¿Estás lista?.- Preguntó con sus ojos azules clavados en los de la niña.

Os acompaño.– Sentenció Iohan sin dejarla responder, y dio un paso al frente para enfatizar aún más sus palabras.

La elfa exhaló un profundo suspiro. No parecía estar acostumbrada a tratar con chiquillos que le llevasen la contraria, y se la veía incómoda intentando hacerles entrar en razón sin provocar una disputa. Lo más probable era que sólo se acercara al pueblo muy de vez en cuando, a comprar provisiones.

Este camino debe recorrerlo sola.– Explicó pacientemente una vez más.- Lo siento de veras, pero no puedo permitir que vengas con nosotras.– Extrajo del monedero unos cielos de oro y se los colocó al chico en la palma de la mano.- Toma. Con esto podrás comprar una montura y volver a casa sin miedo a pasar hambre. Por favor, no lo hagas más difìcil.

El rostro de Iohan enrojeció bruscamente, y hubiese cometido una estupidez si la hechicera, mucho más rápida que él, no le hubiera lanzado algún tipo de embrujo para dejarle completamente inmóvil. Shana hizo ademán de acercarse al muchacho, preocupada, pero la elfa de lo impidió con un gesto.

Se le pasará.– Aseguró con tristeza.- Aunque ya estaremos demasiado lejos de aquí para que nos siga. Como he dicho antes, esto debes hacerlo tú sola.– Se dio media vuelta y tiró suavemente de las riendas de la mula.- Ahora vamos. Tenemos mucho camino por delante y el sol ya está demasiado alto.

Le rodeó los hombros con el brazo, guiándola con gentileza mientras azuzaba al animal hacia la empinada ladera de la montaña. Ante ellas, tras un solitario arbusto desprovisto de bayas, un sendero pedregoso y serpenteante comenzaba el agotador ascenso hasta la cima.

Shana se dejó llevar por la hechicera sin articular una sola palabra de protesta. Llegados a aquel punto, poco tenía que decir acerca de lo que iba a pasar a continuación. Había tomado una decisión al ir tras la elfa, y ahora no le quedaba más opción que mantenerse fiel a ella.

El maestro Ilkin me dijo que podrías enseñarme a controlar las visiones.– Murmuró tras lo que se le antojaron varias horas de absoluto silencio.

Te enseñaré eso y mucho más.– Asintió la bruja con una gran sonrisa.- Si estás dispuesta a aprenderlo.

Sí, claro.– Se apresuró a responder la niña.- Claro que quiero, pero…– Dudó unos segundos antes de decidirse a formular la pregunta en voz alta.- Pero no lo entiendo. ¿Por qué Iohan no puede venir?

El lugar al que nos dirigimos es uno muy especial.– Explicó la hechicera con calma, sorteando un gran charco de lodo que se había formado en mitad del camino.- Pertenece a los primeros elfos que poblaron estas tierras, mucho antes de que los humanos llegarais y formaseis ese asentamiento en el valle.– Una tenue llovizna, casi imperceptible, había comenzado a caer sin previo aviso, entorpeciendo enormemente el ya de por sí precario ascenso.- No a todo el mundo se le permite entrar.

Oh.– Musitó la muchacha, asombrada y decepcionada al mismo tiempo.

La niña enmudeció, sin saber qué más decir. Estaba claro que no lograría hacerla cambiar de opinión. A pesar de que parecía mucho más cómoda ahora que se encontraban lejos del pueblo, su guía seguía sin ser demasiado habladora.

Con un profundo suspiro, Shana cerró los ojos por un instante y utilizó una de las mangas de su vestido para tratar de secarse la frente empapada por la lluvia. El viento arreciaba y, aunque la montaña le impedía ver el otro lado, el color oscuro y ceniciento de las nubes que cubrían el cielo era una señal más que suficiente de la fuerte tormenta que se acercaba por el este.


Continúa leyendo en la Parte V: El paso de los aullidos.

Iohan.– Respondió él rápidamente. Parecía hipnotizado por la visión de la elfa.

Iohan.– Repitió ella.- Te agradezco el valor que has tenido al acompañar a Shana hasta aquí. Has sido de gran ayuda. Pero no sería correcto por mi parte dejar que te hagas ilusiones.– Susurró poniéndole la mano en el hombro con ternura.- El camino a partir de aquí ha de recorrerlo sola.

Pero… Pero…– Aquellas palabras tuvieron justo el efecto contrario del que la sosegada hechicera pretendía, y el muchacho se separó de ella con repentina lucidez. Negó enérgicamente con la cabeza y frunció el ceño, molesto.- No. Prometí que la acompañaría hasta las montañas.– Se cruzó de brazos con obstinación.- Y eso es lo que voy a hacer.

