Parte XV: Magia

10/01/2016

¡Para!.– Gritó ella mientras se arrodillaba a su lado.- ¿Se puede saber en qué estás pensando?

¡¿Y a ti qué te parece?!.– Espetó el chico de vuelta, apartándolande un empujón.- ¡Nos atacan!

¡Para!.– Repitió  una vez más, aferrándose con fuerza a su brazo.- No podéis hacer nada contra ellos. ¡Tenemos que huir! ¡Hay que largarse de aquí!

¡¿Estás loca?!.– Chilló Iohan con incredulidad, intentando zafarse de la niña.- ¡Suéltame! ¡Tengo que ayudarles!.– Por suerte, el cuchillo había quedado olvidado sobre la hierba mientras forcejeaban, y no corrían peligro real de hacerse daño.

¡No!.– Obstinada, Shana volvió a tirar de sus ropas para impedir que se levantara.

Trató de arrastrarle hacia la vegetación, donde el pasto más denso y los troncos de los árboles les ocultarían en caso de que alguien mirara en su dirección, pero no tenía fuerza suficiente, y el chico no estaba poniendo nada de su parte. Más bien al contrario.

Esa gente trabaja para el templo.– Susurró por fin la chiquilla, a punto de perder los nervios.- ¿Es que no has visto sus ropas? Buscan magos, gente de la secta y adoradores de Niahm. Si te atrapan acabarás en manos de los tvarka, ¡O en las mazmorras del Gran Teh’ram!

Aquellas palabras tuvieron en el muchacho el mismo efecto que un centenar de relámpagos sobre una estatua maciza de metal. Su rostro generalmente tostado por el sol se puso lívido en cuestión de segundos, y al momento dejó de resistirse a los continuos empujones de Shana. Tenía la mirada perdida, como si el mundo a su alrededor hubiera dejado de existir.

Y de repente, los sonidos de lucha parecían llegar desde mucho más lejos. La niña se quedó quieta, los músculos rígidos. Algo confusa, disminuyó ligeramente la presión que hacía sobre Iohan, y se separó de él lentamente con la intención de echar un vistazo a su alrededor. Por absurdo que pudiera resultar, cabía la posibilidad de que la batalla se hubiese terminado durante su pequeña discusión, aunque lo cierto era que no lo creía probable. Y tenía razón.

Soltó definitivamente al muchacho. Giró sobre sí misma con los ojos abiertos de par en par, en ellos el reflejo inconfundible de la incredulidad al darse cuenta de que, por mucho que lo intentaba, no reconocía absolutamente nada de lo que les rodeaba.

Bueno, estaban bajo la sombra de un árbol, eso no había cambiado en absoluto. Pero las mochilas que antes se apilaban a su lado habían desaparecido, al igual que la hoguera encendida y las esterillas de los bandoleros y, lo más impactante, el caballo que hacía tan solo unos instantes estaba atado a una gruesa rama al otro lado del claro en el que se encontraban. No entendía cómo, pero ya no estaban en el mismo sitio.

Pero, ¿Qué demonios ha pasado?.– Exclamó la niña con creciente nerviosismo.Nada parecía tener el menor sentido.- ¿Dónde estamos?

Se volvió de nuevo hacia Iohan decidida a obtener una respuesta o dos, pero toda su determinación no le sirvió de nada al ver al pobre chico tirado en el suelo, completamente inmóvil. Tenía los ojos cerrados, pero sí se fijaba con atención aún podía ver cómo su pecho se alzaba lentamente al ritmo de su respiración.

Shana se agachó a su lado, refunfuñando, y le golpeó en el hombro con suavidad. Ni siquiera logró que se inmutara lo más mínimo. Lo intentó de nuevo, esta vez con más fuerza, pero el resultado fue exactamente el mismo. Debía de haber sido él, con aquella estúpida magia suya que no podía controlar, el que les había llevado hasta allí sin que se dieran cuenta.


Continúa leyendo en el Capítulo Cuatro, Parte I: En ninguna parte

 

Respiró hondo. No podía esperar más si quería llegar a alguna parte antes de que los templarios se dieran cuenta de que se había marchado. Aspiró profundamente, intentando reunir el valor necesario, y en un arranque de valentía, comenzó a andar a paso ligero hacia el campamento de los bandidos. Quizá, si llegaba antes de que la batalla estuviese en pleno apogeo, pudiese llevarse al muchacho sin llamar demasiado la atención.

