El viaje durará algo menos de un mes, poco más de dos semanas si consigues un caballo.– Explicó levantándose de la silla y caminando hacia un pequeño armarito.- Te daré oro suficiente para que vivas sin preocupaciones hasta que te reunas con Aletheia.

El hombre revolvió el contenido de la cómoda hasta encontrar lo que buscaba. Extrajo cuidadosamente un pequeño monedero de piel curtida que levantó para que viera con una sonrisa satisfecha pintada en el rostro, y se detuvo un instante para llenarlo de monedas antes de volverse y acercarse a ella.

La muchacha asintió dubitativa, aceptando con timidez la bolsa de cuero que le ofrecía Ilkin. Estaba abultada y pesaba más de lo que parecía, repleta de los tintineantes discos dorados grabados con motivos de la corona Maelüriana. Contenía suficientes cielos para vivir holgadamente un año entero.

Yo… gracias.– Susurró Shana cohibida, aferrando el bulto entre las manos.

No es nada.– El mago agitó la mano en su dirección, restando importancia al asunto.- Lo más importante lo tendrás que hacer tu sola.

No comprendo…

Bueno, de alguna forma te habrás tenido que enterar de la enfermedad de tu madre, ¿No crees?

La niña alzó la diestra para taparse el rostro, avergonzada. Le estaba costando tanto asimilarlo todo que se había olvidado por completo de lo único que tenía que preparar por sí misma.

Si, claro. Mi madre.– Gimió azorada.- La verdad es que preferiría no tener que pagar nadie para que se haga pasar por mensajero, puede irse de la lengua y que se entere la persona equivocada.

Entonces piensa otra cosa.– Insistió.

No sé, ¿Una carta? Pero las chicas reconocerán mi letra.

Entonces procura que no la vean.– Respondió él tajante.- Yo no puedo ayudarte con eso. Tengo demasiadas cosas que hacer y ya hemos perdido demasiado tiempo.

Vale, digamos que funciona… Que nadie reconoce mi letra y se creen toda la historia.– Cogió aire.- ¿Cómo voy a convencer a los hombres del duque para que me dejen ir con ellos?

El mago se rascó la sien con el dedo índice y ensanchó la sonrisa, mostrando dos hileras de dientes cuidados y sorprendentemente blancos. No parecía en absoluto preocupado por la respuesta del embajador.

Déjame eso a mí. Tu amigo Ayken, ¿Confías en él?

Sí, claro, pero…

Pues asunto resuelto.

¿Qué? No, no… quiero involucrarle. Le pondría en peligro, yo…– Le miró confundida.

¿Por pedirle un favor a su maestro?.- La interrumpió el hombre.- No lo creo. Todo lo que debe hacer es confirmar la historia que vas a contarle cuando salgas de aquí. Y si sois tan amigos como parece, esta misma noche vendrá a verme para que interceda por ti ante el embajador.

Shana exhaló un largo suspiro de alivio mientras jugueteaba con mechones de pelo entre los dedos y se hundió aún más en el sillón. Por un momento casi había pensado que tendría que contárselo todo al pequeño aprendiz de mago, y le apreciaba demasiado para ponerle en el punto de mira.

Todo saldrá bien.– Añadió sin perder la sonrisa.- Tú concéntrate en presentarte ante ellos mañana, con el canto del gallo ¿Entendido? En el patio, frente a las caballerizas. No llegues tarde.

Extendió la diestra en su dirección mientras pronunciaba la última frase, ofreciéndole la mano. Era un gesto que la niña había visto hacer infinidad de veces a los cocheros, en deferencia a las damas que viajaban en los carruajes. Pero ella no era ninguna dama.

Sin embargo, el significado de lo que acaba de hacer era evidente. La conversación había terminado. La muchacha asintió por última vez y se levantó del asiento por sí misma, haciendo caso omiso de la mano del mago.

No lo olvides.– Insistió de nuevo el taumaturgo antes de abrirle la puerta.- Con…

Con el canto del gallo, sí. Estaré allí.


Continúa leyendo en el Capítulo 2, Parte I: Puntual.

 

No te preocupes por eso niña.– El hombre interrumpió sus pensamientos con un gesto de la mano.- Está todo pensado. ¿Quién iba a buscarte en la comitiva del propio embajador?

Que ¿Qué?.- Farfulló la niña, ahogando un acceso de tos.- ¿Has perdido el juicio?.– Exclamó por fin tras recuperar el aliento.- ¡No voy a pasar semanas con un hombre del duque! ¿Y si entro en trance? ¿Y si me descubre?

