ojos del anciano brillaban ante la mención del dinero, así que prosiguió con su historia.- Lo escondí entre la ropa. Necesito las manos para sacarlo.

¡O podemos cogerlo nosotros!.- Gritó uno de los bandidos entre carcajadas.

Shana miró implorante al cabecilla. El hombre la observó con detenimiento antes de decidirse, pero finalmente accedió, y comenzó a deshacer los nudos que aprisionaban sus muñecas. Sin embargo, antes de soltarla del todo la sujetó de la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.


Continúa leyendo en la Parte XVI: Sin salida.

 

Parte XIV: Bandidos

13/09/2015

Su expresión cambió de forma radical cuando se dio cuenta de lo que realmente había en el interior de la bolsa. Un puñado de ardites y unas pocas monedas de plata tintinearon al caer al suelo frente a la muchacha, que observaba la situación con incredulidad.

Por primera vez desde que la sorprendieron en mitad de la noche, Shana se fijó en el aspecto de sus atacantes. Con sus ropas sucias y raídas, sus rostros famélicos y su torpe disciplina, no parecían el tipo de gente que el duque de Yvor contrataría para dar con su rastro. Y desde luego tampoco eran enviados del Teh’ram, de eso estaba segura.

¿Quiénes sois?.– Preguntó la niña con un hilo de voz.- ¿Qué queréis de mí?

¡¿Y el resto?!.– Bramó nuevamente el gigantón, ignorando sus palabras.- ¡¿Dónde está el resto?!

Le lanzó la bolsa de cuero a la cara, dejándole apenas tiempo para reaccionar. La joven se echó hacia un lado con rapidez para tratar de evitar su trayectoria, y el improvisado proyectil pasó a pocos centímetros de su hombro derecho. No le había dado de milagro, aunque vacía como estaba tenía serias dudas de que hubiera sido algo grave.

N-No… No hay más.– Tartamudeó asustada.- Lo habéis registrado todo.

Y era cierto. Los había visto vaciar los sacos de comida que el caballo llevaba atados a la silla de montar, y todas sus pertenencias yacían desperdigadas por el recinto del campamento sin ningún tipo de orden ni cuidado. No había nada en aquél lugar que no hubiesen revisado a conciencia.

¡Mientes!.– Rugió el hombre lleno de ira.

¡Basta ya, Beni!.– Intervino el que parecía ser el líder del grupo, mucho más calmado que su compañero.- Chiquilla, llevas una pequeña fortuna en esa bolsa. ¿De donde la has sacado?

Quien hablaba parecía algo mayor que los demás, y también mucho menos violento. La joven miró esperanzada al anciano y, con la voz aún tomada por el miedo, trató de explicar lo mejor que pudo como había llegado a aquella situación.

Trabajaba en el castillo del Conde, en Jashn.– Murmuró entre dientes.- Como sirvienta. Es todo lo que tengo.

Me parece mucho dinero para una simple sirvienta, la verdad.– Insistió él sin perder la calma.- ¿Y qué me dices del caballo?

No es mío.– Respondió la niña agachando la cabeza.- Sólo me lo han prestado para el viaje.

¡Y una mierda!.– El mismo que la había interpelado al principio volvió a la carga, sujetándola del brazo y levantándola hasta que sus pies dejaron de tocar la hierba.- ¡Deja de mentirnos!

La niña dejó escapar un alarido de terror, e ignorando la cuerda que inmovilizaba sus pies, golpeó a su agresor con toda la fuerza que fue capaz de reunir. El hombre la soltó de improviso soltando un exabrupto, y se frotó la pierna dolorida con vehemencia mientras burdas murmuraba burdas maldiciones.

Shana cayó de bruces al suelo, incapaz de detener el impacto. Trató de incorporarse sin mucho éxito, cuando, por el rabillo del ojo, pudo ver a su agresor loco de rabia abalanzándose sobre ella clamando venganza. Y lo hubiera conseguido de no ser por el anciano líder del grupo, que de nuevo se interpuso entre ambos.

¡He dicho que basta, Beni!.– Ordenó con un chorro de voz más potente de lo que cabría esperar en alguien de su edad.

Sin perder la compostura, mantuvo fija la mirada hasta que el otro asintió con la cabeza visiblemente malhumorado y se alejó de la muchacha entre palabrotas y juramentos. Fue entonces cuando se decidió a acercarse él, y con una sonrisa amable, la ayudó a sentarse erguida para poder hablar más cómodamente.


Continúa leyendo en la Parte XV: Cartas sobre la mesa.

 

Sin embargo saber que no podía hacer nada, que la huida era total y absolutamente imposible, no evitó que reducirla y atarla se convirtiera en un pequeño infierno para sus captores. Incluso logró morder a uno de ellos en el brazo cuando trataba de amordazarla, lo que provocó las iras del hombre que, con un grito de dolor, la propinó un golpe tan fuerte que apenas no la dejó sin sentido.