Trató de hacer memoria para volver sobre sus propios pasos, caminando despacio entre los arbustos, ocultándose todo lo que bien que podía en aquellas circunstancias para evitar ser descubierta por los guerreros de la Orden. Tenía los nervios a flor de piel, y se detenía cada pocos segundos sobresaltada por los sonidos que se escuchaban por delante de ella. No podía dejar que nadie la viera antes de llegar hasta Iohan.

A pesar de la lentitud con la que avanzaba, alcanzó el campamento de los bandidos justo a tiempo para ver como los templarios se abalanzaban sobre los ladrones, que conversaban tranquilamente en un círculo alrededor de la hoguera. El murmullo y las conversaciones que llenaban aquella parte del bosque se rompieron bruscamente con el grito de los guerreros, que alzaron la voz al unísono mientras corrían hacia el fuego empuñando sus armas con fiereza.

¡¡¡μαψ ορδερ ρυλε τηε ωορλδ!!! La frase retumbó por todo el claro poco antes de que el aire se llenara del ruido del metal al chocar entre sí, y de los gritos de los sorprendidos delincuentes al verse bajo ataque. Shana no tenía la menor idea de lo que significaban aquellas palabras, pero sí recordaba haberlas escuchado infinidad de veces a las sacerdotisas del templo en el que había pasado casi toda su infancia.

Con el corazón latiéndole con violencia dentro del pecho, la muchacha se acercó al campamento muy despacio, procurando permanecer oculta entre la vegetación que rodeaba el austero refugio que habían montado sus secuestradores. Buscaba a Iohan con la mirada, moviéndose con precaución a través de los arbustos mientras bandidos y templarios se enzarzaban en una lucha sin sentido que ya tenía un claro ganador antes siquiera de haber empezado.

Y entonces le vio. El joven se había quedado paralizado durante unos instantes al ver las brillantes armaduras de los guerreros, pero una vez recuperada parte de su frágil compostura, se lanzó sin ningún tipo de cuidado hacia los zurrones que se apilaban junto a un árbol. Rápidamente, escogió una de las mochilas que se amontonaban en el suelo y buscó con desesperación algo con lo que defenderse.

Shana se permitió exhalar un suspiro de alivio al verle lejos del centro del conflicto pero, para su desgracia, esa tranquilidad solo le duró unos segundos. Aprovechando que los tres templarios estaban demasiado ocupados tratando de reducir a sus compañeros, el chico había logrado hacerse con una daga de apenas medio palmo de longitud. La alzaba triunfante sobre su cabeza cuando por fin la niña consiguió llegar hasta él.

Shana no necesitó que pararse a preguntar para saber cuáles eran las intenciones del impulsivo muchacho. Sin prestarle la menor importancia ya a lo que podría ocurrir si alguien se percataba de su presencia, la chiquilla salió atropelladamente de su escondite y se arrojó sobre un desprevenido Iohan para evitar que cometiera una estupidez.

Actuó justo a tiempo. Un solo segundo más de duda y la manga de camisa que sujetaba con todas sus fuerzas se le habría escurrido entre los dedos, llevándose con ella la única oportunidad que le quedaba de salir de allí y escapar de los templarios. Dio un fuerte tirón, y el muchacho perdió el equilibrio cayendo al suelo de espaldas sin poder hacer nada para amortiguar el golpe.


 Continúa leyendo en la Parte XV: Magia

 

No.– Pronunció la palabra con vehemencia.- No son tan idiotas. Se darían cuenta de lo que ocurre en cuanto desapareciera el primero, y si son un poco listos no vendrán a buscarlo. No.– Repitió aún más convencido.- Las órdenes son entregarlos a todos. Si lo hacemos ahora, al menos tendremos el factor sorpresa de nuestra parte. Se acabó la discusión.

En sólo un instante, todas las miradas volvían a estar centradas en ella. Tragó saliva con dificultad, aterrada por lo que pudiera pasar si, después de reducir a los bandidos por la fuerza, se daban cuenta de que Iohan tenía magia. Si al volver a por ella, de alguna forma la reconocían como la portadora de la Mirada Eterna.

Sabía que aquellos hombres utilizarían todos los medios de los que disponían, fueran cuales fueran, para asegurarse de que ningún mago pasaba desapercibido ante ellos. Era su trabajo después de todo. Pero lo cierto era que no tenía la menor idea de cómo reaccionaría su don ante el escrutinio de los cel y, definitivamente, no era algo que ardiera en deseos de averiguar.