No, no.– Ilkin negó con la cabeza, totalmente convencido.- Apenas estarás con ellos unos días, hasta que alcancéis una pequeña aldea en la linde del bosque de Jeyde. Durante ese tiempo serás una simple criada que aprovecha el viaje de los soldados para ir a visitar a su madre enferma.– Se recostó en su silla.- Por supuesto tendrás que colaborar en las tareas, su compañía no será gratis. Pero tendrás montura y comida, y protección al menos hasta que lleguéis al bosque.

Shana apretó los puños con fuerza, tratando de contener el grito de frustración que amenazaba con escapar de su garganta. Ni siquiera se había molestado en responder a su pregunta.

¿Y qué pasa si tengo una visión?.– Repitió irritada.- ¿Qué pasa si me desmayo en pleno viaje?

Seguro que se te ocurrirá algo.– Respondió el mago restando importancia al asunto.- Y si pierdes el conocimiento en los caminos, siempre será mejor que haya alguien cerca para socorrerte, ¿No crees? ¿Qué pensabas hacer tú sola? Podrías caerte del caballo y romperte el cuello.– Exhaló un largo suspiro.- Cuanto más tiempo viajes acompañada mejor, ya deberías saberlo.

Puedo atarme a la silla.– Refunfuñó ella de malas maneras.- Ya lo he hecho otras veces.

Aham.– Asintió el hombre con gesto condescendiente, empeorando aún más el humor de la muchacha.- Y exactamente, ¿Cómo de consciente eres de lo que te rodea mientras estás en trance?.– La instigó con determinación.- Porque imagino que sabrás que el camino a la capital es uno de los más transitados del reino. Y los bandidos, claro, pero supongo que también estarás al tanto de eso. Seguro que eres capaz de arreglártelas muy bien tu sola.

La niña rechinó los dientes con rabia, bajando la vista para evitar mirarle a los ojos. Tenía los puños sobre el regazo, cerrados con tanta fuerza que podía notar las uñas atravesarle la piel. Intentaba controlar la furia, en gran parte provocada por saber que el mago tenía toda la razón.

A pesar de ser capaz, después de muchos años, de predecir con dudosa exactitud cuándo ocurriría, seguía perdiendo el conocimiento al entrar en trance. Durante sus visiones no era más que un títere, una niña completamente indefensa incapaz de reaccionar ante el menor de los peligros. Y eso era algo que siempre le había costado aceptar.

No seas tonta, niña.– Ilkin respiró hondo, mirándola con preocupación.- Estarás bien.

Shana asintió disgustada, pero no levantó la vista del suelo. Tampoco es que tuviera un plan mejor.

Bien.– Continuó el mago, esbozando una sonrisa.- Entonces hablemos del viaje. Necesitarás dinero cuando os separéis, y también un mapa.– Mientras hablaba comenzó a rebuscar entre los papeles del escritorio hasta encontrar un viejo pergamino que mostraba el reino de Maelür, cuya la tinta parecía desvaída por el tiempo y la humedad.- Este servirá.

Alisó el arrugado mapa con las manos, sujetando una de las esquinas mientras alcanzaba con la diestra la pluma y la mojaba en el tintero. Trazó una gruesa línea por el camino que comunicaba el castillo de Jhasn con las montañas de Iäa Kruun, haciendo un enorme punto negro en su destino.


Continúa leyendo en la Parte XV: Últimos detalles.

 

La joven levantó la vista hacia él sin saber bien qué decir. Había sido difícil, sí, pero la avergonzaba admitir lo poco que tuvo que pensarlo antes de permitir que el fuego devorase un legado de siglos.

De todas formas.– Continuó Ilkin.- Eso hace bastante más sencillo lo que tenía que contarte. Verás, hace muchos años, mientras estudiaba, conocí a una hechicera elfa. Me habló de una niña con un pasado triste y unos poderes muy poco comunes, una niña cuyo camino se cruzaría con el mío y a la que debería ocultar y proteger de sus perseguidores, costara lo que costase.– Se aclaró la garganta antes de seguir hablando.- No sabía tu nombre, pero me dio una descripción sorprendentemente exacta y detallada, como si ya te hubiera visto antes. Aunque eso es imposible porque… ¿Qué edad tienes, niña?.

Se interrumpió de pronto, volviendo a la realidad. Su mente parecía haber viajado años atrás, al momento de donde procedían sus recuerdos.