La sonrisa triste de la elfa se ensanchó sutilmente, y la niña pudo ver cómo en su níveo rostro tomaba forma un tenue gesto de comprensión. Sin embargo, y a pesar de lo que pudiera estar pensando, no parecía estar dispuesta a ceder ante su petición.

Lo siento.– Se disculpó una vez más, abatida.- Pero me temo que eso va a ser imposible. Os dejaré tiempo para despediros, pero luego tendrás que marcharte.– Miró brevemente a Shana antes de continuar.- Estaré esperando al final del camino, al otro lado del pueblo.

De nuevo se puso en marcha sin esperar respuesta  alguna por parte de los muchachos. Se alejó de ellos con paso firme, sin mirar atrás, con las riendas de su robusta mula sujetas en una mano y las delicadas sandalias de cuerda colgando entre los dedos de la otra.

Siento que no hayas podido cobrar tu recompensa.– Suspiró la chiquilla mientras observaba cómo la elfa desaparecía entre la multitud.

No es por eso.– Refunfuñó el joven ladronzuelo.- Te dije que te acompañaría y voy a hacerlo. No pienso dejarte sola.

No seas tonto.– Replicó ella incómoda, frotándose los brazos con energía.- Me has traído hasta aquí, ¿No? Es más de lo que habría hecho cualquiera.

Y yo estaría en las mazmorras del templo de no ser por tí.– Insistió.- Es lo mínimo que podía hacer. Así que deja de discutir y vámonos de una vez.

La niña se encogió de hombros con desesperación, y resopló disgustada. No se le ocurría ningun argumento que pudiese hacer cambiar de opinión al testarudo muchacho y, pensándolo mejor, no estaba segura de querer que lo hiciera.

Pensativa aún, comenzó a caminar al lado de su amigo sin prestar demasiada atención a lo que le decía. Le preocupaba mucho más la reacción de la hechicera si, por pura cabezonería, se le ocurría negarse a seguirla de no permitir a su amigo ir con ella.

Aunque por otra parte, la curiosidad la estaba matando. Si lo que le había contado el mago era cierto, aquella elfa podía enseñarle tantas cosas sobre su historia como páginas tenían los libros de sus antepasados. Y esos libros ya no existían, lo que convertía a la hechicera en su única oportunidad para comprender el don que se escondía tras sus ojos.

Se mordió el labio inferior con desasosiego, pero prefirió no decir nada. Había llegado a tomarle aprecio al muchacho, lo suficiente como para no querer dejarle en la estacada sabiendo que no tenía ningún otro sitio a dónde ir. Estaba deseando aprender más sobre la herencia de su familia, pero no quería volver a quedarse sola por su causa.

Cuando alcanzaron a la hechicera en el otro extremo de la pequeña aldea, la descubrieron de pie tras una de las granjas de la zona, en esta ocasión con las sandalias puestas y peinando con los dedos el brillante pelaje cobrizo de su mula de carga. No tardó en notar su presencia, y dejó de atender al animal para volverse hacia ellos con un movimiento grácil.


Continúa leyendo en la Parte IV: Ladera arriba.

Pero no era lo mismo examinar dibujos en un antiguo libro de historia, que ver en primera persona las orejas puntiagudas de la hechicera sobresaliendo a través de su melena plateada. O su piel blanca y aterciopelada, o sus manos, delgadas y menudas, sujetando con delicadeza unas sandalias de cuerda blancas tan inapropiadas para el frío invierno como el vaporoso vestido que llevaba puesto.

Los niños caminaron entre la muchedumbre sin separarse demasiado de su peculiar guía, que avanzaba a buen ritmo unos pasos por delante de ellos. Curiosos, los lugareños miraban con disimulo por el rabillo del ojo, manteniéndose siempre a una distancia prudencial de la pequeña comitiva.

Por suerte, no tuvieron que andar muy lejos para llegar a las cuadras que habían visto desde la plaza. Entre dos caballos de tiro demasiado viejos para tener ningún valor, una mula de pelaje tostado con bastantes menos años rumiaba tranquilamente mientras daba cuenta de un enorme bocado de alfalfa.

La elfa sacó al animal de su cómodo pesebre y le ató el saco a las bridas con finas cintas de cuero para permitirle seguir comiendo mientras continuaban su viaje. Luego, rodeó el establo y se acercó a una diminuta casa de adobe y piedra construída justo tras él. En la puerta, una muchacha de cabellos castaños sujetaba con firmeza unas alforjas repletas de víveres.