No te muevas de aquí.– Demandó el más alto. Los tres templarios la miraban con intensidad, con unas expresiones tan serias que le ponían los pelos de punta.- Volveremos a por ti cuando ya no haya peligro.

Shana asintió con la cabeza, demasiado asustada para hacer cualquier otra cosa. Y debió de resultar lo bastante convincente, porque ninguno de los guerreros volvió a insistir sobre el mismo tema. En cambio, se aseguraron de que sus armaduras estaban en perfectas condiciones y listas para entrar en combate si fuera necesario, y sin perder más tiempo, comenzaron a andar en dirección al campamento de los bandidos.

La muchacha  esperó pacientemente a que se perdieran entre los árboles, y sólo cuando los perdió de vista y se encontró de nuevo sola en la espesura se atrevió a moverse de donde la habían dejado. Se puso a andar en círculos por la hierba, dando vueltas una y otra vez a su situación mientras se retorcía con nerviosismo un mechón de cabello oscuro que ya comenzaba a clarear.

Tenía que hacer algo, y rápido. No podía quedarse allí esperando a que los guerreros volvieran a por ella. Se arriesgaba a que, de una forma u otra, descubrieran su don. Pero no tenía muy claro donde se encontraba, y sin el mapa para ubicarse ni la montura que había comprado, no llegaría muy lejos. Necesitaba hacer algo al respecto.

Descartço rápidamente la posibilidad de recuperar su caballo, o el plano que le había proporcionado el mago. Incluso aunque se colara en el campamento en mitad de la lucha, era totalmente imposible que lograra pasar desapercibida ante los integrantes de los dos bandos. Y si la veían, la cosa podía ponerse muy fea.

Sin embargo, había otra posibilidad. Podía intentar convencer a Iohan de que se marchara con ella. El chico conocía bien la zona, y podría guiarles a través de la espesura hasta el camino principal. Era mejor que la alternativa, eso lo sabía, pero lo cierto es que no estaba completamente segura de poder hacerle entrar en razón. No cuando profesaba aquel ciego sentimiento de lealtad hacia la banda de ladrones.

Aún así tenía que intentarlo. Que el pequeño delincuente la acompañara, era la única oportunidad que tenían de salir de aquel bosque y librarse de los guerreros de la Orden de Siekiant antes de llegar a la capital. No podía dejar pasar aquella ocasión, aunque hacerlo supusiera tener que colarse en el pequeño claro en plena batalla y sacarle a rastras de allí.

Aquella palabra la cogió tan de improviso que se atragantó al intentar coger aire. ¿Magia? Por supuesto que buscaban magia. Eran miembros de la Orden de Siekiant, la hermandad de rastreadores de magos que juró lealtad al templo siglos atrás. Cuando no estaban buscando mágicos a petición del Teh’ram perseguían herejes de la Secta del Caos por todo el reino, para entregarlos más tarde a la justicia de los sacerdotes.

La niña negó con la cabeza de forma casi compulsiva, a punto de ceder a un ataque de nervios. Notó una mano posarse sobre su hombro, tranquilizadora, al tiempo que uno de los guerreros trataba de detener sin mucho éxito el temblor incontrolado que se había apoderado de ella.

Intentó respirar, recuperar el aliento. Se llevó las manos al pecho con ansiedad y se dio cuenta, por primera vez desde que se había visto sorprendida por el escuadrón del templo, que alguien le había soltado las cuerdas que le inmovilizaban las muñecas. Podía moverse con libertad.

Cálmate muchacha.– Susurró el más cercano.- Ya no tienes nada que temer.

El hombre giró la cabeza para mirar a sus compañeros y, al moverse, se colocó de forma que bloqueó con su cuerpo la poca línea de visión que Shana podía tener de ellos o de lo que hacían. Sin embargo, aún tenía la mente lo suficientemente despejada, y el bosque estaba lo suficientemente tranquilo para permitirla escuchar con relativa claridad el impasible comentario que siguió a aquel gesto.

No podemos dejarla volver con ellos.– Su frialdad la provocaba escalofríos, pero no se atrevía a intervenir.

No lo haremos.– Contestó sin titubear el que la había interrogado. Por su forma de hablar, era evidente que los otros dos respondían ante él.- Se quedará aquí escondida mientras nosotros tomamos el campamento rebelde.– Se volvió de nuevo hacia ella, esbozando una sonrisa amable.- Así estarás a salvo hasta que volvamos a por ti.