T… trece.– Musitó Shana.

Como he dicho, imposible.– Aseveró el mago.- Ni siquiera habías nacido.

La muchacha pestañeó repetidas veces, sin saber bien qué contestar. Estaba confusa, y no del todo segura de a dónde quería ir a parar con todo aquello. Tantas cosas que no comprendía daban vueltas en su cabeza como un remolino que incluso se había olvidado de su cautela inicial.

Nunca he visto un elfo.– Farfulló. No se le ocurría nada más qué decir.

Tendrás la oportunidad, si así lo decides.– Respondió el hombre con una sonrisa afable.- Son seres extraños, aislados durante siglos. Conservan conocimientos y tradiciones que para los humanos se perdieron hace milenios.– Hizo una pausa para beber, y Shana le imitó.- Ella podría contarte mucho más sobre tu origen, cosas que yo desconozco por completo.

La niña se mordió el labio inferior, pensativa. Empezaba a ver por donde iba la conversación, y su mente bullía llena de curiosidad.

¿Por qué me busca?.– Demandó tras dejar la taza sobre la mesa.- ¿Qué quiere de mí?

No concretó hasta ese punto.– El mago se rascó de nuevo la barbilla, pensativo.- Insistió en que eras importante, que tu futuro era importante. Pero no me quiso decir nada más. Quizá no podía, no lo se. Pero si quieres saber, tendrás que ir a verla.

A… ¿verla?.– Preguntó desconcertada.

Bueno, claro. ¿Cómo si no vas a poder hablar con ella?.– La miraba perplejo, como si acabara de decir una estupidez.- Oh, pero por supuesto tu no tienes por qué saberlo. Se llama Aletheia, la elfa de la que hablo. Vive al norte de Blayne, cerca de las montañas. Como ves está bastante lejos de aquí, más allá de las tierras del duque.

Y… ¿me ayudarás a llegar?.– La desconfianza que sintiera al inicio había desaparecido ya por completo. Al contrario, sonaba esperanzada y ansiosa por conocer los detalles.

Esa es la razón principal de que te haya hecho venir.– Asintió el hombre.- No puedo ayudarte directamente, pero si facilitarte las cosas. Debemos evitar por todos los medios que el embajador sospeche algo.

La muchacha apretó los dientes, reprimiendo un mohín de disgusto. Si no podía contar con la influencia directa del mago, el viaje no pintaba demasiado bien. Viajar sola por los caminos era arriesgado, y ni siquiera tenía montura o dinero suficiente para comprarse una. Y el caballo también tendría que comer. ¿Cómo alimentaría a una bestia de ese tamaño si apenas tenía para ella misma?

Se dejó caer sobre el respaldo con gesto abatido. Tanto lío y tanta charla, y al final estaba exactamente igual que la noche anterior. Quizá más tranquila ahora que sabía que no corría un peligro inmediato, pero nada verdaderamente útil.


Continúa leyendo en la Parte XIV: Un plan de locos.

 

La niña exhaló un débil suspiro. Aún con cierta reticencia, alargó la mano hacia su taza y se la acercó a los labios. Olisqueó, sopló, y con enorme lentitud, dio un pequeño sorbo. Sabía a manzanilla.

Poco a poco, y gracias en parte a la infusión que le había puesto el mago, Shana se fue tranquilizando. Con grandes esfuerzos logró apartar de su mente las imágenes de su niñez, y sus mejillas fueron recuperando el color lentamente a medida que los recuerdos se difuminaban. Bebió de nuevo antes de apoyar la taza sobre la mesa.

¿Y todo eso no me lo podías haber dicho ayer?.– Inquirió molesta.

Estabas demasiado alterada.– La reprendió él con voz severa.- ¿O tengo que recordarte que casi prendiste fuego a tu habitación?

Lo tenía todo controlado.– Refunfuñó en voz baja.

El hombre enarcó una ceja, pero no dijo nada. Ella frunció un poco más el ceño y se cruzó de brazos. No necesitaba tener poderes mágicos para saber lo que estaba pensando en aquel momento.

Entonces, ¿Ya está?.– Se revolvió en su silla.- ¿Me puedo marchar?

Ilkin negó con la cabeza. La mata de cabello fino y grisáceo que caía hasta sus hombros ondeó levemente dándole un aspecto algo ridículo. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para esconder la sonrisa rebelde que trataba de abrirse paso en su rostro.

Que no te haya descubierto no quiere decir que haya dejado de buscarte.– Constató el mago.