La hechicera susurró unas palabras en un idioma que Shana jamás había escuchado antes y tomó las abultadas talegas de las manos de la aldeana que, con la vista fija en el lejano horizonte, les obsequió con una cálida sonrisa y una leve reverencia.

La niña notó un escalofrío recorrerle la espalda. A pesar del velo pálido y blanquecino que cubría por completo los ojos de la joven, hubiese podido jurar que la estaba mirando. Cómo si notara su presencia. Y eso le ponía la piel de gallina.

No pudo evitar exhalar un suspiro de alivio cuando por fin se alejaron de allí y, ya lejos, tragó saliva con nerviosismo, aún un tanto incómoda por la situación que acababa de vivir. Decidida a no seguir avanzando a ciegas, obligó a Iohan a acelerar el paso y se apresuró a alcanzar a la elfa. 

¡Espera!.- Llamó en voz alta, todavía algo reticente a soltar el brazo de su amigo.- ¿A dónde vamos?

Su extraña guía se detuvo de pronto al escuchar la pregunta, dándose la vuelta hacia ellos con rapidez. En su rostro se podía adivinar un atisbo de sorpresa que no se esforzó en disimular y, con un suave gesto de la mano, la indicó que caminara a su lado.

¿Es que el mago no te explicó nada?.- Se lamentó sacudiendo la cabeza con pesar. Shana se encogió de hombros, sin saber qué contestar.- Mi hogar está en estas montañas. Debemos atravesar la aldea y seguir el sendero hasta el pequeño valle que se oculta en la cima.

Entonces, ¿Es verdad?.- Interrumpió el chico, emocionado.- ¿De verdad hay un valle en la cima de la montaña?

La misteriosa hechicera se giró hacia Iohan y entornó los ojos unos segundos, con una sonrisa triste asomando por la comisura de sus labios. Asintió con lentitud, como si aquello le trajera sombríos recuerdos de antaño pero, de repente, su expresión cambió por completo.

Como si acabara de darse cuenta de algo sumamente importante, la bruja clavó la vista en el muchacho. De pronto parecía más alta, más imponente, a pesar de su silueta grácil y delgada que contrastaba enormemente con la complexión de cualquier humano de los alrededores.

¿Cómo te llamas, niño?.- Preguntó sin levantar la voz, y sus palabras vibraron con el murmullo del viento.


Continúa leyendo en la Parte III: Caminos separados.

Hoy estoy un poco pachucha, y no voy a poder actualizar el blog.

La pantalla del ordenador es malisima para las migrañas, y cuanto menos tiempo pase delante de ella mejor. Pero mañana por la mañana tendreis la entrada lista, prometido.

Disculpad por el inesperado retraso y espero que mañana volvais a leerme como todas las semanas.

 

Raven

Shana reprimió un escalofrío. La sensación de estar siendo observada, incluso desde tan lejos, le estaba poniendo la piel de gallina. Tendría que ser imposible que la peculiar mujer pudiera reconocerla en la distancia pero, a pesar de todo, estaba segura de que era así. De la misma forma que ella sabía que sus ojos eran azules, aunque no podía verlos desde allí.

Se aproximaron a la plaza con cautela, sorteando a los atareados lugareños que les miraban con desconfianza y curiosidad a medida que se acercaban. La niña se retorció un mechón de pelo con nerviosismo, sin dejar de mirar la inquietante escena que les aguardaba junto a la fuente.

Incómoda, la chiquilla se agarró disimuladamente al brazo de su compañero antes de colocarse por fin frente a la desconocida. Era su serenidad, su expresión tranquila, lo que más le preocupaba. Como si en lugar de en una aldea bulliciosa y en pleno trajín se encontrase en un pacífico jardín sureño.

Shana cogió una amplia bocanada de aire y, armándose de valor, dió un último paso hacia el centro de la plaza y se paró a una distancia prudencial. Pero no fue capaz de decir nada. No podía encontrar las palabras.

La mujer la observó largo rato, recorriéndola con la mirada de arriba a abajo, luego desvió la vista hacia Iohan durante unos segundos, e inmediatamente después, volvió a fijarse en ella esbozando una sonrisa.

Tú eres Ella.

Sus palabras sonaban delicadas y vibrantes, como el melódico sonido de un laúd nuevo en manos de un dotado juglar. Y aún así fue capaz de imbuir suficiente fuerza en aquella frase, con sus profundos ojos azules clavados en los de Shana y sin el menor atisbo de duda en su firme y armoniosa voz.

Pe…¿Perdona?.– Balbuceó la niña abrumada, sin soltar el brazo de su amigo.