Shana se quedó de piedra. Si no la dejaban volver pronto con los bandidos Iohan saldría a buscarla a la espesura, y se daría de bruces contra el reducido escuadrón de cel antes de darse cuenta. El muchacho no era un caballero andante precisamente, pero no se merecía caer en las garras del templo.

Porque estaba segura que, de una forma u otra, el chico encontraría la forma de buscarse problemas con los guerreros. No tardarían en darse cuenta de que era uno de los ladrones, y sí le relacionaban con los caóticos acabaría encerrado en las mazmorras del Teh’ram. O algo peor.

Por otra parte, Iohan tenía magia. O eso decía él. Los miembros de la Orden tenían formas de reconocer a los magos, era su seña de identidad. Y si el ladronzuelo decía la verdad y los templarios lo descubrían, jamás podría escapar de ellos. Estaría perdido para siempre.

Shana cogió una gran bocanada de aire, tratando de responder de forma coherente antes de que los hombres partieran hacia el claro y fuese demasiado tarde. Pero por mucho que lo intentase, por mucho empeño que pusiera, no parecía ser capaz de obligar a su garganta a reproducir ningún sonido mínimamente reconocible. Mucho menos convencerles de que la dejasen ir.

Preparaos.– Ordenó el que se encontraba al mando.- Atacaremos antes de que se ponga el sol.

¿Estás seguro?.- Preguntó uno de los otros dos, dubitativo.- Quizá resulte algo precipitado. Podríamos esperar a que alguien se de cuenta de su ausencia y salga a buscarla. Atraparlos de uno en uno, ocultos entre los árboles, y atacarlos por sorpresa como hemos hecho con ella.– Terminó señalándola con un leve gesto de la cabeza.


Continúa leyendo en la Parte XIII: Una oportunidad única.

 

Sólo digo que puede delatarnos en cualquier momento. Dejar que nos vea ha sido un error.

Si eso es lo único que te preocupa, puedes estar tranquilo. Tu piedra de afilar hubiese sido suficiente para descubrirnos por sí sola.

Tal vez podamos discutir eso más adelante.– Sugirió una tercera voz desde la lejanía.- Ahora mismo tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos, ¿No os parece?.

Y de repente volvía a ser el centro de atención. Tres hombres vestidos con ropajes de cuero reforzado la rodeaban observándola con expresiones que oscilaban entre una leve preocupación y la más absoluta incredulidad. Colgado del cuello, en las hebillas de sus cinturones, e incluso grabados en las placas de metal que les protegían el pecho, resplandecía con un brillo dorado el símbolo sagrado de la Orden de Siekiant.

Respira muchacha.– Apremió con inquietud el último que había hablado.- No vamos a hacerte nada.

Shana abrió la boca para responder, pero de su garganta solo logró escapar un gruñido afónico más propio de un animalillo asustado que de un ser humano. El guerrero, que aún la sujetaba por los hombros, la zarandeó con suavidad intentando obligarla a reaccionar, pero a pesar de su empeño solo consiguió que la niña cojiera una amplia bocanada de aire y comenzara a hipar sin control.

No… no importa, no te pongas nerviosa.– Suspiró el hombre, derrotado.- Tú sólo asiente o niega con la cabeza cuando tengas que contestar. ¿Puedes hacer eso, verdad?

La muchacha asintió despacio, con una expresión aterrada grabada a fuego en el rostro. Apenas era capaz de mantener la calma, las manos le temblaban a pesar de las cuerdas y, cada pocos segundos, un corto silbido escapaba de sus labios sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Bien. Sabemos que son más que nosotros.– Comenzó ya más tranquilo, y ella confirmó sus palabras con los ojos llorosos.- Pero no hemos podido acercarnos tanto como para saber cuántos son exactamente. ¿Cuatro? ¿Cinco?.– Shana asintió de nuevo.- Cinco entonces. ¿Sabes si iban armados?

Ante aquella pregunta, la niña le miró desconcertada. Sus ojos se clavaron automáticamente en las espadas que llevaban colgadas en los cintos, aunque agachó la mirada rápidamente, avergonzada. Ella no había visto nada más allá de unas cuantas navajas oxidadas, pero también era cierto que los bandidos no habían necesitado apenas usar violencia para capturarla. La habían cogido por sorpresa.