Desorientada, la joven se encogió sobre sí misma sin oponer más resistencia, y una lágrima de frustración resbaló por su mejilla. Consciente de que había perdido la batalla, dejó que los hombres terminaran de atarla de pies y manos sin inmutarse, y tampoco dijo nada cuando la arrastraron hacia los límites del campamento y la abandonaron apoyada sobre uno de los troncos que crecían en torno al claro.

La esperanza que la embargaba cuando partió del castillo de Jashn se había esfumado por completo aquella noche. Ocho años huyendo para nada, para ser atrapada en mitad del bosque a medio camino de su nuevo destino. Nadie la echaría de menos. Ni siquiera el mago, la única persona que conocía su secreto, llegaría a saber jamás que su aventura había terminado antes incluso de poder empezar.

Sin prestarle más atención los hombres comenzaron a registrar su mochila y la alforja del caballo, aunque lo que hallaron dentro no pareció gustarles demasiado. Shana les observó con curiosidad mientras revolvían entre sus cosas. Parecían buscar algo en concreto, pero igualmente se quedaron con las alubias y el arroz que guardaba en el zurrón de su montura a pesar de que era evidente que esperaban encontrar otra cosa muy distinta.

De pronto, el más corpulento hacia ella con un gesto amenazador grabado en el rostro, y la niña se encogió aún más hasta que se hizo un ovillo. Desvió la mirada con miedo, alejándose del peligro de forma casi inconsciente, pero la rugosa corteza del árbol que la mantenía erguida le arañó la espalda al tratar de moverse.

Shana tragó saliva. Indefensa como estaba ni siquiera gritar le habría servido de ayuda en aquél paraje casi desierto. Aunque lo habría intentado de todas formas de no ser porque el nudo que le atenazaba la garganta era tan grande que apenas era capaz de emitir sonido alguno.

–  ¿Y el oro?.– Espetó el gigante con brusquedad, agachándose hasta quedar a pocos centímetros de su rostro.

La muchacha alzó la vista, asustada y confusa. Tardó unos instantes en comprender la pregunta, y su poco paciente interlocutor la zarandeó con violencia para obligarla a reaccionar. Poco a poco, comenzaba a darse cuenta de que aquello podía no ser lo que tanto había temido.

–  ¿Oro?.– Masculló aún algo confundida.- Que… ¿Qué oro?

Dejándose llevar por la ira el hombre apretó aún con más fuerza, arrancándole un gemido de dolor. Sin embargo, la sola mención del dinero había logrado hacerla volver a la realidad, y la seguridad de haber caído en las garras del duque de Yvor se volvía cada vez menos certera.

–  ¡El oro! ¡Todo el que lleves encima!.- Tronó furioso, y mientras hablaba, sus ojos se detuvieron en la pequeña bolsa de cuero que llevaba colgada de la cadera.- ¡Dámelo!

Con la mirada repleta de codicia, el gigantón la empujó contra el árbol y le arrebató el monedero de un brusco tirón. Lo sostuvo entre las manos durante unos segundos, tratando de calcular su peso. Sin embargo pronto le pudo la curiosidad y, poniéndose en pie, lanzó el ajado cinturón al suelo y con una sonrisa triunfante pintada en el rostro vació el contenido de la cartera.


Continúa leyendo en la Parte XIV: Bandidos.

 

No le resultó complicado encontrar lo que buscaba, aunque separarlos de la tela sin que se partieran o sin que la manta se hiciera pedazos era otra historia completamente distinta. Jamás, ni durante aquellas interminables mañanas estudiando las letras con su abuelo, se había aburrido tanto como en aquél momento.

Se pasó algo más de un par de horas tirando y tirando con lentitud, extrayendo lentamente las hebras, y cuando por fin terminó las luces rojizas del atardecer ya inundaban el cielo. Ató su corcel a un árbol cercano y recogió suficiente leña para alimentar el fuego hasta que saliera de nuevo el sol.

Sólo entonces, con el campamento totalmente preparado para descansar, comenzó a colocar su improvisada cuerda en torno a los troncos que rodeaban el pequeño claro, estirando sólo lo suficiente para que la tensión le permitiera sujetar algo de peso. Enredó el último extremo en una de las ramas que, calculó, estaba más o menos a la altura de la hoguera, y utilizó como contrapeso su plato, su vaso, la olla y una cuchara de madera que aún conservaba entre sus cosas.

Suspiró, agotada. Sí alguien intentaba sorprenderla en mitad de la noche la hebra de lana se rompería, y el estrépito de la vajilla al caer al suelo a su lado la despertaría al instante. Por supuesto, cabía la posibilidad de que su perseguidor viese la trampa a tiempo y evitase romper los hilos, pero confiaba en que la oscuridad circundante y el fulgor de la fogata le impidieran ver con claridad.