Eres la Portadora, la muchacha a la que estaba esperando.– Insistió una vez más.- Te envía Ilkin el mago.– Entrecerró los ojos para verla mejor.- Aunque en mis visiones eras rubia.

¿Qué?.- Murmuró la chiquilla de forma casi inaudible.

Su rostro palideció levemente ante la mención del color de sus cabellos, ahora cenicientos y llenos de barro y hollín. Sabía que no debía tener miedo, que quien tenía delante no era otra que la hechicera a la que el mago la había ordenado buscar, pero aún así no podía evitar sentirse descubierta, y completamente indefensa.

No importa.– Continuó la mujer rompiendo el repentino silencio.- Debemos irnos ya. Acompáñame por favor.– Se alisó el vaporoso vestido y se agachó un momento a recoger algo del suelo.- He de ir a buscar la mula y las provisiones.

Echó a andar en dirección a unos establos cercanos sin esperar respuesta alguna por parte de los dos muchachos. Ellos la siguieron en silencio, sin saber muy bien que decir, demasiado cohibidos para preguntar nada en voz alta.

La niña miró a Iohan de reojo, sólo para descubrir que el chico estaba tan perplejo como ella. Observaba a la hechicera con una intensidad abrumadora, la misma con que la mujer les había estudiado a ellos al llegar a la aldea, y tan concentrado en lo que veía que casi se le olvidaba pestañear.

Y lo cierto era que se trataba de una criatura verdaderamente extraña la que tenían delante. Tan extraña como ninguna otra a la que hubiera visto antes. Claro que ya lo sabía, el maestro Ilkin le había dicho antes de partir que era una elfa a la que debía buscar en aquella aldea.


Continúa leyendo en la Parte II: Inesperado.

No fue hasta mucho más tarde, casi una semana después de partir, cuando a Iohan se le ocurrió una idea mejor para ocupar el tiempo que quedaba de luz antes del anochecer, una vez preparada la hoguera junto a la que habían decidido acampar aquel día. Utilizando un par de ramas más o menos gruesas que había encontrado por el camino, improvisó un par de bastones e instó a Shana a practicar con él.

Con torpeza al principio y luego con algo más de soltura, la niña aprendió a usar aquellos palos para defenderse. Apenas lograba hacer correctamente un par de movimientos y, aunque el chico hacía lo posible por enseñarle lo más básico, no era precisamente un luchador experto. Por otra parte, la chiquilla tenía buenos reflejos, y eso jugaba en su favor.

Avistaron por fin la aldea en el ocaso del décimo día, demasiado lejos aún como para alcanzarla antes de que los últimos resquicios de luz desaparecieran tras el vasto horizonte. Y a pesar de la insistencia de Shana, que quería seguir andando en las tinieblas para llegar cuanto antes al pequeño poblado, el muchacho logró salirse con la suya y esperar hasta el amanecer.

Encendieron una fogata a un lado del estrecho camino y acamparon allí, a la intemperie, sin querer alejarse demasiado. Después de todo no habría nadie despierto a aquellas horas oscuras en las que la luna campaba a sus anchas por el cielo. Demasiado tarde para que los mesoneros mantuvieran abiertas sus cantinas pero no tan temprano como para que los primeros jornaleros hubieran de salir al campo, había muy pocas posibilidades de encontrar a su bruja.

Así que descansaron. Cubriéndose con las mantas y tan cerca del fuego como pudieron estar sin quemarse para burlar al frío, los muchachos se acostaron para tratar de dormir un poco. Incluso hicieron turnos de vigilancia para asegurarse de que la hoguera no se apagase, a pesar de que Shana estaba tan nerviosa que apenas pudo pegar ojo en toda la noche.

Se levantaron con los primeros rayos de sol. El rocío de la mañana había apagado las brasas por completo, y con las cenizas y los restos de leña húmedos, les resultó imposible volver a encender la llama. Por suerte el pueblo no se hallaba a mucha distancia, y con los últimos pedazos de queso que les quedaban para matar el hambre, los chiquillos apretaron el paso y se dirigieron hacia allí.

Cuando alcanzaron la aldea, las angostas callejuelas que serpenteaban entre las casitas de adobe y paja comenzaban ya a llenarse de labriegos que salían a trabajar. Muchas de las chimeneas escupían en grandes bocanadas el humo negro que salía de los hogares, y en la granja más cercana las gallinas protestaban con alboroto ante la ausencia de sus huevos.