Incapaz de decidirse por una respuesta concreta paseó la vista de forma errática, evitando mirar directamente a los ojos a ninguno de los guerreros y encogiéndose de hombros con pesar. Al cabo de un rato, sin embargo, alzó la cabeza arrepentida e hizo un gesto afirmativo. Las navajas eran armas también, aunque no tuvieran ninguna posibilidad contra los mandobles de los Cel.

Vale.– Murmuró el guerrero, soltándola momentáneamente para pasarse las manos por el cabello.- Está bien. Ahora te voy a hacer una pregunta muy importante, y necesito que te lo pienses bien. ¿Me has entendido?

Shana apretó los labios aterrorizada, los nervios paralizándola por completo. Parecían estar interesados sólo por la banda de ladrones y, en cierto modo, era todo un alivio para ella. Pero, ¿Y si metía la pata? ¿Y sí decí algo que no debía, y se descubría ante los guerreros del Teh’ram? Por un instante, casi deseó estar de vuelta con aquellos brutos que la habían secuestrado días atrás.

Tranquila.– Repitió el hombre con voz serena.- Sólo piensa. Durante el tiempo que te han tenido como prisionera, ¿Alguno de ellos ha hecho algo que te pareciera extraño? ¿Algo que no fuese del todo natural? ¿Les has visto utilizar alguna vez algún tipo de magia?


Continúa leyendo en la Parte XII: Preparados para atacar.

 

De no haber sido por aquello, probablemente no habría sido capaz de relacionar los pequeños detalles que llevaban apareciendo por el camino las dos últimas noches. Una rama rota a pocos metros de un campamento, alejada del sendero que habían utilizado para llegar hasta allí. La huella en el barro de un zapato demasiado ostentoso para pertenecer a alguno de los delincuentes. Aquellas cosas podían no significar nada grave por sí solas, salvo quizá que el recorrido del que tan orgullosos estaban los bandidos no era tan secreto como ellos pensaban.

Pero lo que acababa de encontrar lo cambiaba todo, y ese pequeño hallazgo, unido a todo lo anterior, resultaba tan revelador como cierto era que el sol salía cada mañana. Echó un vistazo a su alrededor, buscando quizá algún signo más de que no estaba sola en la espesura pero, al no ver nada que hiciera saltar las alarmas, se acercó a examinar el pedazo de metal tirado en la hierba.

Nerviosa por el descubrimiento, la muchacha se se agachó para recoger el fragmento plateado y poder verlo más de cerca. Sin embargo, apenas le dio tiempo a girarlo entre sus dedos cuando escuchó tras ella el chasquido de la madera al romperse, y antes de que tuviera tiempo de gritar se encontró a dos palmos del suelo, totalmente inmovilizada y con una manaza inmensa tapándole la boca.

Asustada, se retorció con violencia para intentar soltarse, pero quien la tenía sujeta era mucho más fuerte que ella. Lo intentó de nuevo. Por alguna razón, los brazos que la mantenían presa hacían sólo la presión necesaria para que no pudiera escapar, aunque eso cambió cuando logró zafarse lo suficiente para darle una patada a su atacante.

Tranquila niña.– Susurró una voz serena en su oído.- Nadie va a hacerte nada. Voy a soltarte poco a poco, y voy a dejarte otra vez en el suelo, pero tienes que prometerme que no gritarás. ¿Entendido?

La muchacha asintió con la cabeza lentamente, incapaz de hacer otra cosa. Tampoco es que tuviera elección, de todas formas. Apenas podía moverse lo suficiente para que sus pies llegaran al suelo, mucho menos soltarse del abrazo de oso en el que se encontraba atrapada. Estaba totalmente indefensa. Otra vez.

Su captor debió de dar por buena su respuesta, pues no tuvo que esperar demasiado antes de que la mano que cubría sus labios comenzara a descender a una velocidad exasperante. Ella apretaba los dientes, concentrada en evitar cualquier sonido, por ínfimo que fuera, que pudiese enfurecer al desconocido, pero toda su fuerza de voluntad no fue suficiente para contener su asombro cuando la hicieron girar sobre sí misma y pudo ver por fin con quien estaba tratando.

Quiso gritar, pero su voz no le respondía. Se había quedado lívida, la cabeza le daba vueltas intentando asimilar lo que tenía frente a ella. Era como si todos los músculos de su cuerpo estuviesen paralizados, las piernas no le respondían y sus brazos caían a ambos lados, inertes. Notaba como el aire escapaba de sus pulmones, como el estómago se le encogía de puro terror.

Por mucho que lo intentaba, no podía respirar. Se ahogaba.