Lo suponía.– Murmuró resignada. No habría podido olvidar al duque aunque quisiera.

No puedo pedirte que te arriesgues a quedarte aquí. Pero puedo ayudarte a escapar sin llamar demasiado la atención.– Se inclinó sobre el escritorio, clavando sus ojos cansados en la muchacha.- Has aprendido mucho desde que llegaste, y no solo de cocina.- Sonrió ante la evidente incomodidad que mostraba la niña.- No creas que no se las cosas que te cuenta mi aprendiz. Yo le di permiso para hacerlo.

Shana clavó sus ojos almendrados en el mágico, muda de sorpresa. Ayken nunca había mencionado nada al respecto. ¿Por qué le ocultaría algo así? No tenía ningún sentido.

Le pedí que no dijera nada.– Explicó el hombre.- No quería alarmarte. Me preocupaba que te asustaras y huyeras del castillo si te enterabas. Sin embargo era consciente del bien que pueden hacerte esos conocimientos, a pesar de que no puedas leer la lengua arcana. Tú también lo entenderás, tarde o temprano.

Gracias… Supongo.- La niña cada vez estaba más confusa.- Pero no lo entiendo. ¿Por qué me ayudas?

El hombre alzó las cejas, visiblemente desconcertado. La miraba como si la respuesta a su pregunta fuera tan evidente que tendría que haberla adivinado al instante. Carraspeó y se rascó la barba, intentando hacer memoria por si se había dejado algo en el tintero.

¿Qué sabes de tu don, niña?.- Preguntó por fin, sin dejar de acariciarse la barbilla.- ¿Qué sabes de tus ojos?

No mucho.– Suspiró la muchacha.- Sólo que veo otros mundos. Otros que no son el nuestro.

El mago asintió con la cabeza.

Y supongo que eso era lo que había en los libros que intentabas destruir, ¿Me equivoco?

Shana desvió la mirada y se encogió de hombros, incómoda. No le apetecía demasiado volver a sacar el tema.

Si.– Respondió en un murmullo.- Llevan… han estado en mi familia durante generaciones. Todo lo que sabíamos estaba ahí.

Vaya.– Le dirigió una mirada de disculpa.- Debió de costarte mucho tomar esa decisión. Siento haber llegado demasiado tarde.


Continúa leyendo en la Parte XIII: El secreto del mago.

 

Tardó unos segundos en responder. Aquella seguridad que transmitía el mágico no la gustaba, pero necesitaba saber de qué información disponía, si alguien más conocía su existencia. Y lo más importante, necesitaba saber si podía confiar en su silencio. Todo aquello bien podría ser simplemente una artimaña para ganarse su confianza.

Pero por mucho que trataba de averiguar las intenciones ocultas del mago, lo único que lograba ver era un hombre de pelo cano con gesto grave y cansado, que la observaba desde el otro lado de la mesa con una intensidad inquietante. Era imposible saber si fingía o decía la verdad. Sin embargo había algo en él que la impulsaba a bajar la guardia, y quizá aquello era lo que más la escamaba de todo.

Finalmente asintió. Estaba a salvo por el momento, de eso estaba segura. Y si realmente se tratase de una encerrona, la guardia había tenido tiempo de sobra para rodear la torre en el tiempo en que llevaba allí. No perdía nada por escucharle.

Tendrá que valer.- Suspiró el hombre poco convencido.- Si te quedas más tranquila, el embajador de Yvor no tiene la menor idea de que estás aquí. Ha venido por otros asuntos que debe tratar con el conde y que nada tienen que ver contigo.

Shana se encogió de hombros. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Acaso se lo diría si un grupo de soldados estuviese a punto de echar la puerta abajo? Lo único que quería era que terminase de una vez por todas y cumpliera con su palabra, que la ayudara a escapar del castillo como le prometió la noche anterior. Una débil esperanza que contra todo pronóstico se mantenía insistente en los rincones más ocultos de su mente, a pesar de que la experiencia le había enseñado que nadie hacía nada porque si.

No tengo intención de entregarte.– De nuevo, aquél mago parecía leer sus pensamientos como si los pronunciase en voz alta.- Sólo los dioses saben lo que el duque de Yvor podría hacer contigo y con esos poderes tuyos.

La muchacha se puso rígida. Los recuerdos de su última tarde en el templo de Shonagh pasaron de nuevo ante sus ojos a toda velocidad, con un realismo y una nitidez sobrecogedores. El color desapareció de su rostro con violencia y un escalofrío le recorrió la espalda al verse obligada a revivir aquella fatídica noche, cuando su familia recuperó al monstruo en que se había convertido su hermana.