Todo allí parecía tan rutinario y vulgar como en cualquier otro lugar del mundo. Los campesinos iban de aquí para allá ocupándose de sus cosas, se escuchaban gritos, saludos y maldiciones, y más de una vez en su recorrido se tuvieron que apartar a todo correr para evitar los cubos de agua sucia que lanzaban sin mirar desde las ventanas. No había nada fuera de lugar. Nada excepto ella.

Al fondo, en el centro mismo de la aldea, una pequeña plaza circular bullía de actividad. Y en el medio, justo frente a una estatua de piedra blanca de cuyas manos brotaba un manantial, una figura alta y esbelta esperaba de pie, completamente inmóvil, con unos grandes ojos azules fijos en los dos muchachos.

Aquella mujer era casi tan alta como cualquier hombre, de talle fino y cabellos largos y plateados. Y a pesar de que no había llegado aún el final del invierno, se cubría el cuerpo con un vestido de gasa blanca que ondeaba al viento dejando ver sus pies descalzos.


Continúa leyendo en el Capítulo Cinco, Parte I: La bruja de las montañas.

 

El dueño de la casa arrugó la frente al verlos, evaluándolos con la mirada. No parecían más que un par de niños sucios y hambrientos que vagabundeaban por los caminos pero, al advertir el reflejo de las monedas que Shana aún tenía entre las manos, su expresión se suavizó y abrió por completo la pesada puerta de madera

¿Vais a entrar o no?.– Gruñó con voz ronca y, sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se encaminó a grandes pasos hacia un largo mostrador.

Los niños se quedaron paralizados durante unos segundos, sin saber muy bien cómo reaccionar. Sin embargo no tardaron demasiado en dejar a un lado la sorpresa y el desconcierto de encontrar a alguien de su clase en plena superficie, y acabaron por entrar en la casa tras él.

Shana observó la estancia con detenimiento. Era mucho más grande de lo que les había parecido en un principio, con varias mesas de madera rodeadas de sillas repartidas por la amplia habitación. Una chimenea ardía tranquilamente en una de las esquinas y, más atrás, junto a la barra, unas escaleras bastante empinadas subían hasta el segundo piso. Extraño como pareciera, habían dado con una posada.

Eligieron una mesa cercana a la puerta, se sentaron y esperaron a que el enano volviera a acercarse a ellos para pedirle algo de comer. No obstante, a juzgar por el delicioso olorcillo que salía a través de la pesada cortina colocada tras la barra, su anfitrión ya había empezado a prepararles el almuerzo.

Lo cierto era que, a pesar de haber sido algo brusco cuando llegaron allí, el propietario de la venta sabía bien cómo atender a sus clientes. Apenas habían tenido tiempo de entrar en calor cuando de las cocinas salió una jovencita tan menuda como el anterior, llevando entre las manos una gran escudilla de sopa caliente y dos hogazas de pan recién horneado que los chiquillos devoraron con asombrosa rapidez.

Les prepararon una habitación con dos camas y unas tinajas de agua tibia para el baño, reaccionando antes incluso de que la niña tuviera la oportunidad de pedirlo. La posada estaba casi vacía, y sin nadie más que requiriese la atención del mesonero y su hija, Shana no tuvo problemas para arrinconar al robusto enano e interrogarle concienzudamente sobre el mejor y más corto camino que tendrían que seguir para llegar cuanto antes a las montañas.

Aprovechó también la ocasión para renovar sus mantas y lavar sus ropas, y quiso la suerte que aún le quedara suficiente dinero para comprar queso y cecina, y un pellejo de cerdo que no tardó en llenar con agua dulce. No era gran cosa, pero al menos no tendrían que preocuparse por el hambre y la sed en lo que les quedaba de viaje.

No había amanecido aún cuando se pusieron de nuevo en marcha, mucho más frescos que el día anterior y con bastante menos dinero en los bolsillos. De todas formas, con los hatillos mejor abastecidos y los estómagos bien llenos, la semana y media de viaje que tenían por delante se les hacía un poco más llevadera.

Las sucesivas jornadas que pasaron juntos, recorriendo el embarrado sendero que llegaba hasta el anillo montañoso de Ia Kruün, transcurrieron tranquilos y monótonos. Se levantaban al salir el sol y acampaban cuando ya se había puesto, apurando las horas de luz mientras las piernas les permitiesen seguir andando.

Pasaron tardes enteras hablando para ignorar el cansancio, llenando las horas con charlas banales que se iban volviendo algo más personales a medida que los muchachos cogían confianza. Pasaron días en los que se paraban lo justo para recuperar el aliento, hasta que se vieron obligados a bajar el ritmo antes de que el agotamiento les hiciera caer exhaustos antes de llegar a su destino.


Continúa leyendo en la Parte XII: El final del camino.