Sacó algunas galletas y los últimos pedazos de carne seca que aún le quedaban en la mochila, y los mordisqueó con lentitud para engañar al estómago. El agua terminaría de llenar el vacío al menos lo suficiente como para que no le rugieran las tripas al acostarse. Y lo cierto era que, a pesar de que sabía que era algo puntual, no le apetecía lo más mínimo irse a dormir sin probar bocado.

El cansancio que había acumulado durante el viaje comenzó a pasarle factura en el mismo momento en que apoyó la cabeza sobre su esterilla. Ni siquiera tenía fuerzas para arrepentirse de haber decidido no cocinar aquella noche y haber utilizado los cacharros como sistema de alarma.

Incapaz de mantener los ojos abiertos por más tiempo a pesar de sus esfuerzos, el sueño se apoderó de ella en cuestión de segundos. Un sueño intranquilo, pero tan profundo que hasta el escandaloso golpeteo de los platos de latón al caer junto a ella tardó en arrancarla del estado letárgico en el que parecía haberse sumergido.

Cuando consiguió por fin abrirse paso a través de la densa bruma que embotaba su mente, la imagen que se dibujó frente a ella la sorprendió tanto que casi saltó de la esterilla al incorporarse. Cogió una gran bocanada de aire, tratando de ahogar el grito que subía por su garganta antes de que hiciera eco en el bosque.

A su alrededor, un grupo de cuatro o cinco hombres de ropas sucias y gastadas trataban de localizar el origen del estruendo mientras otro, mucho más joven que los demás, intentaba calmar torpemente los histéricos relinchos de su alterada montura. Se volvieron hacia ella al notar que se despertaba, y a la tenue luz del fuego, la muchacha pudo ver con claridad los rostros de sus atacantes.

Antes de que pudiera hacer nada, el que parecía el líder de la banda bramó una orden con voz potente, y los dos intrusos que tenía más cerca se le echaron encima. Shana gritó, se revolvió y pataleó con todas sus fuerzas, pero ellos eran dos, y mucho más mayores que ella. No tenía ninguna oportunidad de ganar.


Continúa leyendo en la Parte XIII: Atrapada.

 

A esas alturas del trayecto ya no quedaba rastro de las despejadas llanuras que rodeaban la frontera entre los dos reinos. En aquella zona concreta, el camino parecía haber entrado a formar parte del extenso bosque de Jeyde, y aunque calculaba que no podía estar muy lejos de la linde oriental, la visibilidad limitada por la espesura no mejoraba en absoluto la situación.

La vegetación se había extendido tanto que resultaba casi imposible distinguir el empedrado que definía los contornos de la calzada, mucho menos avistar a cualquiera que la estuviera acechando oculto entre la maleza. Y sin embargo, estaba completamente segura de que alguien la seguía desde hacía varias horas.

Fuera quien fuese su misterioso acompañante no se molestó en darse a conocer, a pesar de que la muchacha se giró en múltiples ocasiones intentando divisarle sin éxito, de forma que hizo lo único que se le ocurrió que tenía un mínimo de sentido. Espoleó a su montura todo lo fuerte que se atrevió hasta ponerla al trote, aferrándose con uñas y dientes para no caer al suelo.

Era evidente que su perseguidor iba a pie, o el sonido de los cascos al chocar contra el suelo le habría delatado mucho antes de lo que ella había tardado en darse cuenta por sí misma. Y una vez que había llegado a esa conclusión, lo más inteligente era tratar de dejarle atrás cuanto antes, y eso significaba aprovechar la claridad del día para avanzar lo máximo posible.

Sin embargo, a pesar de haber azuzado al caballo más que nunca, e incluso haberse saltado la parada del almuerzo para aumentar la distancia entre ellos, la incómoda sensación de estar siendo observada no desapareció por completo. No tenía sentido, y lo sabía. Ningún  ser humano sería capaz de mantener el ritmo de una montura al trote más de un par de kilómetros.

La calzada estaba desierta y, a excepción de la inquietud que sentía, ningún sonido indicaba que hubiese alguien más en las cercanías. Tal y como había esperado, no encontró ninguna posada durante aquel día, probablemente por la espesura del bosque en aquel punto del camino, y tampoco había tenido suerte a la hora de toparse con caravanas o mercaderes de la región.

No había querido viajar por rutas muy concurridas para no llamar demasiado la atención, y por eso el mago al trazar el itinerario en el mapa había elegido el sendero que se adentraba en la arboleda. Al final, sus decisiones la estaban pasando factura.