¿Tienes frío?.- Preguntó el hombre con gesto extrañado, dirigiendo una sutil mirada al ventanuco que tenía detrás.- ¿Te preparo un té?

N…no, gracias.– Negó con la cabeza. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba temblando como un animalillo asustado.- Estoy bien.

Tonterías.- Se levantó decidido y cogió dos pequeñas tazas de aspecto delicado del armario que había tras él.- De poco te habrá servido escapar si un resfriado acaba contigo.

Colocó todo en su mesa de trabajo, dejando una muy cerca de la chiquilla. Luego se acercó de nuevo a la alacena para buscar una tetera y se entretuvo un momento para asegurarse de que estaba llena de agua. Cuando se sentó de nuevo, la infusión humeaba como si estuviese recién preparada.

Le miró perpleja. No estaba acostumbrada a la magia, no era algo que se viese fuera de las grandes ciudades o los castillos de los nobles. Y desde luego no entre la gente de su posición. Sin embargo, era la segunda vez que presenciaba algo similar en tan solo dos días.

Ajeno a lo que pasaba por su cabeza, el mago sirvió el té con cuidado de no derramar nada y se recostó de nuevo sobre su asiento mientras esperaba que se enfriase un poco.


Continúa la historia en la Parte XII: Revelaciones (2)

 

Tardaron un buen rato en llegar al final de la escalera de caracol, y Ayken, que ya estaba acostumbrado a subir y bajar varias veces al día, esperó pacientemente a que recuperara el aliento antes de llamar con firmeza a la puerta de su maestro.

La voz ronca y cascada del hombre no les hizo esperar demasiado. La muchacha se adelantó para cruzar el umbral pero, en el último momento, un atisbo de flaqueza le hizo detenerse para mirar de nuevo a su amigo.

¿Entras?.- Preguntó en voz baja.

El joven negó con la cabeza, esbozando una sonrisa a modo de disculpa.

Mejor te espero fuera.

Shana suspiró. Estaba nerviosa, pero en el fondo sabía que era mejor así. Ayken estaba mejor sin saber nada de aquello. Se enderezó tanto como pudo, cogió aire hasta hinchar por completo los pulmones y entró en la habitación sin volver la vista atrás.

Cierra.– Ordenó el mago nada más verla.- Te estaba esperando.

La niña entornó los ojos en un gesto hostil, pero obedeció de todas formas. Si tanta prisa tenía por verla, podía haber ido a buscarla antes. Sin embargo había dejado que pasara toda la mañana en el calor asfixiante de las cocinas, con los nervios a flor de piel y el constante temor a que aparecieran los soldados del duque, antes de mandar a Ayken a por ella.

Era necesario.– Explicó de repente el mágico, como si pudiese leerle el pensamiento.- Descuidar tus labores en el castillo podría suscitar preguntas que ni tú ni yo queremos responder.

Shana frunció el ceño. Ella había llegado a la misma conclusión esa mañana,pero a pesar de todo, su explicación seguía sin convencerla del todo. Se cruzó de brazos tratando de aparentar más seguridad de la que realmente sentía en aquel momento y clavó una mirada torva en el mago.

Vale.– Aceptó de mala gana.- ¿Y ahora qué?

Siéntate.– Respondió el hombre señalando un pequeño sillón.- Charlemos.

La muchacha contuvo un quejido de desesperación, apretando los puños con fuerza. Parecía tan tranquilo, tan sereno, que la sola situación la estaba poniendo aún más nerviosa de lo que se encontraba en un principio. Aun así, caminó a regañadientes hacia la mullida butaca que le señalaba y se dejó caer sobre ella con notable impaciencia.

Tranquilízate, niña.– Comenzó el mago al ver su reacción.- Ya te dije que no corres ningún peligro. Y creo que la mañana que has pasado sin que nadie te moleste es prueba más que suficiente de que tengo razón.- Añadió al ver el gesto suspicaz de la muchacha.

Está bien.- Rezongó ella. Lo cierto es que no había notado nada diferente en el castillo que le hiciera pensar lo contrario.- ¿Que era tan importante que tenía que escucharlo antes de irme?

El hombre cogió una bocanada de aire y se recostó sobre su asiento, mirándola. Parecía dudar sobre la mejor forma de explicarle lo que sabía, o quizá no tenía muy claro por dónde empezar. Finalmente, apoyó los codos sobre el escritorio de madera y clavó los ojos directamente en los suyos.