Te dije que no era buena idea.– Una segunda voz llegó a sus oídos, amortiguada por los ensordecedores latidos de su corazón.- Le está dando un ataque de pánico.

Necesitamos información.– Rebatió el primero.- No tendremos una oportunidad mejor de conseguirla, no sin arriesgarnos a ser descubiertos.– Debió de ocurrir algo de lo que no llegó a ser consciente, porque el siguiente comentario sonó mucho más agresivo.- ¿Acaso sugieres que arriesgar la vida de una niña indefensa hubiese sido una idea mejor?


Continúa leyendo en la Parte XI: La Orden de Siekiant

 

Seguramente Iohan también recordaría los últimos momentos que vivieron antes de que le abandonaran en los caminos, aunque podía llegar a entender que prefiriese olvidarlos. Ella tampoco querría vivir el resto de su vida con semejante sombra rondando sus recuerdos.

No se atrevió a mencionar de nuevo el asunto de su familia en lo que quedaba de tarde. Ni siquiera se quejó demasiado de que no la permitieran hacer altos en todo el camino, sólo aminoró el paso poco a poco y dejó que el muchacho divagara sin rumbo fijo sobre los cientos de ideas que se le iban ocurriendo mientras andaban, esperando que ninguno de los bandidos se diera cuenta de que avanzaban cada vez más despacio.

En cierto modo, se alegraba de que el chiquillo fuera capaz de cambiar de tema con tanta facilidad. Quitándole hierro a todo aquello había logrado evitar lo que, de otro modo, hubiese terminado en un largo e incómodo silencio del que ninguno de los dos sabrían salir airosos. De aquella forma, al menos podían seguir hablando como si nada raro hubiera ocurrido.

Había oscurecido ya cuando se detuvieron de nuevo en un pequeño claro, una zona de vegetación ligeramente menos frondosa que la que habían atravesado hasta ese momento. Parecía evidente que ya estaban cerca de los límites del bosque, un lugar perfecto para montar un campamento resguardado de los elementos, aunque lo suficientemente descubierto para poder localizar posibles amenazas.

Como las otras veces, los integrantes de la banda de ladrones se limitaron a ignorarla por completo, sin prestarle la más mínima atención mientras colocaban las esterillas extendidas alrededor de un círculo de piedras cuidadosamente preparado para contener la hoguera. Dos de ellos incluso se alejaron a buscar leña, tarea que generalmente reservaban para el integrante más joven del grupo.

La niña aprovechó aquel momento en el que nadie les hacía caso para captar el interés de Iohan con un gesto, antes de que cogiera las cuerdas para atarle los tobillos y la dejara amarrada a alguna raíz como la última vez. Él la miró confuso y, sacando las manos vacías del zurrón, se acercó con lentitud a ella sin dejar de fruncir el ceño con extrañeza.

Necesito orinar.– Susurró la muchacha con un hilillo de voz.

¡¿Otra vez?!.– Gimió él con desesperación, y en sus ojos se reflejó un destello de incredulidad.- ¡Pero si acabas de ir!

¡Shhhhhh!.– Shana le chistó con brusquedad, lanzando una mirada furtiva en dirección a los hombres que, a pocos pasos de ellos, se esforzaban por mantener el fuego encendido.- Eso no es cierto. ¿Puedo ir o no?

Está bien…– Rezongó el chiquillo exhalando un suspiro.- Pero no te alejes demasiado o iré a buscarte y te traeré de vuelta a rastras.

¡Gracias!.– Musitó exhibiendo una amplia sonrisa, y se alejó a paso ligero hacia el arbusto más cercano.- Prometo no tardar mucho.

Lo cierto era que no tenía la menor intención de escapar. No por el momento, al menos. No conocía la zona, y era evidente que ellos estaban más que familiarizados con los caminos que recorrían el bosque de Jeyde. Fuera como fuese, no podía evitar salir a curiosear de vez en cuando, por sí encontraba la oportunidad de escabullirse y huir de los bandoleros antes de que llegaran a la capital.

Se internó unos metros en la espesura, y tras asegurarse de que Iohan no podía verla desde el tronco en el que la esperaba apoyado, buscó un árbol al que poder subirse para echar un vistazo alrededor del claro. Sin embargo, un detalle entre la maleza desvió totalmente su atención haciéndola olvidar el verdadero objetivo de su excursión.


Continúa leyendo en la Parte X: Un susto de muerte.