Finalmente y aunque a regañadientes, hizo parar a la extenuada bestia cerca de una zona donde la maleza parecía ser menos abundante. El sol apenas asomaba ya por el horizonte, y la luz era tan débil que apenas podía distinguir el camino que se extendía delante de ella lo que convertía en una peligrosa empresa seguir adelante.

Aspiró una gran bocanada de aire y exhaló con lentitud, intentando mantener la calma. Llevaba cabalgando todo el día sin hacer casi ninguna parada, y había recorrido casi el doble de la distancia que avanzó el día anterior. Lo que quería decir que sólo existía una única explicación para aquella horrible sensación que la estaba volviendo loca. Eran todo imaginaciones suyas.

Aun así seguía con los nervios a flor de piel, y un poco más de prevención a la hora de montar el campamento aquella noche no le haría ningún daño. Sí conseguía colocar algún tipo de rudimentario sistema de alarma alrededor de la hoguera dormiría mucho más tranquila.

Dejó al caballo pastar libremente mientras elegía un buen lugar para trasnochar y construía el círculo de piedras en el que encendería el fuego. Cuando tuvo preparada la fogata, sacó la manta de su mochila y buscó con cuidado un par de hilos sueltos, lo suficientemente resistentes para aguantar la tensión sin romperse.


Continúa leyendo en la Parte XII: El peligro en la sombra.

 

Se despertó con la hoguera casi apagada y un mar de gotas de rocío resbalando suavemente por su mejilla. El sol aún no había asomado por el horizonte, pero había pasado una noche intranquila, repleta de pesadillas, y sabía que no podría volver a conciliar el sueño por mucho que lo intentara. Se incorporó adormilada, aún arropada por la manta de lana y se estiró cuanto pudo para alcanzar la mochila.

Su aliento se condensaba casi al instante de escapar entre sus labios. Revolvió las brasas con un palo para avivar el fuego, y cuando por fin lo consiguió rebuscó entre sus cosas hasta encontrar un pequeño vaso de latón y el odre de agua. Aún le quedaba suficiente para prepararse un té caliente, que aunque no fuese un desayuno en condiciones la ayudaría a entrar en calor y a empezar bien el día.

Y lo cierto fue que la infusión le sentó de maravilla. Le llenó el estómago y la despejó lo suficiente para levantarse y recoger el campamento sin que se le cerrasen los ojos a cada minuto, aunque era perfectamente consciente de que no aguantaría mucho más tiempo sin una buena noche de descanso. Quizá sí encontraba una posada por el camino podría quedarse y recuperar las energías, pero se le antojaba una posibilidad muy poco probable teniendo en cuenta que la ruta por la que viajaba parecía internarse cada vez más en el bosque de Jeyde.

Desató las riendas del caballo y trepó a la silla con esfuerzo. Entre el viaje con el embajador primero y después aquellos días arreglándoselas ella sola para lidiar con el animal, casi se diría que le estaba cogiendo el truco a montar, aunque seguía costándole lo suyo dominarlo. Al menos no le dolían tanto las piernas por las noches, y las agujetas no eran tan horribles como al principio.

Pero dejando a un lado sus problemas de equitación, y los momentos en los que entraba en trance sin previo aviso o se veía invadida por escenas aterradoras y recuerdos en los que hubiese preferido no volver a pensar, lo que más extraño le resultaba era que comenzaba a sentirse cómoda con la nueva rutina.

Era la primera vez que viajaba completamente sola, y aunque echaba en falta la compañía de otras personas, especialmente el carácter alegre de Ayken, resultaba sorprendente lo a gusto que se había llegado a sentir sin nadie a su alrededor. Por primera vez en muchísimo tiempo no tenía que responder ante nadie más que sí misma, y la sensación de libertad era abrumadora.

Sin embargo, resultaba complicado dejarse llevar por la emoción si las imágenes de sus visiones la atormentaban continuamente. La última había sido incluso más cruenta de lo que estaba acostumbrada, aunque quizá sólo fueran las similitudes con el ataque que sufrió la aldea en la que vivía de niña.

Llevaba ya cabalgando unos cuantos días cuando comenzó a notar aquel extraño hormigueo en la nuca. No era algo puramente físico ni certero, ni siquiera era algo constante. En alguna ocasión llegó incluso a pensar que se lo estaba inventando todo, al fin y al cabo, en algo tenía que ocupar el tiempo sí no podía mantener una conversación. Y el temor a que la encontraran los hombres del duque de Yvor solía asomar su fea cabeza en los peores momentos posibles.

Se revolvió en la silla, incómoda. Era una sensación intermitente, un escalofrío de vez en cuando, el fantasma del miedo detrás de la oreja al dejar atrás otro recoveco en el camino, oculto entre los matorrales. Como sí alguien la estuviera observando.


 

Continúa leyendo en la Parte XI: El bosque