No si no me prometes que te quedarás hasta el final de la historia.– Dijo con semblante serio.- Aún aunque en ocasiones no te guste lo que oigas.

Shana arrugó la nariz. Podía ver que aquello no era ninguna broma para invitarla a relajarse, que el mago estaba intentando abordar un tema delicado sin levantar demasiadas ampollas. Eso sólo podía significar que sabía quién era, y tomar conciencia de aquella realidad no la tranquilizaba en absoluto.


 

Continúa la historia en la Parte XI: Revelaciones.

Se levantó despacio, algo mareada por la falta de sueño y con la sensación de haber estado allí tumbada menos de cinco minutos. Incluso llevaba puesta la ropa sucia del día anterior que no había tenido tiempo de lavar.

Pero el sol ya había salido, así que era evidente que llevaba dormida varias horas. Con la espalda dolorida, se acercó a la cómoda y la recolocó con esfuerzo para que nadie notase que la habían movido. El dormitorio estaba hecho un desastre.

Buscó el peine entre sus cosas, pero se le hacía tarde y no sabía donde lo había puesto, así que se arregló el pelo con los dedos y salió al pasillo en dirección a las cocinas. Si el mago quería dar con ella, aquel sería el primer sitio donde iría a buscar. Y tenía mucha curiosidad por saber lo que quería contarle.

Por otra parte, no quería que sus compañeras fueran preguntando por ella y vieran el estropicio que había montado en la habitación. Lo último que necesitaba con el embajador de Yvor en el castillo era que se corriese la voz de que había intentado quemar un montón de libros en su dormitorio, así que se sobrepuso a los nervios, se calzó las zapatillas y salió corriendo en dirección a las cocinas como si fuera un día normal.

Pero lo cierto era que no se trataba de un día cualquiera.

La mañana se le hizo eterna. La monotonía habitual del trabajo entre fogones se le hacía más tediosa que de costumbre, y la sensación no hacía más que empeorar a medida que se le agotaba la paciencia y el mago seguía sin aparecer por ninguna parte. Ni siquiera los cotilleos de las demás sirvientas lograban mejorar su humor.

Cuando llegó la hora de comer y los criados comenzaron a llevarse las fuentes al gran salón, su nerviosismo era tal que dejó las cocinas sin probar bocado y recorrió los pasillos como una exhalación hasta salir al patio. Cuando, con gesto decidido, se disponía a cruzar los pocos metros que la separaban de las dependencias del mago, una mano la sujetó con firmeza del brazo obligándola a detenerse.

La niña se giró con el ceño fruncido, y a su lado, con una expresión tan sorprendida como la suya, encontró a Ayken.

Eh, ¡Espera!.– Jadeó el muchacho. Era evidente que había tenido que correr para alcanzarla.- ¡Te estaba buscando!

Acabo de salir de las cocinas.- Se excusó la joven encogiéndose de hombros.- ¿Qué quieres? Tengo un poco de prisa.

¿Yo? Oh, si. Ilkin, digo, mi maestro, me ha mandado a por ti.– Respondió a trompicones.- Dice que quiere hablar contigo.

¿El mago?.- La revelación de su amigo le hizo olvidar la impaciencia de hacía tan sólo unos instantes.

Si, te acompaño.- Sonrió, y comenzó a andar en dirección a las dependencias del mágico.- ¿A dónde ibas?

¿Uhm? A…ningún sitio, no importa.– Se frotó los brazos.- Ese hombre me da escalofríos. Prefiero no hacerle esperar.

Pero qué dices.– Rió el chiquillo. Luego la miró pensativo unos segundos antes de seguir caminando.- Bueno, a mi también me asustaba al principio. Pero no es tan malo, te lo prometo.

Shana asintió con una sonrisa nerviosa. Le sabía mal engañarle, pero era obvio que el mago no le había contado nada sobre ella, y prefería que siguiera sin saber lo que ocurría. Cuanta menos gente estuviera al corriente mejor y, en su opinión, ya eran demasiados.

Al llegar a la entrada del ala oeste, el muchacho le señaló la escalera de piedra que subía como una espiral hasta lo más alto de la torre. No tuvo que decirle nada más y de hecho, el esfuerzo por salvar los interminables escalones que conducían hasta las dependencias del mago les mantuvo en silencio lo que quedaba de trayecto.

 


Continua la historia en la Parte X: El mago en la torre.